La obra de esta pintora sin duda es reflejo de su increíble personalidad, de la evolución de una mujer a lo largo de los años que se refleja en su forma de pintar la realidad y de coherencia con sus ideas.
Rosario de Velasco es el ejemplo de que una personalidad fuerte y clara no se eclipsa por ser mujer, ni por haber vivido en otra época, y menos por ser católica.

La forma de vivir es el más grande testimonio que podemos dar de nuestras creencias, y no las palabras, como hacen tantas feministas actuales. Rosario es un claro ejemplo de valentía y su vida muestra que el feminismo bien entendido ha existido siempre y que las mujeres, aunque no pudieran tener una cuenta corriente, no eran menos por ello, ni hacían menos cosas, ni vivían sometidas, al igual que ser de “derechas” incluso de la falange, no te hacía menos defensora de la mujer.
Hija de Rosario Belausteguigoitia y Antonio de Velasco Martín, de ascendencia vasca, nació en Madrid en 1904 y murió en Barcelona en 1991.
Víctor Ugarte Farrerons, nieto de Rosario, fue el encargado de realizar la biografía de Rosario para la reciente exposición de esta maravillosa pintora en el Museo Nacional Tyssen Bornemisza. En la página web de Rosario encontramos una versión más extensa y detallada de la misma, elaborada con datos recogidos de entrevistas a familiares, cartas y manuscritos que incorpora textos para comprender mejor la vida de la pintora.
Entre ellos, toma especial relevancia un manuscrito de Rosario de Velasco que, si bien no tiene un título claramente definido, se cita como “La primera impresión de mi vida”.
El padre de Rosario, coronel de infantería y diplomado de Estado Mayor, fue agregado militar en la Embajada de España en Londres y profesor de la Escuela Superior de Guerra. Tenía un temperamento y actitud marciales, extremadamente culto y un gran lector, hablaba inglés, pero también fue profesor de dibujo en la Escuela de Guerra. Tenía la ilusión de que su hija Rosario fuera pintora y, aunque no estuvo siempre muy de acuerdo con la evolución pictórica de su hija, el éxito de Rosario hizo que aceptara su camino hacia estilos más “modernos”, diferencias que nunca afectaron al gran amor que se tenían.
Su forma de pintar es ya un reflejo de su inquieta y fuerte personalidad, pues en su obra podemos ver el reflejo de una Rosario inconformista que no se limita a dibujar o pintar lo que le hubiera gustado a su padre o a mantener el estilo más convencional en el que se había formado y dominaba, sino que buscaba algo nuevo que defina su estilo personal.
La casa familiar estaba repleta de libros, también en inglés y francés, así como títulos no permitidos en la época, que D. Antonio animaba a sus hijos a leer. Y todo esto tenía lugar en una familia tradicional y muy religiosa, porque la búsqueda sincera de la verdad y el conocimiento no está reñida, sino todo lo contrario, con la religión y la tradición.
En sus memorias se describe a sí misma como una especie de gitanilla, tan morena que le llamaban “el monito”.
Su familia habla de ella como una mujer moderna, de carácter, muy adelantada a su tiempo y muy diferente al resto de la familia. Fue una niña muy activa a la que le gustaban más los juegos de niños que de niñas. Cuando tenía 15 años, su padre las inscribió a ella y a su hermana Lola en la academia de Fernando Álvarez de Sotomayor, miembro de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y director del Museo del Prado, adquiriendo en dicha escuela la técnica pictórica que la identificaría. En esta etapa desarrolla el gusto por géneros como el retrato y el bodegón (una constante en su producción), así como la anécdota cotidiana, aunque sea simple excusa o punto de partida. En estos comienzos, y aunque parezcan temas convencionales ya estaba forjando su estilo al recurrir a actitudes miméticas.
Visitaba asiduamente el museo del Prado donde estudiaba a los grandes maestros a los que admiraba, pero también conoció los movimientos italianos del momento. Al finalizar sus estudios con Sotomayor, alquila un estudio, donde llevaba a veces a sus sobrinos que, como muchos familiares y allegados, le servían de modelos, como es el caso de Fernando representado en Maternidad (1933).

Rosario empieza su carrera profesional en un momento artístico de gran cambio, en un proceso modernizador, en el que, debido a la tardía entrada en nuestro país de las estéticas derivadas de la vanguardia de anteguerra hizo que convivieran desde mediados de los años veinte, con la revisión impuesta por el movimiento de retorno al orden que se generalizó en todo el escenario europeo.
En 1924 tiene lugar la primera exposición como profesional de Rosario de Velasco participando en la Exposición Nacional de Bellas Artes de Madrid (Vieja segoviana y El chico del cacharro). Velasco no tardó mucho en conectar con algunas de las tendencias que contribuyeron a modelar la vanguardia peninsular, acrecentando así el número de mujeres que aflora en la pintura española durante los años veinte y treinta, como Julia Minguillón, María Röeset, Delhy Tejero, Ángeles Santos y Maruja Mallo, algunas de las cuales abordaron desde distintas ópticas un realismo renovado en cuyo desarrollo participaron, también de forma heterogénea varios pintores. Durante estos años, bajo los efectos del retorno al orden, hay una compleja trama de influencias más o menos determinantes y hasta aparentemente contradictorias entre las que se cuentan los Valorí Plastíci y el Novecento italiano, la Nueva Objetividad alemana, con evoluciones puntuales del Noucentisme, del Regionalismo, ciertas adherencias art déco, con los modelos de figuras como Picasso, Miró, Dalí u otras de distinto relieve como Vázquez Díaz, Sunyer, Togores o Feliu Elías, y que dio lugar en España a la aparición del denominado Nuevo Realismo.
Rosario fue una habitual en la Bienal de Venecia, presentando obras en las ediciones de 1932, 1934, 1936, 1940 y 1942.
Entre 1928 y 1936 participa en muchas exposiciones en las que tiene un gran éxito. Se integra en la agrupación Artistas de Acción, continuando su participación en muestras colectivas y concursos. En 1931, expone el lienzo El baño en el XI Salón de Otoño de la Asociación de Pintores y Escultores de Madrid. En 1932, Velasco forma parte de la muestra organizada en Valencia por la Sociedad de Artistas Ibéricos bajo el subtítulo de Pintura Novecentista, y participa también en la Exposición Nacional de Bellas Artes con el lienzo Adán y Eva, con el que obtuvo, injustamente, y por ser mujer, la segunda medalla.
“El jurado la propuso para la primera medalla, sólo que no hay precedente de mujeres galardonadas con el primer premio. Menéndez Casal últimamente le escribió animándola: “A ver si este año le hacemos justicia a usted.” – Fornet
Adán y Eva es su obra más célebre, y según los expertos, esta pintura expresa una libertad que hasta ese momento había sido vedada a las mujeres: la capacidad para mostrar públicamente sus sentimientos amorosos. Adán y Eva fue una obra muy moderna ya que evocaba el amor que una pareja, en relación de igualdad, se profesa en un lugar público.

La ilustradora
Desde muy pronto, colabora como ilustradora en diferentes proyectos: en la revista La Esfera (1927), en Cuentos para soñar (1928), en la revista Vértice, y varios más.
Participó en una corriente de renovación en el campo de la literatura para niños que tuvo lugar en los años veinte y treinta en España, caracterizado por su vinculación con una tradición cuentística universal, pero procurando moldes expresivos que acomoden la vieja materia a las modernas estéticas.
Junto con elementos y personajes tradicionales, como Blancanieves o las hadas, se unen otros más modernos, como las fábricas o las vacunas, una mezcla de lo antiguo y lo nuevo y de distintas tradiciones literarias, como la cuentística, la teatral o la poética. Este eclecticismo es recogido por las ilustraciones de Rosario de Velasco, que varían en tamaño, color, estilo y localización en el texto.

