Gerardo Diego presenta a la mujer como un “Otro absoluto”, y entiende la relación amorosa en términos casi sagrados, como entrega y sacrificio. El amor aparece no tanto como posesión o satisfacción de una necesidad, sino como una forma de aprender a salir de uno mismo y reconocer el valor del otro.
Gerardo Diego fue un poeta de la Generación del 27. Oriundo de Santander, realizó sus estudios humanísticos en la Universidad de Deusto, para luego pasar temporadas en Madrid y Francia, donde entró en contacto con el mundo cultural de su época en sus distintas corrientes, así como en distintas ciudades de la geografía española donde estuvo destinado a lo largo de su carrera.
Una de sus obras principales es el poemario Canciones a Violante 1956), donde Violante es una figura poética a la cual el poeta se dirige en su exploración estética y espiritual de lo que significa para él el hecho de amar. En uno de sus poemas, Me estás enseñando a amar, aporta una concepción del amor como aprendizaje y como donación.
Me estás enseñando a amar,
Yo no sabía
Amar es no pedir, es dar,
noche tras día.
La Noche ama al Día, el claro
ama a la Oscura.
Qué amor tan perfecto y tan raro.
Tú mi ventura.
El Día a la Noche alza, besa
sólo un instante.
La Noche al Día -alba, promesa-
beso de amante.
Me estás enseñando a amar.
Yo no sabía.
Amar es no pedir, es dar.
Mi alma, vacía.
Con estos versos, Gerardo Diego presenta a la mujer como un “Otro absoluto”, y entiende la relación amorosa en términos casi sagrados, como entrega y sacrificio. El amor aparece no tanto como posesión o satisfacción de una necesidad, sino como una forma de aprender a salir de uno mismo y reconocer el valor del otro.
Desde mi punto de vista, esta visión del amor resulta radicalmente distinta de las consideraciones predominantes de hoy. La referencia a la promesa, al hecho de dar, a lo extraordinario… parece haberse perdido casi por completo en las conversaciones actuales sobre lo que el amor es, o podría aspirar a ser.
En el mundo moderno, parece casi que el amor es un tema poco grato, fuente inevitable de decepciones, y que debe tratarse con cierta distancia y cierto cinismo, para no dejar que tome un papel desproporcionado en la vida de cada uno. A veces se me asemeja a una especie de inversión o contrato, en que cada parte está dispuesta a dar sólo lo justo, y a retirar su participación en cuanto las condiciones dejen de serle favorables, o se encuentre algo mejor.
Bajo el lema de “ámate a ti mismo” —que comparto en el sentido de que comprendo que sin amor propio la entrega es imposible—, el mensaje cultural dominante es que lo más relevante es la realización individual, la persecución de metas personales y el disfrute y satisfacción propios. De aquí se deriva que —pese a la inclinación primaria que casi todos tenemos hacia el amor duradero y el compromiso— haya una gran desconfianza y, a veces, perversión de lo que podría ser la entrega y fidelidad.
Claro que, en un mundo en que cada uno mira para sí, ¿cómo es posible dar y no pedir? ¿Cómo es posible lograr esa entrega, que es el ideal relacional, si uno teme inevitablemente acabar siendo despojado de todo —por no decir hacer el ridículo—?
Quizá, remitiéndonos al poema de Gerardo Diego, la clave está en la pedagogía del amor. En este “me estás enseñando…”. Quizá, si nos atrevemos a amar, nos encontremos con una realidad que desmienta la visión desesperanzada de lo que nos hacen creer que es. Quizá, entonces, la experiencia pueda volver a ser “alba, promesa”, y no una puja por ver quién se implica menos.
En un mundo en que cada uno mira para sí, ¿cómo es posible dar y no pedir? ¿Cómo es posible lograr esa entrega, que es el ideal relacional, si uno teme inevitablemente acabar siendo despojado de todo?
A veces, por el deseo intenso de evadir el sufrimiento, desconocemos que el sufrimiento, si es parte de la entrega, es en el fondo fuente de una dicha más profunda. “Amar es no pedir, es dar. Mi alma, vacía”. No quiere decir que el alma se vacíe al darse. Quiere decir que cuando se da a fondo perdido, es cuando realmente se puede encontrar la felicidad —incluso, sí, con sufrimiento—. Lo contrario, la evasión incansable del amor, puede evitar el riesgo o el dolor a corto plazo, pero deja una desesperanza que se instala lentamente.
Hoy, me atrevería a volver a esa visión del amor de aquel poemario publicado en 1956, y quisiera darle la actualidad que tiene. Sí es un ideal el amor entregado, y sí es posible, incluso hoy en día. Incluso cuando no es correspondido en esta medida, yo sí creo que quien da, aunque pierda, es siempre ganador. Puede vivir, aunque sea para sí, ese alba y esa promesa, pues reconoce, aunque sea en sí mismo, un tipo de amor que es desinteresado. Y quizá —sólo quizá— este tipo de amor pueda despertar algo más en quienes se lo cruzan.




¿Qué te pareció este artículo? Deja tu opinión: