El arte debería ser un vehículo de comunicación y de unión. No porque deba gustar a todos ni porque toda obra tenga que ser comprendida del mismo modo, sino porque nadie debería quedar excluido de la posibilidad de acercarse a ella.
Yo no creo en un arte destinado a un grupo de iniciados. No creo en un arte reservado a las élites, a los expertos o a quienes poseen las claves necesarias para descifrarlo. El arte ha cumplido desde sus orígenes, entre otras, una función esencialmente comunicativa: hacer visible, audible o tangible aquello que de otro modo permanecería en el ámbito de lo interior. Y, como ocurre con el lenguaje, esa capacidad de comunicación presupone la posibilidad de un encuentro con otro.
Por eso me cuesta entender la idea de que una obra de arte pueda considerarse valiosa precisamente en la medida en que resulta inaccesible. No debería hacer falta un doctorado especializado ni conocer un repertorio de conceptos rocambolescos para poder acercarse a una obra. Cuando una creación necesita una explicación intelectual extraordinariamente compleja para empezar siquiera a resultar significativa, me pregunto si no hemos desplazado el centro de gravedad desde el arte hacia el discurso que lo rodea.
Esto no significa que una obra deba ser inmediatamente transparente ni que todo aquello que no comprendamos a primera vista carezca de valor. Una obra puede exigir tiempo, contemplación e incluso cierta formación para ser apreciada en toda su profundidad. Hay obras que se revelan lentamente y que ganan significado a medida que volvemos a ellas. Pero una cosa es la profundidad y otra la inaccesibilidad.
Para mí, el arte plástico tiene precisamente la capacidad de hacer tangible lo que antes era inmaterial: una emoción, una intuición, una experiencia, una memoria o una determinada manera de mirar el mundo. Allí reside una de sus particularidades. Una idea puede explicarse mediante la filosofía o el ensayo; una experiencia puede narrarse mediante la literatura. El arte debería aportar algo distinto: la posibilidad de convertir ideas o experiencias en una presencia sensible.
Una obra profunda puede hablarle a cualquiera, aunque no necesariamente diga lo mismo a todos. El experto puede encontrar en ella referencias históricas, técnicas o simbólicas que otro espectador no perciba. Pero ese segundo espectador puede, sin embargo, conmoverse ante la obra, reconocer algo de sí mismo en ella o simplemente experimentar una forma de belleza.
Una obra profunda puede hablarle a cualquiera, aunque no necesariamente diga lo mismo a todos.
De hecho, sospecho que existe un cierto peligro cuando confundimos la dificultad con la profundidad. Una obra puede ser difícil porque aborda una realidad compleja, porque utiliza un lenguaje novedoso o porque exige una contemplación paciente. Pero también puede resultar difícil porque ha perdido deliberadamente el interés por comunicarse con quien la contempla. En ese segundo caso, la dificultad deja de ser un medio y se convierte en un fin.
Es especialmente en este punto donde me cuesta simpatizar con las corrientes artísticas que parecen establecer una separación entre quienes poseen las herramientas necesarias para comprender y quienes quedan fuera. Hay algo empobrecedor en convertir la incomprensión del público en una prueba de superioridad. Si para valorar una obra necesitamos demostrar primero que pertenecemos al grupo adecuado, el arte deja de ser un lugar de encuentro y comienza a parecerse a un código reservado a quienes ya conocen sus reglas.
La historia del arte ofrece, además, innumerables ejemplos de lo contrario. Algunas de las formas artísticas que hoy consideramos más refinadas nacieron del contacto con la vida cotidiana, las tradiciones, la música popular, la artesanía y las expresiones culturales de comunidades concretas. Pensemos en las danzas tradicionales que alimentaron algunas de las grandes composiciones musicales, como las polonesas o las csárdás; en nuestras celebraciones de Semana Santa; en la cerámica, la arquitectura popular o la artesanía textil. Los grandes artistas no siempre encontraron su inspiración en salones cerrados. Muchas veces la encontraron allí donde estaba la vida.
Y esto me parece importante porque la popularidad de una manifestación artística no dice nada, por sí sola, acerca de su calidad. Que algo sea sencillo, espontáneo o ampliamente apreciado no lo convierte en mediocre; del mismo modo, que algo sea minoritario o difícil no lo convierte automáticamente en excelente. El número de personas que pueden acceder a una obra y su valor artístico son cuestiones diferentes.
La verdadera cuestión, entonces, no es si el arte debe ser fácil, sino si debe estar dispuesto a encontrarse con quien lo contempla. El arte puede pedir mucho al espectador sin hacerlo sentir inferior. Puede ser sofisticado sin ser elitista, profundo sin convertirse en un acertijo y exigente sin levantar una barrera entre la obra y quien se acerca a ella. Una obra puede incluso desconcertarnos o incomodarnos; puede obligarnos a detenernos, a hacernos preguntas y a reconsiderar aquello que creíamos comprender. Nada de eso contradice su capacidad comunicativa. Al contrario: comunicar no significa entregar un significado cerrado, sino abrir la posibilidad de una experiencia compartida.
No creo que las personas deban ser alimentadas con productos mediocres bajo la excusa de que «eso es lo que entienden». Al contrario: ofrecer belleza a cualquiera que quiera aproximarse al arte es una forma de dignificación.
Por eso creo que el arte debería ser un vehículo de comunicación y de unión. No porque deba gustar a todos ni porque toda obra tenga que ser comprendida del mismo modo, sino porque nadie debería quedar excluido de la posibilidad de acercarse a ella. Que una obra sea de todos no significa que deba ser banal. Significa creer que todos merecen lo mejor.
No creo que las personas deban ser alimentadas con productos mediocres bajo la excusa de que «eso es lo que entienden». Al contrario: ofrecer belleza a cualquiera que quiera aproximarse al arte es una forma de dignificación. Supone confiar en la inteligencia y en la sensibilidad del espectador en lugar de decidir de antemano qué puede comprender y qué no.
Quizá por eso prefiero pensar en el arte no como una puerta que algunos poseen la llave para abrir, sino como un lugar al que cualquiera puede acercarse. Algunos entrarán y reconocerán inmediatamente aquello que buscaban; otros necesitarán tiempo; otros encontrarán algo completamente distinto de lo que el artista había previsto. Pero todos deberían tener la posibilidad de entrar.
Porque la belleza y la capacidad de conmovernos no son privilegios de una minoría. Y si el arte tiene algo verdaderamente universal, quizá sea precisamente esa posibilidad de encontrarnos, a través de una obra, con algo que no sabíamos que podía ser dicho.




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