Jesús les respondió: «Tened fe en Dios. Yo os aseguro que quien diga a este monte: «Quítate y arrójate al mar» y no vacile en su corazón sino que crea que va a suceder lo que dice, lo obtendrá. Por eso os digo: todo cuanto pidáis en la oración, creed que ya lo habéis recibido y lo obtendréis».
– Marcos 11, 22-24
El día 23 de junio se cumplieron seis meses de aquel 23 de noviembre imposible de olvidar. Hemos sido enviados a este mundo por un corto espacio de tiempo para decir –a través de gozos, penas y dolores– un gran sí a la invitación al amor que Dios nos ha hecho. Para volar alto hacia la meta. Tú te fuiste a los 38 años, alimentado y fortalecido por la gracia, y experimentando una profunda liberación interior que hace brotar vitalidad a borbotones. Así se llega a disfrutar de la vida y a engendrar, a tu alrededor, un ambiente de alegría.
Recuerdo que te pregunté:
– ¿Cómo estás, Ismael?
Y tu respuesta fue:
– Muy contento. Ya he comprado los billetes de ida y vuelta, pues este año volveré a Varsovia más tarde. Quiero pasar con vosotros la celebración de mi cumpleaños. Os invitaré a comer.
Fueron tus palabras de despedida. Y me quedé pensando que la alegría de mi hijo facilitaba el acercamiento a la familia, deseando crear un ambiente positivo y de unión. No te puedes imaginar las ganas que tenia de verte, convencida de que serian unas Navidades muy entrañables para toda la familia. Pero esa esperanza se vio tronchada.
No podía avinagrarlo todo, y con la ayuda de la Virgen pude ir al fondo del asunto para buscar y encontrar sentido, contento, armonía a través de las pequeñas cosas. En ellas pude hallar lo verdaderamente valioso de la vida: los minúsculos detalles, como una sonrisa gratuita o una palabra amable, que caldean el corazón, aúpan la alegría de vivir.
Recordé que con las cosas pequeñas se abre la puerta que lleva a las grandes. Aquello de “hacer endecasílabos de la prosa de cada día”, que aconsejaba siempre Escrivá de Balaguer, el santo más preclaro del último siglo.
Sabes que recordaremos siempre aquel dolor tan grande que nos invadió a toda la familia el 23 de noviembre. Fue muy reconfortante la lluvia de testimonios que bien conoces. Y, casualmente, el 23 de diciembre tuvo lugar el funeral en la Concatedral de Castellón, abarrotada de amigos y familia, a los que aprovecho para dar las gracias. Viste que fue todo impresionante: desde la profunda homilía hasta los cantos —“Hacia ti, morada santa”, “Tu palabra me da vida”, “Amadísimo Jesús, aquí me tienes”, “Sanctus y Agnus Dei”— y, ¡cómo olvidar el Ave María de Gounod! Para terminar, se cantó la Salve Lledó.
Al levantar tu vuelo hacia la eternidad, vino a mi memoria la historia de Johann Sebastián Bach. ¿Sabías que perdió a su pequeña hija, luego a tres hijos y después a su esposa? Más tarde se volvió a casar y, junto con su segunda esposa, perdió cuatro hijas más y tres hijos. Muchos investigadores se preguntaron: ¿cómo pudo Bach afrontar estas pérdidas?, ¿cómo es que su respiración no se detuvo?, ¿cómo es que su corazón no se quebró? Y, lo más importante: ¿cómo pudo seguir escribiendo canciones, cantos, conciertos, misas… la música más bella que el mundo haya escuchado jamás?
¿Sabes cómo lo hacía?
Al final de cada partitura escribía: Soli Deo Gloria (“Gloria sólo a Dios”), y al principio: Señor, ayúdame.

Podemos orar mientras escuchamos de fondo la música de Bach, porque su música, en sí misma, es oración. La música de Bach es una conversación entre el hombre y Dios.
Esta petición la repito yo también al principio de cada día que comienza. Y a nuestra Madre le pido que su Hijo me conceda fortaleza, ánimo, consuelo. También, le ruego que me enseñe a vivir serenamente bajo la mirada cariñosa de nuestro Padre Dios, y a no echar a perder el sufrimiento. Esto supone, por ejemplo, no hablar de él si no es realmente necesario y de gran utilidad, sino guardarlo celosamente como un secreto entre Dios y yo.
Cuando somos conscientes de que el mismo Dios nos apoya desde lo más profundo de su corazón, tenemos fuerzas para vivir con serenidad los acontecimientos más dramáticos.
Es la suerte de tener el don de la fe.




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