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Woman Essentia

¿Paraíso en la tierra?

Miguel Sanmartin Fenollera por Miguel Sanmartin Fenollera
4 mayo, 2026
en Libros
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Home Arte y Cultura Libros
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«Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti».

San Agustín

Recientemente, el magnate tecnológico y aeroespacial Elon Musk, al resumir hacia dónde parece dirigirnos la explosión irreprimible de la Inteligencia Artificial, dijo lo siguiente:  «Un ingreso universal alto mediante cheques del gobierno federal es la mejor manera de lidiar con el desempleo causado por la IA. La IA/robótica producirá bienes y servicios en exceso que aumentará la oferta monetaria, por lo que no habrá inflación».

El mensaje pronostica un futuro que hasta hace poco parecía utópico (en mi opinión, sigue siéndolo): uno en que los hombres no tendrán que trabajar y podrán dedicarse a un ocio difuso y nebuloso, supuestamente feliz. ¿Quién no ha soñado con algo así?

La pregunta aquí no es si esto será posible (quizá estemos más cerca que nunca; o quizá no), sino si será realmente bueno para el hombre o, por el contrario, un sucedáneo de paraíso con rasgos infernales. El trabajo no es una maldición en sí, y un ocio desvinculado de él podría degenerar en acedía, ese hastío espiritual que es vicio capital.

Numerosos han sido los intentos humanos por establecer un paraíso terrenal; por encontrar las condiciones ideales para alcanzar la felicidad plena y permanente. Eso pretenden la mayor parte de las ideologías: engatusar a incautos prometiendo algo inalcanzable plenamente en esta vida.

Como nos recuerda Santo Tomás,  la beatitud perfecta no se alcanza en esta vida porque fuimos hechos para más: para la comunión eterna con Dios.

El comunismo es una de ellas. Prometía –y promete– una sociedad utópica, libre de sufrimiento, en la que el proletariado se haría con los medios de producción y, tras una breve dictadura proletaria (que siempre fue una dictadura de unos pocos que jamás fueron proletarios), se abriría la puerta a un paraíso terrenal; lo ilustra un párrafo de Karl Marx y F. Engels en La ideología alemana (1845/46):

«[…] en la sociedad comunista, donde cada cual no tiene acotado un círculo exclusivo de actividades, sino que puede desarrollar sus aptitudes en la rama que mejor le parezca, la sociedad se encarga de regular la producción general, con lo que me permite hacer hoy una cosa y mañana otra, cazar por la mañana, pescar por la tarde, criar ganado al anochecer y criticar después de la cena, según mis deseos, sin convertirme en cazador, pescador, pastor o crítico».

Lo imaginado por Marx es parecido a lo de Musk, aunque por un camino diferente. Hay otros muchos que no conducen a parte alguna. Todos fallan en su planteamiento.

Salvo el cristianismo, que ofrece una perspectiva diferente, pues no identifica la plenitud con un orden técnico o político. Desde la óptica cristiana, que la felicidad plena sea imposible en la tierra no es un error de diseño, sino una señal (aunque aquí pueda haber felicidad verdadera, pero imperfecta). San Agustín lo expresó así: «Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti».

Como esta vida terrenal es provisional y caduca (puede, a lo sumo y excepcionalmente, llegar al centenar de años), bastaría este hecho bruto, incompatible con esa idea de felicidad que nos persigue y se niega a abandonarnos, para advertir no solo su imposibilidad, sino también su inconveniencia. Como dice esa frase que se atribuye a Hilaire Belloc: «Siempre pasa algo. Alguien muere. Todo se acaba». 

Desde la óptica cristiana, que la felicidad plena sea imposible en la tierra no es un error de diseño, sino una señal.

La literatura puede ayudarnos aquí. Otros hombres ya se hicieron estas preguntas y algunos nos han dado, mediante su talento poético, sus respuestas en novelas que nos ponen cara a cara con esas vivencias utópicas, alejándonos de especulaciones donde el juego de la razón, alejado de la imaginación, se muestra frío y distante. Varias novelas exploran esta cuestión.

Sumerjámonos en ellas.

Memorias del Subsuelo  (1864)

A finales del siglo XIX habitaba en Rusia un hombre de extraordinaria inteligencia y excepcional talento literario: Fiódor M. Dostojevski. El escritor ruso estudió las nuevas ideas marxistas que comenzaban por entonces a difundirse,  y, tras considerarlas nefastas, decidió demolerlas en varias novelas. Los hermanos Karamázov es quizá la más destacada. Pero hoy me detengo en otra donde dicha labor de derribo también se percibe claramente: Memorias del subsuelo.

La historia sigue al «hombre del subsuelo», un antihéroe: misántropo amargado, inteligente y pusilánime, rencoroso y solitario (casi el perfil de ciertos jóvenes actuales sumergidos en la tecnología, encerrados en los sótanos paternos hasta avanzada edad, con actitudes antisociales y misóginas; los hikikomori o basement dwellers). Pasa sus días obsesionado con sus pensamientos, rumiando rencor en su sótano, furioso con el mundo.

Alienado y angustiado, odia todo: las mujeres, los hombres más exitosos, y especialmente la sociedad en la que vive y su utopismo. Como he dicho, entonces en Rusia comenzaban a infiltrarse las ideas comunistas: el sueño de una sociedad perfecta que aboliera el sufrimiento humano.

Dostojevski nos muestra, mediante la reflexión obsesiva del protagonista, el error basal del comunismo—común a toda ideología—: un error sobre la naturaleza humana. Se dice en la novela:

«Derrama sobre el hombre todas las bendiciones terrenales, sumérgelo en la felicidad, para que no le quede nada más que dormir, comer pastel y procrear…».

