Hasta hace unos años nadie conocía quién fue Henrietta Lacks, su vida fue normal, nada muy distinto de la vida de una mujer afroamericana de su época. Era hija de cultivadores de tabaco, nació en 1920, según parece, y a pesar de haber tenido una vida de pobreza, era una mujer alegre que tuvo una vida familiar plena junto a su esposos y sus hijos. Murió en 1951 en los Estados Unidos de América, y es entonces cuando comienza su historia pública.
En el año 2020, después de una meticulosa investigación sobre la vida de Henrietta, la periodista y escritora Rebecca Skloot publicó el libro La vida inmortal de Henrietta Lacks donde dio a conocer su historia, que no es importante por lo que vivió, sino por lo que pasó con sus células y lo que han supuesto para la investigación científica a pesar de que hubiera cuestiones éticas sobre las que meditar.
De hecho, en el año 2021, y como intento de reconocer algo a lo que ella evidentemente no pudo ser consciente, la Organización Mundial de la Salud (OMS) otorgó un premio póstumo a Lacks, calificando su caso como de injusticia científica. Reivindicó además la necesidad de promover la equidad racial en la salud y en la ciencia. Como afirmo su hijo Lawrence Lacks al recibir el premio:
“Mi madre fue una pionera en vida: contribuyó a su comunidad, ayudó a otros a vivir
mejor y cuidó de los demás. Una vez fallecida sigue ayudando al mundo. Su legado
sigue vivo en nosotros, y le agradecemos que diga su nombre: Henrietta Lacks”
En agosto de 2023, coincidiendo con el 103 aniversario de Lacks y tras décadas de lucha por el reconocimiento de su aportación, lucha que comenzó primero sus hijos y con sus nietos, la familia Lacks ganó una importante batalla legal contra la farmacéutica Thermo Fisher, a la que acusaban de comercializar ilegalmente el material genético de su madre, más de 70 años después del uso de esas células inmortales.
¿Cómo se descubrió la línea celular inmortal de Henrietta Lacks?
El 29 de enero de 1951, Henrietta Lacks, de 31 años, ingresó en el Hospital Johns Hopkins por una hemorragia persistente y dolor abdominal tras el nacimiento de su quinto hijo. El médico que trató a Lacks le diagnosticó cáncer de cuello de útero y la envió a recibir tratamiento con radio. Durante el curso de su tratamiento, los médicos tomaron muestras de tejido sano y canceroso de su cuello uterino sin su conocimiento ni consentimiento.
Las muestras de las células de Lacks se entregaron al Dr. George Otto Gey, médico e investigador del cáncer en Johns Hopkins, que estaba recogiendo muestras de células de pacientes con cáncer de cuello de útero para aprender más sobre la enfermedad (Skloot, 2011). Gey etiquetó las muestras de células como «HeLa» por las dos primeras letras del nombre de Henrietta Lacks. Mientras estudiaba la muestra de células cancerosas, Gey descubrió que tenían cualidades fascinantes que extenderían su utilidad más allá de la investigación del cáncer de cuello de útero.
¿Por qué son especiales las células HeLa?
Porque las células cancerosas extraídas de Henrietta Lacks eran únicas por su capacidad de dividirse indefinidamente cuando se cultivaban en un entorno de laboratorio fuera del cuerpo humano porque crecían y se replicaban (Amon & Koenen, 2022). Hay que aclarar que, normalmente, cuando una célula se divide, su ADN se vuelve inestable, y es esta inestabilidad la que impide que las células sigan dividiéndose y provoca la muerte celular, o apoptosis. Las células humanas típicas que se cultivan en un laboratorio suelen morir después de unas 50 divisiones celulares (Hayflick, 1998). Sin embargo, los científicos descubrieron que, asombrosamente, las células cancerosas extraídas de Henrietta Lacks tenían ciertas mutaciones que les impedían envejecer y morir. Esto es lo que se entiende por que sus células fueran «inmortales». Esto llevaba investigándose décadas antes ya que querían cultivar células humanas en laboratorio para poder estudiar su funcionamiento y, aunque los científicos ya habían desarrollado líneas celulares inmortales tomadas de ratones, las células de Lacks fueron las primeras células humanas que mostraron este tipo de inmortalidad en el laboratorio (Amon & Koenen, 2022). De esta manera, se podría estudiar enfermedades y probar nuevos tratamientos sin poner en peligro a los pacientes humanos.
Las células HeLa no sólo se dividen indefinidamente, sino que además lo hacen con una rapidez increíble en comparación con otras células, ya que en un cultivo pueden duplicarse en 24 horas. Esto es lo que permite a los científicos producir grandes cantidades de células HeLa idénticas en poco tiempo.
La posibilidad de repetir experimentos con la misma población de células permitiría a los científicos comparar con precisión sus resultados (Bulleri, 2016). y hasta entonces esto no había sido posible.

¿Fue ética la extracción de células del tejido de Henrietta?
Es importante señalar que tomar las células de Henrietta Lacks sin su consentimiento o conocimiento no se consideró poco ético en aquella época. No violaba las normas éticas normales (o estándares aceptables de comportamiento) que guiaban las investigaciones médicas en la década de 1950. El hospital que recogió las células de Lacks seguía un protocolo de enviar muestras de células de cualquier paciente diagnosticada de cáncer de cuello de útero al laboratorio para realizar pruebas con el fin de intentar aprender más sobre la enfermedad (Johns Hopkins Medicine, s.f.).
Sin embargo, aunque en aquella época fuera una práctica habitual, debemos cuestionarnos su mes fundamental pensar en el caso de Lacks dentro del contexto más amplio de la sociedad de la época. Aunque es posible que los médicos que recolectaron y estudiaron las células de Lacks no violaran ninguna de las normas de la época, ¿podemos considerar realmente éticas esas normas, para empezar? Si tenemos en cuenta la sociedad profundamente desigual en la que se establecieron, debemos cuestionarnos si la recolección de las células de Lacks sin su consentimiento fue justificable en algún momento.
A lo largo de la vida de Lacks, las personas de raza negra se enfrentaron a un racismo sistémico en toda la sociedad estadounidense, incluso en su sistema sanitario (Yearby et al., 2022). Por ejemplo, el acceso de las personas de raza negra a la atención sanitaria estaba gravemente limitado debido a la segregación racial.
«Era la época de Jim Crow: cuando los negros se presentaban en hospitales exclusivos para blancos, lo más probable era que el personal los echara, aunque eso significara que podían morir en el estacionamiento. Incluso el Hopkins, que sí trataba a pacientes de raza negra, los segregaba en salas de color y tenía fuentes sólo de color»
– Rebecca Skloot, autora de La vida inmortal de Henrietta Lacks
Lacks tenía que recorrer casi 32 kilómetros hasta el Hospital John Hopkins para cada visita, ya que era el único hospital importante de la zona que trataba a pacientes de raza negra (Skloot, 2011). Fue enviada a casa en repetidas ocasiones cuando solicitó atención médica adicional y finalmente fue hospitalizada cuando su dolor se hizo insoportable (Gross, 2010).
Según el ginecólogo que la trató, Lacks recibió el tratamiento estándar para el cáncer de cuello de útero de la época, que incluía someterse a una biopsia para diagnosticar su cáncer y recibir tratamiento con radio. Sin embargo, no podemos ignorar las desigualdades sociales que estaban presentes durante su diagnóstico y tratamiento. Los estudios que examinan este periodo de la historia de EE.UU. han demostrado que, por lo general, las personas de raza negra ingresaban en el hospital en fases más avanzadas de sus enfermedades en comparación con sus homólogos blancos y experimentaban tasas de mortalidad más elevadas una vez hospitalizados (Skloot, 2011).
El Artículo 2 del Convenio Europeo de Derechos Humanos y Biomedicina establece que “el interés y el bienestar del ser humano deberán prevalecer sobre el interés exclusivo de la sociedad o de la ciencia”. El artículo del Convenio Europeo de Derechos Humanos y Biomedicina establece que “el cuerpo humano y sus partes, como tales, no deberán ser objeto de lucro”. En la historia que se va a relatar a continuación se vulneraron ambos artículos. Henrietta Lacks era una mujer afroamericana de origen humilde de Baltimore, que murió de un cáncer de cuello de útero en 1951 a la temprana edad de 31 años. Era madre de cinco hijos.
Hasta aquí, podría tratarse de otra historia de desgracia familiar y muerte prematura relacionada con el cáncer, si no fuera por el hecho de que Henrietta abrió las puertas de la investigación con sus células.
Este es el inicio de la línea celular, denominada HeLa, por las iniciales del nombre y apellidos de Henrietta Lacks, que ha sido la piedra angular de más de 75.000 estudios destinados a desarrollar, entre otros, la vacuna de la polio, que ha evitado la propagación de una enfermedad que pasó de 350.000 casos en 1988 a 42 casos en 2016, además de su aportación en otros muchos tratamientos médicos destinados, por ejemplo, a identificar y aislar el virus del sida, a tratar la hemofilia, el Parkinson e incluso más recientemente, a investigar el COVID-19.
El problema bioético que plantea el caso de Henrietta Lacks es que la paciente no dio su consentimiento informado para que su cirujano, Howard Jones, tomara una biopsia de tejido de su tumor, ni para su posterior uso en investigación médica. Jones simplemente le pasó las células al investigador del cáncer del mismo hospital John Hopskins, George Otto Gey, que se quedó atónito al ver la capacidad de reproducción de esas células en el laboratorio. Si bien es cierto que la donación voluntaria de células es muy útil para hacer nuevos descubrimientos, la conditio sine qua non es obtener el consentimiento informado del paciente, es decir, proporcionarle toda la información necesaria para que tome una decisión. Este caso conecta directamente con las células del bazo de John Moore, que la Universidad de California patentó posteriormente y que dio lugar a una larga batalla legal de Moore contra la universidad con poco éxito.
Pero la cuestión ética no solo atañe a la falta de consentimiento de Lacks, sino a que su familia no tuvo noticias de esta gran aportación científica hasta los años setenta y ni siquiera recibió ningún tipo de compensación económica. En concreto, fue en el año 1973, cuando la familia de Lacks se enteró de que su madre seguía viva en los laboratorios de todo el mundo desde hacía veinticinco años en forma de células inmortales. Y que se había convertido en un negocio muy rentable para la industria farmacéutica.
En el caso Lacks, se vulneran todos y cada uno de los principios de la bioética. En primer lugar, no se ha respetado el principio de autonomía, porque la paciente no pudo dar su consentimiento informado, es decir, no pudo tomar sus propias decisiones sin coacciones externas o internas, ya que no disponía de información.
En segundo lugar, el principio de justicia relativo a la distribución equitativa de los recursos entre todos los seres humanos iguales en dignidad y derechos también se infringió en este caso, puesto que ni Henrietta ni su familia recibieron el reconocimiento moral, científico y económico por las células HeLa.
En cuanto a los principios bioéticos de beneficencia y no maleficencia, el caso Lacks daña ambos gravemente. Por un lado, no se cumplió con la obligación de prevenir o aliviar el daño al paciente, ni de obtener el máximo beneficio para el mismo. Por otro lado, los médicos que trataron a Lacks en el Hospital John Hopskins vulneraron estos principios no solo en el pasado, sino en el presente y el futuro de esta familia, al no extender el principio de beneficencia y no maleficencia a sus descendientes.
La realidad es que la familia Lacks ha tenido que acudir a los tribunales para obtener por la vía legal el respeto inherente a la dignidad de su familia y el reconocimiento moral y económico a la vida científicamente inmortal de su madre.
Decía Van Rensselaer Potter que la bioética era un puente hacia el futuro, un puente entre dos orillas para conectar ciencia y ética. Las células HeLa no han cumplido esa máxima tan necesaria como aparentemente inalcanzable. La mercantilización del cuerpo humano sigue siendo un problema ético de primer orden, que debe resolverse desde la bioética y no solo desde el derecho. De lo contrario, el puente entre la ciencia y la ética quedará irremediablemente incomunicado.
Decía Van Rensselaer Potter que la bioética era un puente hacia el futuro, un puente entre dos orillas para conectar ciencia y ética.
Las características únicas de las células HeLa transformaron radicalmente la medicina y la ciencia desde su descubrimiento. Las células HeLa han impulsado avances médicos para la polio, el cáncer, el ébola, la anemia falciforme y muchas otras afecciones (NIH, 2022).
Conclusión
Cuando el doctor Gey examinó la muestra de tejido canceroso extraída a Henrietta Lacks, descubrió su capacidad para reproducirse indefinidamente y con increíble rapidez en un entorno de laboratorio. Esta característica única es lo que hace que la línea celular HeLa tenga un valor incalculable en la investigación médica y científica. La línea celular inmortal de Henrietta Lacks sigue permitiendo hoy en día la investigación que cambia vidas en la medicina y la ciencia.
Redacción
Fuentes:
https://www.labxchange.org/library/items/lb:LabXchange:8673f889:html:1




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