Rosario vuelve a colaborar en las ilustraciones de La bella del mal amor en 1930, dirigido al publico adulto y compuesto de una serie de relatos centrados en la insatisfacción femenina y transmitidos en un tono subjetivo y poético no siempre fácil de entender, donde se denuncia también la doble moral y las injusticias a las que se enfrentan las mujeres que rompían las normas sociales. En 1932 ilustra Cuentos para mis nietos de Carmen Karr y Alfonsetti, sufragista, quien fue una de las promotoras más adelantadas del feminismo catalán de principios del siglo xx.
Ilustrará también Princesas del martirio de Concha Espina, y otros trabajos como La bien plantada de Eugenio D’Ors.
La amistad
Durante su vida artística en su Madrid natal de preguerra, su actitud abierta e inquietud cultural hacen que se relacione con muchos de los creadores de su generación, en especial con el grupo de mujeres que ha venido a denominarse las Sinsombrero, pintoras y escritoras (especialmente de la generación del 27) como Rosa Chacel o la propia Mª Teresa León, que, en su mayoría, se encontraban ideológicamente en las antípodas de las ideas conservadoras de Rosario.
Hasta 1930 ambas amigas comparten preocupaciones e inquietudes, sumergiéndose en la vida de la República, una exponiendo sus cuadros y la otra publicando más relatos literarios. Provenientes de contextos familiares semejantes, una y otra sentían pasión por el arte y buscaban la mejora de la condición social de las clases desfavorecidas y de la mujer, denunciando las desigualdades económicas y de género. A partir de entonces sus caminos se separan por las diferentes formas de enfocar la vida cada una. Mª Teresa León, pareja de Rafael Alberti, abrazará el comunismo mientras que, por su parte, Velasco se afilia al falangismo, distanciándose más a partir de la radicalización ideológica de la Guerra Civil. Al final de la guerra Rosario se une a la escritora Concha Espina en el proyecto Princesas del martirio (1940).
Fue una gran deportista desde pequeña, además del tenis, practicó el montañismo, el esquí y la escalada. También conducía y siempre fue una viajera empedernida. En estos años visitaría París, pero también Italia o Bélgica y realizaría un crucero por el Báltico, viaje del que rememoraría la impresión que le causaron las mujeres desempeñando duros trabajos que en España ejercían sólo los hombres.

Con la llegada de la Segunda República en 1931, las formaciones de grupos y plataformas vanguardistas empiezan a proliferar en un ambiente renovador. A partir de ese año, la Sociedad de Artistas Ibéricos retoma su labor, y organiza varias exposiciones en España y en el extranjero. Son tiempos de crispación, radicalización y de debates encendidos sobre el papel que el arte debe jugar en la sociedad.
A pesar de saber el peso de su formación inicial en su obra, la artista experimenta con las nuevas tendencias y vanguardias de las que las mujeres también pueden formar parte, quiere competir como igual en un mundo mayoritariamente masculino, y repetía con frecuencia “donde llegó otro puedo llegar yo”. Fue una de las artistas que mejor supo llevar el equilibrio entre tradición y modernidad.
Murales
Realizó varios murales como el Santuario de Nuestra Señora de las Nieves en Espinosa de los Monteros (Burgos, hacia 1937), al que se ofreció a pintar el altar cuando fue derruido al principio de la guerra, resistiendo un frío que ni los locales podían soportar. También pintó murales en el Palacio de San Boal de Salamanca, en la iglesia de San Miguel de Vitoria (1941) y en el altar mayor de la Capilla de la residencia femenina Teresa de Cepeda en Madrid (1942), donde pinta una figura de la Virgen.
La temática de su obra
Las temáticas escogidas por Rosario serán recurrentes a lo largo de toda su carrera. Son frecuentes las escenas costumbristas de pescadores o campesinos, los bodegones con figuras, personajes disfrazados, escenas de circo y grupos de mujeres, siendo los temas bíblicos los más abundantes. Se muestran sobrios, secularizados o incluso “desacralizados”, como el propio Adán y Eva, vestidos como labradores, o maternidades y santos sin aureola o atributo religioso alguno. Entre los pasajes bíblicos favoritos de Rosario, reproducidos en un sinfín de ocasiones, están la parábola del rico Epulón y el pobre Lázaro, el hijo pródigo, la casta Susana o diferentes episodios con el lago Tiberíades como escenario. Profesaba una especial devoción por algunos santos, como san Rafael, a quien invocaba en los viajes, San José y san Juan Bautista también le eran muy queridos, y este último ocupaba un lugar especial. Tanto es así que, en un viaje a Israel, al pasar junto al río Jordán (en pleno invierno) con un grupo de cónyuges de médicos que asistían a un congreso, Rosario les hizo detenerse brevemente para sumergirse en ropa interior, sin ningún pudor, en el río en el que Jesucristo fue bautizado.
Etapa activista
Sorprendentemente, tanto el falangismo como el comunismo ofrecían a las mujeres de la época nuevos modelos de feminidad que contenían elementos modernos. Ambos movimientos animaban a las mujeres a colaborar en sus proyectos ideológicos, si bien ello no implicaba que lo hicieron al mismo nivel que el hombre. Rosario ingresó en la Falange a los pocos meses de fundarse, para ella era el clima ideal donde el esfuerzo, el sacrificio y el peligro “eran un goce”. La posibilidad de participar activamente como mujer en un movimiento nuevo y para ella revolucionario, sin renunciar a su religiosidad, era una gran oportunidad. Esta militancia falangista la rememoraría mucho más tarde como un recuerdo lejano de juventud, que tuvo sentido mientras la Sección Femenina se mantuvo fiel a sus orígenes.

