La decisión por la carrera artística requiere reconocer que los anhelos del corazón no son espejismos, recuerdos de lo que no se tiene o realidades inalcanzables.
Al contrario: deben representar caminos abiertos, faros, hacia los cuales navegar con esperanza.
La actividad artística requiere de humildad y coraje, fundamentados en reconocer los dones propios como regalo y vocación de servicio. Entonces, aunque sea muy difícil, se torna posible arrostrarse, empequeñecerse, sin saber bien a dónde uno irá, con la sola confianza en la providencia. Pues, como nos diría Ernesto Sabato en su ensayo “El escritor y sus fantasmas”, “El hombre no sólo está hecho de desesperanza sino, y fundamentalmente, de fe y esperanza; no sólo de muerte sino también de ansias de vida.”
“El hombre no sólo está hecho de desesperanza sino, y fundamentalmente, de fe y esperanza; no sólo de muerte sino también de ansias de vida.” – Ernesto Sabato
En este sentido, los inevitables sufrimientos y humillaciones que conlleva el camino artístico no deben tomarse como terrores a evitar... sino como el campo natural donde se ponen a prueba la virtud y la nobleza. Y donde, aunque la sensibilidad amplifique quizá los dolores, también magnifica las dichas por actuar con valentía y constancia.
La búsqueda del ideal, y el saberse empeñado en algo alto, quedan como toda satisfacción personal y toda recompensa, aunque nadie lo vea, o lo reconozca, o lo valore.
Pues lo que merece la pena suele crecer como raíz o imperceptible brote, antes de poder florecer… pero cuando lo hace, sucede con una belleza mucho más sencilla, grande y verdadera que la inmediatez de unas flores de plástico, por más vistosos que luzcan desde lejos sus colores.
Esto nos lleva a pensar que el arte, verdadero, sólo puede ser auténtico. Por más que pueda ser visual y estético, nunca debe nacer con vocación de puertas para afuera. Entonces resultaría solo un pastiche, un afán de cortos vuelos.
Puede querer ajustarse a modas por complacer a un público, pero de tanto querer complacerlo, no lo logra. Pues el público no necesita ser complacido, sino inspirado, confrontado con el ideal. – La complacencia responde a comodidades, modas breves o apetencias… y ya hay suficientes voces de la monotonía, lo políticamente correcto, de lo «esperado» según esquemas prehechos. – El público, aunque a veces no lo sepa, ansía lo bello y lo eterno: quiere resonar con los anhelos profundos de su corazón. Y en la creación estética esto sólo sucede cuando el artista, también, habla desde las mociones del corazón propio.

Por eso el creador no necesita en absoluto copiar estilos, ni adivinar el gusto del otro, ni estar al tanto de las modas… Le basta con conocer el propio centro, y expresar desde él lo que le es mas verdadero. Para desde ahí elevarse y buscar la belleza pura, fuera de la ambición personal, y también de la volubilidad de los gustos y expectativas ajenas. Aunque esto conlleve – y suele conllevar – matar dragones internos y externos, y enfrentar enormes dificultades.
Entonces, paradójicamente cuando menos se busca, el público quedará conmovido por la obra creada. Instintivamente reconoce lo que es sincero, lo que tiene alma y contenido. Y ello le resuena hondamente, en un diálogo esperanzador.
Pues lo verdadero, lo intrínsecamente valioso, no puede ser fingido, ni falseado, ni copiado. Nace de las realidades profundas del corazón, contenido y a la vez desprendido de sí. Y esto sucede a la manera de la mayéutica de Sócrates: como del bloque de mármol surge la escultura que ya yacía en él.
Y por eso hoy, más que nunca, son necesarias las actividades artísticas e intelectuales, de vocación verdadera, para materializar la experiencia de belleza en mayúsculas. Belleza que es portadora de libertad y esperanza y que apunta (¡y muchas veces hasta alcanza!) las realidades de lo alto.
Como nos diría San Juan de la Cruz “¡volé tan alto tan alto, que le di a la caza alcance!”




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