El centro de toda esta historia, fruto de la cultura postmoderna (con su egoísmo, utilitarismo y materialismo entre otros) es que la maternidad deja de ser un regalo Divino, se deja de ver como un milagro por el que estar maravillada y agradecida.
Estaremos todos de acuerdo en que lo ideal, y necesario para la sociedad, es criar a niños fuertes y sanos, pero bastantes de las cosas que hacemos hoy van encaminadas justamente hacia una dirección opuesta.
Qué importante son nuestros niños, pero cuánta responsabilidad tenemos sobre su futuro y qué complicado encontrar la forma de darles lo necesario, sin pasarnos de rosca ni quedarnos cortos.
Ha cambiado, entre tantas otras cosas, el concepto del hijo en la familia. Son cambios sutiles, frases o palabras que se generalizan y no parecen tener demasiada repercusión, pero que están generando cambios en el ideario colectivo (cambia el lenguaje y cambiarás de tu forma de pensar…).
Frecuentemente se habla sobre hijos deseados frente a los que no lo son, y qué espeluznante expresión si te paras a pensarlo. Una vida que se desea o no es una vida que tiene un papel para la madre como si un bien de consumo se tratase, con un uso un objetivo. No es una vida en sí misma, con toda la grandiosidad de significado. El hijo como una proyección de las aspiraciones, expectativas, carencias o traumas de la madre.
Frecuentemente se habla sobre hijos deseados frente a los que no lo son, y qué espeluznante expresión si te paras a pensarlo.
Al final, el centro de toda esta historia, fruto de la cultura postmoderna (con su egoísmo, utilitarismo y materialismo entre otros) es que la maternidad deja de ser un regalo Divino, se deja de ver como un milagro por el que estar maravillada y agradecida.
Estos hijos, con un alto coste, son por ejemplo los de madres solteras, mujeres en edad tardía, con un deseo irremediable de ser madres que, a pesar de no haber encontrado varón con quien construir, deciden inseminarse y afrontar la maternidad y crianza en soledad, privando al hijo de un padre a sabiendas de lo que supondrá.
Confusión asegurada en cuanto a lo que el hijo necesita, pues no será lo perfecto sino poder contar con lo más importante.
La falta de tiempo con el hijo es otro de los males más extendidos hoy en día, con sus enormes consecuencias y su relación directa con la sobreprotección. Los padres no conocen a su hijo lo suficiente como para saber actuar cuando tiene un desequilibrio en cuanto a salud o alimentación, sueño… y el criterio lo pasan a manos de pediatras, expertas en lactancia, influencers… lo que supone una pérdida de control total sobre el hijo, con un instinto cada vez más débil. Y además, la falta de tiempo supone un esfuerzo enorme en que el tiempo restante, aunque poco, sea de calidad. ¿Cuántas veces escuchamos esto, y lo normalizamos? ¿Cómo que de calidad? El tiempo es tiempo, los minutos y horas, presente o no con tus hijos. El hijo no necesita la perfección o calidad, necesita la presencia.
Este caso se ve mucho en familias con un solo hijo. Normalmente son padres ajetreados, ambos laboralmente activos, y con reparto igualitario de tareas.
El último mal, el peor, es el miedo a todo. Hay mucho interés por parte del sistema en que vivamos con miedo, porque es convertible en dinero, el miedo es fácilmente monetizable. Negocio. Y los padres que viven con miedo por sus hijos van a hacer todo lo posible por ellos. Son carne de cañón.
El miedo a los virus, al sol, al atragantamiento, a las caídas, a la suciedad. Supone, además de neurosis materna, consumo. Y además de consumo, niños debiluchos e incapaces.
Así bien, tanto madres solteras, padres con un solo hijo, padres divorciados… aun teniendo distintas motivaciones, pueden asumir un mismo comportamiento sobre los hijos: el de sobreprotegerlos, más cercanos a la limitación de la persona que a la capacitación.
Bien por deseo propio, bien por falta de tiempo y conciencia, o bien por miedo, los niños actualmente se encuentran criándose y creciendo en un entorno de gomaespuma blandita para evitar chichones, durmiendo en camas de matrimonio para evitar traumas y con zapatillas Converse.
Esta sobreprotección de la que hablo no va únicamente de frenar a los niños a experimentar, sino también lo vemos:
- En la lactancia (a demanda, tan de moda ahora pero insana… alargándola incluso hasta siendo niños)
- En los hábitos de sueño, a los hijos se les da un sitio entre los padres, o directamente con la madre (padre en el sofá)
- En las crisis para todo. Al niño hay que comprenderle cualquier cosa porque está atravesando una crisis… error, bajo mi punto de vista.
- En el contacto con la naturaleza (miedo al sol, al “contagio” con otros niños)
- En el movimiento y actividad natural (andar, correr, saltar, trotar)
¿Te suena todo esto? Son todas ellas, en el fondo, formas de sobreproteger, situando al niño en el centro de todo, desdibujando límites sanos para una armonía en la relación y educación.
Y dirás, ¿cuáles son estos límites sanos?
Pues lo sano siempre fue el equilibrio, y el equilibrio es algo que no lo puedes encontrar siguiendo consejos de nadie. El equilibrio se encuentra internamente cuando una madre sigue su propio instinto, su intuición, para saber dónde parar, hasta dónde ceder, o cuándo establecer pausa o cambio. Cuando un hábito hace mal, pues provoca malestar y complicaciones a la larga, no es equilibrio. El cansancio extremo, la demanda excesiva, distancia en el matrimonio, preocupación crónica. Y todo esto, además, con consecuencias sobre el hijo, pues este niño por desgracia tendrá todas las papeletas para convertirse en un adulto incapaz, temeroso, cauto, débil.
La sobreprotección empieza desde el principio de la crianza, pues es un modo de actuar y de afrontar. Cuestionemos aquellas tendencias educativas que van en contra de la armonía familiar, por muy en boga que estén. La crianza respetuosa niñocéntrica y su excesiva protección se da por inseguridad y desconexión de los padres, quienes, para ayudar a sus niños, tendrán que trabajar la incertidumbre, sus propios miedos, y dar voz, de nuevo, a su sabiduría ancestral.
Alejandra Caballero




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