Hay personas especiales que nos hacen pensar y plantearnos las cosas de nuevo, incluso la vida.
Belén era una chica normal, una sevillana con una vida normal que vivía en Madrid y disfrutaba de su trabajo, su pareja y sus amigas. Llegaba un verano más cargado de planes pero un dolor de espalda lo cambió todo, y lo que parecía una contractura muscular terminó siendo un cáncer extraño y terrible.

Es paradójico que ante situaciones complejas, y a pesar de los eslóganes que abundan en el sentido de “querer es poder”, cuando surgen problemas, abundan otros mensajes que invitan a todo lo contrario, a tirar la toallas corriendo, a la desesperación, a evitar supuestos problemas, a eliminar vidas indefensas, sean en el vientre de una madre o en situaciones de dolor, sembrando el campo de flores marchitas en lugar de sonrisas repletas de amor, de flores en los alféizares de las ventanas. Pero cuando los mensajes van contracorriente nos interpelan, y el ser humano es capaz de reconocer la grandeza que hay en él. Ojalá esta vez sirva, no solo para decir: “qué bonito y que valiente”, sino para ejemplo de que toda vida merece la pena y hay que luchar por ella, ¡con amor!
Belén nos ha dejado el listón alto, siempre recordaremos su sonrisa a pesar de su dolor y de no poderse mover; sus preciosos camisones y batas de flores; lo guapa que aparecía en su Instagram a pesar de su dolor, porque ella era una flor más.
Belén eligió relativizar los problemas al ver la vida desde la única perspectiva desde la que se puede seguir siendo feliz.
“Mi vida avanza en muchas direcciones y, pese a lo que pueda parecer, no se ha detenido…No se detuvo en una mesa de operaciones y tampoco lo hizo cuando pensé que el dolor consumiría cada uno de mis sentidos.
Sigo aquí.
En su honor, yo tampoco lo hago. No me detengo. No dejo que nada lo haga. Busco en cada recoveco algo a lo que aferrarme, un punto de apoyo que mueva el mundo en el que aún vivo. Y lo encuentro en Emilio, en mis padres, en las flores, en el vaso que nos regalaron, en los mensajes que recibo, en las horas que rezo.
Sonrío con triunfo”. – Belén
El mensaje de Belén es que toda vida merece la pena, de su gran, inherente e inmensurable dignidad aunque no pueda moverse la persona, aunque esté repleta de dolor físico, aunque no tenga esperanza de curación, aunque todo sean “peros”. Y los mismos medios que en otras ocasiones defienden y justifican la eutanasia, ayer alababan la valentía y el testimonio de esta joven sevillana llena de vida a pesar de que la vida física se le escapaba poco a poco, y cada día, de entre los dedos.
Porque la persona es mucho más que respirar, que hacerse selfies de postureo, de sentir emociones que te hagan vibrar, de tener el mejor puesto o un sueldo que te permita disfrutar a tope de experiencias.
Ella mantuvo su alegría, su agradecimiento a la vida, su esperanza, incluso entre dolores, con ilusiones que no dejaba desaparecer, no renunciaba a una boda, ni a viajes, ni a reuniones con amigas, ni al amor de Dios, ni a la ayuda de todos.
Nos ha dejado una tarea grande al hacernos ver que cómo sociedad hay que ayudar, estar ahí, al lado de la cama del enfermo y no quitarle a Dios, ni eliminar los crucifijos de los hospitales, porque la esperanza se mantiene cuando hay presencia humana y sobrenatural.
Así, podemos intuir por lo menos que lo que hoy da desesperanza al mundo es precisamente la soledad, tanto la física como la espiritual.

El valor de la trascendencia
“No camino, pero sigo haciendo camino. Y cuando me siento desolada, sigo buscando un recoveco de fe y regalándole un minuto de silencio a quien sé que siempre me escucha y me comprende… y crece y empequeñece a la vez”. – Belén
El ser humano es cuerpo y alma, la desesperación surge cuando apostamos todo a esta vida, a nuestros deseos, o a nuestras fuerzas, sin querer reconocer que esto de aquí no tiene sentido sin algo más, algo que de sentido verdadero al esfuerzo, porque la recompensa no siempre llega, al sufrimiento, porque a veces no se puede remediar, incluso al éxito, porque si creemos que el mérito solo es nuestro el orgullo nos destruirá.
“Nada regresará de la forma en la que una vez lo tuve. Todos cambiamos. Sin saber en qué dirección la vida sigue adelante. Unas veces parece que me deja atrás.
Otras veces me despierto en mitad de ella, sin saber muy bien qué está ocurriendo”. – Belén
Belén tenía claras las prioridades, y no quiere decir que fuera una chica sosa, ni que no supiera disfrutar de la vida. Para ella Jesús ha sido su ejemplo y su camino:
«Te miro y me doy cuenta de lo mucho que tengo que aprender de Ti, me das toda la fuerza que necesito cuando pienso que ya no puedo más, que este dolor puede conmigo, que no siento ninguna parte de mi cuerpo o simplemente, que no tengo ganas ni de abrir los ojos porque sé perfectamente lo que supone un día más con estos infernales calambres. Por eso te doy las gracias por no abandonarme ni un solo instante; yo mientras tanto seguiré mirándote fijamente con la ilusión de seguir aprendiendo cómo llevar esta pesada cruz con alegría, porque ese es mi propósito en la vida, seguir siendo generosa con mi alrededor, mirar a los demás como Tú les mirabas y ser feliz a pesar de las circunstancias”.
Frente a esta sociedad triste Belén Domínguez nos ha dejado una gran esperanza y un reto. El reto es el de que recuperar la trascendencia en la vida del ser humano, nos ha dicho que no somos solo un cuerpo y que, al igual que nos dijo Chiara Corbella, nacemos para no morir nunca, el reto de que esto no sea solo una historia más sino que sirva para recuperar el valor de la persona “siempre”, para recuperar el valor del amor, primero de Dios y para Dios, porque este era su primer pilar, dador de todo lo que Belén reconoce como un regalo y viene después de Él porque le dio las fuerzas para luchar contra viento y marea, confortándola en los malos momentos y dándola paz cuando lo necesitaba. Y luego de los que están alrededor, familia, el amor incondicional de sus padres, de su hermana, y de Emilio, el que iba a ser su marido y se portó mejor que muchos de los que ostentan ese título porque sabía amar de verdad. De los médicos y enfermeros, que sabían que su papel era curar, y si no se podía curar les tocaba cuidar y acompañar, y por ultimo, de la sociedad, porque proteger al que lo necesita, sea por la causa que sea, es labor de toda la sociedad aquí materializados en sus acompañantes espirituales, los capellanes del hospital, en su editora, sin la cual no hubiera salido el libro a la luz, de Marta Barroso, o sus seguidores de Instagram y todas las personas que rezaban por ella.

En los agradecimientos de su libro, que justo me había comprado hacía una semana lo dice claramente, y en este orden, al detallar la ayuda que sentía tenía para seguir luchando a pesar del dolor, a pesar de que la enfermedad había descuajeringado todos sus planes, y de lo que sabía venía, nos dejó con sus propias palabras toda la receta para no perder la esperanza y poder decir que “la vida es bonita”.
“La vida es preciosa incluso cuando se desmorona y se cae a pedazos, cuando cambia y crece y empequeñece a la vez. Incluso cuando parece que te atropella y te ahoga, la vida siempre tiene una forma de devolverte lo que necesitas, aun cuando no podías imaginar que era de esa manera.
De todas las cosas que han cambiado en la mía, esa no es una: todavía creo que la vida es bonita.
Incluso ahora”. – Belén




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