El café es esa bebida, que si no se filtra adecuadamente, deja un sabor y una molestia en la boca que solo unos pocos son capaces de soportar. Tales son los efectos negativos de consumir café sin filtrar que hay estudios que afirman que puede provocar un aumento de problemas cardiovasculares. Algo sorprendente teniendo en cuenta que el café es un producto vasodilatador que favorece la circulación y evita enfermedades no transmisibles. Qué curioso cómo cambia su efecto con un simple filtro, al café. Claro, de eso hablamos.
En torno a cómo se debe o no filtrar el café han surgido innumerables iniciativas empresariales, artesanos y expertos baristas que se especializan ofreciendo al ciudadano que tiene interés por el buen café, un producto bien filtrado y servido. El exigente consumidor de café filtrado buscará uno bueno, que le aporte beneficios nutricionales y mejor sabor, además del hecho que supone tomar un café. La verdad es que debemos estar muy agradecidos de que haya personas bien empleadas en filtrar el café. No me imagino que empezaran a surgir movimientos sociales, incluso desde el poder político, que día sí y día también atacasen a los que han ejercido el arte de filtrar el café. De reputados baristas a míseros manipuladores que lo único que hacen es atacar la esencia del grano del cafeto.

Algo así ha sucedido con la información a todos los niveles. Durante años el ciudadano corriente y moliente ha consumido información filtrada. Se ha dosificado cómo, cuándo, qué y dónde sucedían los acontecimientos que, a pesar de ocurrir a diario en cada momento en todas partes del mundo y de origen muy diverso, no eran susceptibles de ser digeridos por cualquier público.
El profesional de la información y de la comunicación se ha ido preparando a lo largo de los años en saber qué contar, cómo hacerlo y a través de qué canales. Esto es así para evitar el sensacionalismo y el morbo; y procurando que la información resultara útil y relevante a los públicos, y sobre todo, sabiendo filtrar qué contenido era adecuado para según qué grupos de ciudadanos, segmentándolos por edad, formación, intereses, entre otros aspectos.

En estos tiempos, internet ha universalizado el acceso a la información, convirtiéndonos a todos y cada uno de nosotros en consumidores y productores de contenidos. Hemos pasado de ser un simple espectador a protagonistas de la historia. Así, hoy, cada uno de nosotros vamos móvil en mano instados a contar lo que vemos sin más filtro que nuestro leve conocimiento de pulsar el botón rojo de grabar y el posterior avión de papel para compartir por el mundo aquello que hayamos descubierto. Pocas veces uno piensa el impacto que tiene, si se ataca o no alguna libertad personal, si se comete delito o si es relevante el acontecimiento que filmamos. Caemos en la trampa de generalizar particularidades, obstruimos investigaciones y enjuiciamos a quien toque por contar solo una versión sesgada de los hechos.
El mundo se ha infoxicado porque toda la información, como el café, necesita un filtro aplicado por personas preparadas y cualificadas. Un hecho que un grupo de iluminados se ha apresurado llamar manipulación. El filtro, que no manipulación, sirve para proteger la infancia de manuales de sexualidad y sus prácticas que acortan esta etapa vital y envilecen al ser humano. El filtro, que no manipulación, busca proteger la intimidad de las víctimas de una masacre. El filtro, que no manipulación, mantiene el secreto de una causa judicial que de ser pública echaría por tierra años de trabajo tras los criminales.

Por eso, apoyemos y volvamos la mirada hacia esa ética que sabe filtrar la información y el contenido de todo y cuanto sucede. No dejemos nuestras vidas en manos de unos pocos gañanes que han vendido su alma al diablo.




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