¿Cómo reaccionaría el hombre en tales circunstancias?

El protagonista nos responde: «Por ingratitud, haría alguna mala jugada, inventaría el caos, infligiría sufrimiento … ¡Solo para demostrar que sigue siendo hombre y no una tecla de piano!»

Dostojevski lo sabe: aunque se construyera un mundo de felicidad idílica, el hombre lo terminaría destruyendo. Los hombres buscarían sufrimiento y pruebas… ¿Por qué? Porque el hombre fue creado para la felicidad, pero no para una felicidad meramente terrena. El error de las ideologías es pretender alcanzarla en esta vida y por medios técnicos o políticos. El placer separado de la virtud y buscado como fin en sí mismo desordena el alma y la aparta de su fin.

Alba triunfante (1911)

A inicios del siglo XX, monseñor Robert Hugh Benson nos dio una respuesta mediante una parábola a contrario de su más famosa novela, El señor del mundo: Alba triunfante. La historia oscila entre un bosquejo del reinado de mil años de Cristo (algo más que un Amilenarismo y algo menos que un Milenarismo)  y un mensaje –menos evidente– sobre la inconveniencia o más bien, la incongruencia con el cristianismo, de un paraíso en esta tierra. Un párrafo final apuntaría a la segunda tesis:

«El efecto era hallarse preso entre garras que ofendían todo su sentir […]. Porque faltaba lo más característico del cristianismo, lo que le imprime el sello divino: su paciencia celestial y disposición al sufrimiento».

Como escribe Juan Manuel de Prada: «Benson es consciente de la separación entre dogma católico y formas políticas; y de las tensiones en un mundo donde la Iglesia se hubiese convertido en gobierno triunfante que dejó de cargar la cruz. Masterman teme que «el mundo y la Iglesia hubieran trocado papeles»».

Eso quiso decirnos Benson: cómo sería el mundo si «el pensamiento antiguo» prevaleciese sobre el modernismo religioso de su tiempo: «He escrito estos dos libros para rastrear los efectos que experimentaría cada bando si el otro se volviera dominante». Y su conclusión es clara: el encuentro pleno con Cristo y la visión beatífica con su infinita felicidad no son para este mundo. Por algo el Credo termina con la promesa de la «vida futura».

 Un mundo feliz  (1932)

Aldous Huxley presenta en esta famosa novela una distopía de sociedad regida por el placer, con castas biológicamente diseñadas, ocio planificado y consumo perpetuo. Huxley profetiza irónicamente un «fantástico» mundo futuro, donde el hombre ha perdido el sentido de la vida, bajo una “felicidad” artificial controlada por unos pocos.

Hay un diálogo muy expresivo en la novela que no me resisto a reproducir:

«—Pues yo no quiero comodidad. Yo quiero a Dios, quiero poesía, quiero peligro real, quiero libertad, quiero bondad, quiero pecado.

—En suma —dijo Mustafá Mond⁠—, usted reclama el derecho a ser infeliz.

—Muy bien, de acuerdo —dijo el Salvaje, en tono de reto—. Reclamo el derecho a ser infeliz».

Este es el argumento central de Huxley: la felicidad sin verdad, sin virtud, sin libertad real (con la posibilidad del error y del pecado), no es felicidad humana. Es algo maligno que deshumaniza.

Las tres obras plantean lo que Santo Tomás llamaría  la sustitución de la verdadera felicidad  (beatitudo vera), que requiere el ejercicio de las virtudes y la visión de Dios,  por una felicidad aparente  (beatitudo apparens) basada en el placer sensible. Ningún bien finito puede saciar el deseo del corazón humano, que solo halla descanso en Dios.

La ideología en Dostojevski o el soma en Huxley (hoy el consumo banal, el sexo sin límites o las drogas legales) no perfeccionan al hombre, lo anestesian. Y una humanidad anestesiada no es feliz; simplemente deja de sufrir, que no es lo mismo.

El sufrimiento solo es soportable si podemos apreciar su valor: Cristo lo transformó, dándole sentido redentor al unirlo a su Cruz. Además, el dolor actúa como «megáfono» que Dios permite para despertar a un mundo sordo. Como dijo C. S. Lewis, «Dios nos susurra en nuestros placeres, nos habla en nuestra conciencia, pero grita en nuestros dolores». El cristianismo no sacraliza el dolor, lo ilumina y lo hace trascendente.

El comunismo prometía –y todavía promete– el paraíso por la economía;  Musk lo sugiere a través de la técnica: un pelagianismo ideológico y tecnológico que busca abolir el sufrimiento sin averiguar su sentido.  Pretender abolirlo mediante algoritmos y rentas universales no construye el paraíso, sino que  vacía de sentido la condición humana.  Ahí estas novelas se convierten en advertencia.

Porque, como nos recuerda Santo Tomás,  la beatitud perfecta no se alcanza en esta vida porque fuimos hechos para más: para la comunión eterna con Dios.  El corazón humano es capaz de Dios (capax Dei), y solo Él puede saciarlo.


Miguel Sanmartín Fenollera

Publicado en su blog anteriormente

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Miguel Sanmartin Fenollera

Católico, casado y padre de dos hijas, jurista de formación y escritor de vocación. Todos sabemos que los hijos siempre han necesitado de los padres y hoy no es diferente. A nadie se le escapa que la paternidad es una misión llena de dificultades que requiere combate, sacrificio, perseverancia y coraje. Pero, sobre todo ello, es una apasionante aventura llena de grandeza.

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