Rosario era una mujer tolerante y abierta a la modernidad.
La Guerra Civil
No se sabe si por su militancia falangista o por un incidente en la defensa de unas monjas, Rosario fue denunciada por la portera de su vivienda. Su simpatía y facilidad de palabra convencieron a los que fueron a detenerla de no hacerlo pero este incidente provocó su escapada de Madrid y paso por varias ciudades y casas amigas, conociendo en ese momento al que sería su marido Javier Farrerons Co, médico.
Rosario es detenida en un viaje a Barcelona, por ser falangista, y es llevada presa a la Cárcel Modelo de la Ciudad Condal donde se la condena a muerte de forma presurosa. Javier mueve cielo y tierra y logra liberar a su novia que huye escondida en un carro y así salvarle la vida. Esta experiencia la relataba Rosario con gran tristeza puesto que su compañera de celda no tuvo la misma suerte y fue fusilada.
Se casan en 1936, en una misa celebrada de forma casi clandestina. El sacerdote que los casó tuvo que disfrazarse de extranjero, teniendo que salir la pareja a Francia para volver a Burgos después, donde estaba la familia de Rosario.
Sus nietos no recuerdan escuchar a Rosario hablar mucho de la Guerra Civil, más bien cuando surgía el tema, algo poco frecuente, les recordaba las dificultades, el hambre y los horrores que sufrieron ambos bandos.
La etapa en Barcelona
La vida cultural barcelonesa difería de la madrileña, lo que supuso, en parte, una vuelta a empezar para Rosario, cuya fama apenas había llegado a Barcelona, ciudad en la que no se encontrará cómoda o acogida como igual hasta pasados varios años, pese a sus numerosas exposiciones y las buenas críticas recibidas.
Al ser su esposo Javier de Barcelona, participaba muy activamente de la vida cultural catalana y pronto volvió a ser pintora, además, al conocerse el éxito de su etapa en Madrid sirvió para que las galerías más prestigiosas de Barcelona le abrieran sus puertas, aunque su primera exposición tras la guerra en 1939 fuera en Valencia, en la Exposición Nacional de Pintura y Escultura organizada por la Delegación Provincial de Bellas Artes de la Falange Española, en la que presenta los dos retratos de sus padres «Mi madre», «Mi padre» y «Niños del pueblo». Fue una exposición importante ya que había una gran representación de artistas consagrados como Zuloaga, Chicharro, Benedito, Mir, Hermoso, Ramón de Zubiaurre, Vázquez Diaz, junto a otros más jóvenes. La posguerra, volvió a ser una época muy activa para ella, y en 1942, inaugura su primera exposición individual en Barcelona a la que seguirán muchas más.
Inicia en esta época una evolución creativa, abandonando las figuras y formas más académicas de su etapa madrileña para jugar con el color y, sobre todo, con las texturas, o como ella decía, con “las calidades”. Su actitud sigue siendo la de una mujer de carácter, participando en tertulias artísticas, en exposiciones y no duda en dar siempre su opinión de forma contundente tan feminista como en su juventud, sin faltar, por supuesto, a la caridad. Creía en la igualdad de oportunidades y criticaba el machismo enérgicamente.
Pertenecen también a esta etapa pinturas con el mar como protagonista y con motivos marinos, que empiezan a ser comunes en la obra de Rosario: barcas, pescadores (normalmente trasladados al lago Tiberíades), o vistas del mar desde la ventana. En 1946, Javier recibe una beca del Consejo Superior de Investigaciones Científicas para ampliar sus estudios en Nueva York, empieza una breve etapa en aquel país.

Madurez pictórica
A partir de los años sesenta, su estilo se vuelve cada vez más personal y libre. Ya en los setenta, su técnica habitual, el óleo sobre lienzo, poco a poco dará paso al óleo sobre papel, en el que desarrollará de forma aún más personal su obra de la última etapa. El mar y la luz mediterránea cobrarán también un gran protagonismo.
Con su obra La casa roja (1968) gana el Premio Sant Jordi. En su obra madura fue deshaciéndose, al menos parcialmente, el componente clasicista que la había caracterizado, y mediante una amplia temática que se mueve en los paisajes, la marina, el retrato o incluso el bodegón, hallamos un nuevo tratamiento de la figura, una nueva poética que siempre dentro de la figuración ironizaba sobre el mito, los rostros de naturaleza expresionista o bañaba escenas en una atmósfera surrealista.
Su vida
Su motivación artística era la pasión por la pintura y, sabedora de que sus obras se vendían con relativa facilidad, no daba mayor importancia a tener o no un representante.
Como madre volcada y gran abuela, su prioridad por la familia la lleva en ocasiones a interrumpir su carrera. Cuando se casa su hija, como una madre solícita se vuelca en ayudarla puesto que María del Mar alternó sus estudio de Medicina con el nacimiento de sus primeros 5 hijos de su primer matrimonio, viviendo las dos hijas mayores con Rosario y su marido mientras su hija terminaba la carrera de medicina y su marido ejercía como médico rural en diferentes localidades, algo que ella también compartiría al licenciarse. Cuando su hija se separa se traslada con sus hijos a la residencia de sus padres lo que supondría un gran cambio en la vida del matrimonio. Siempre dio a sus nietos la estabilidad y el amor de una abuela que ejercía de segunda madre. Paró su carrera por la de su hija, pero no la eliminó, posteriormente continuó con ella.
Rosario no fue una abuela convencional y nadie sabía su edad. Muy fotogénica y empedernidamente presumida, sabía posar y cuidaba siempre mucho su aspecto. Asistía con regularidad a su esteticista, y su modista, sus postizos y sus sombreros, la convertían en una mujer que no pasaba desapercibida. Una de las facetas más divertidas de Rosario fue su afición a los disfraces, lo que dio lugar a curiosas situaciones. Desde la anécdota de su disfraz de refugiado de Europa del Este hasta el fantasma con que asustaba a sus nietos

Esta gran personalidad no disimulaba la gran fe de Rosario que trató de inculcar a sus nietos siempre, que para ella se centraba en el perdón y el agradecimiento, incluido el rezo del rosario en los viajes. Al convivir tanto con sus nietos fomentó en ellos el sentido del gusto, la capacidad de asombro y el descubrimiento de la naturaleza en sus paseos, animándoles a pintar y a ser originales, creando un gran interés por la pintura y la lectura.
Siempre fue una mujer optimista y divertida.
Ultima etapa
En 1981, cuando Rosario rozaba los ochenta años, durante una visita a una pequeña galería de Sitges conoció a su dueño y a su esposa, a quien retratará, lo que supuso un renacimiento en su vida y carrera como pintora. Esta modesta galería la animó a volver a exponer en cinco ocasiones. Sin duda, esos años fueron muy prolíficos y de esa época se conserva gran cantidad de obras, entre ellas las más personales y extraordinarias. Esta última etapa como pintora, de enorme creatividad, es la más libre de Rosario, ajena a cualquier preocupación por lo que la crítica o el mundo del arte pudiera opinar.

Solo tres años más tarde, tras unos duros años enferma de Alzheimer, Rosario falleció. Su esposo, Javier, viviría 9 años más.
Fuente: rosariodevelasco.com




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