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Woman Essentia

La libertad que nos separa y la que une

Miguel Pastorino por Miguel Pastorino
4 marzo, 2026
en Ética
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Home Del presente al futuro Ética
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La desconfianza se ha vuelto un clima, porque atraviesa las instituciones, las relaciones sociales, el vínculo con la política y también nuestra relación con la verdad. No se trata de un fenómeno aislado ni de una simple reacción emocional frente a crisis coyunturales. Como advierte la filósofa española  Victoria Camps en La sociedad de la desconfianza (2025),  estamos ante el resultado de un proceso cultural prolongado en el que  el exceso de individualismo, al desvincular la libertad de la responsabilidad, ha vaciado de densidad ética la vida democrática.  Cuando los derechos se conciben sin deberes y la autonomía se entiende como autosuficiencia sin importar el bien común, la confianza deja de ser posible.

Este desgaste del lazo social no solo afecta a la política institucional, sino que se manifiesta con especial crudeza en el espacio público contemporáneo, marcado por la polarización, la sospecha permanente de todo y de todos y la dificultad creciente para sostener desacuerdos sin convertirlos en conflictos morales irreconciliables.

En este artículo intentaré resumir algunas de las principales reflexiones de la autora, por su lúcido y claro diagnóstico de nuestro tiempo, así como sus desafíos sociales y políticos. Pero no me es posible mencionar todos los temas que aborda y es un libro que vale la pena leer completo y serenamente.

El individualismo que nos separa

Camps acierta al señalar que esta deriva de la desconfianza no se explica solo por fallas institucionales, sino  por una concepción empobrecida de la libertad.  Cuando la libertad se identifica exclusivamente con la ausencia de límites, deja de ser una conquista ética para convertirse en una coartada individual. En lugar de generar cooperación y confianza, produce competencia y sospecha. Y lo que sucede, aunque parezca una paradoja, es evidente: cuanto más se absolutiza la libertad individual, más frágil se vuelve el tejido social que la hace posible.

No es el liberalismo clásico (Mill, Constant, Berlin), preocupado por la formación del carácter y la autonomía moral, el que conduce necesariamente a esta situación, sino su deriva contemporánea hacia el libertarianismo y su alianza con una economía de mercado sin contrapesos éticos. De esa transformación emerge un sujeto que se percibe soberano para trazarse un plan de vida y disponer de todos los medios a su alcance para lograr sus propósitos, pero que entiende esa soberanía como autosuficiencia. Un individuo que se piensa autónomo porque no tolera interferencias, no porque haya aprendido a autolimitarse. Así se configura una sociedad atomizada, del sálvese quien pueda, donde la libertad se concibe como independencia radical y las virtudes de la igualdad, la solidaridad o la cooperación dejan de ser presupuestos compartidos para convertirse en opciones privadas, cuando no en estorbos para el éxito individual.

Como escribe Camps, “todo apunta a que a la democracia y  a la manera de vivir que se ha instalado en la sociedad de consumo le falta cooperación y le sobra egoísmo.  La base de la confianza es la fe, la fe en alguien, una persona o una institución que están ahí y de quienes se espera que ayuden o echen una mano cuando hace falta. Esa fe en el otro es inexistente en el escenario político, y tampoco es muy evidente en muchas de las relaciones que determinan la vida diaria”.

La libertad sin responsabilidad

Una de las razones que explican la dificultad que entraña la forja del carácter en nuestro tiempo es el hecho de que lo único que propicia el individualismo dominante es la satisfacción de todos los deseos. La vida consumista e hiperindividualista nos ha habituado a desear mucho y quererlo todo de inmediato, sin tener que hacernos cargo de nada: derechos sin deberes. Desear y poder obtener lo que se desea es la máxima aspiración, la vía más segura hacia la felicidad en un mundo sometido al imperativo del sistema económico basado en la producción ilimitada para consumir también sin límites.

Pero ser libre significa poder elegir bien o mal, acertar o equivocarse en la elección. Los valores éticos, tanto en forma de virtudes como de deberes, son necesarios para crear eso que los griegos denominaron ethos, una manera de ser, unas costumbres, que aseguran la convivencia y crean un clima de civilidad que de algún modo incentiva el buen hacer de la ciudadanía. Mientras existe ese ethos, las personas se mueven en un ambiente de confianza mutua, saben lo que pueden esperar de sus semejantes y de sus gobernantes, y la confianza se sostiene al tiempo que unos y otros no dejan de cumplir las expectativas. Sin embargo, “si la idea de deber moral desaparece y se entiende que ser libre es carecer de límites, volvemos a algo cercano al estado de naturaleza hobbesiano que, en lugar de ir eliminando represiones y prohibiciones, se impone reforzarlas y ampliarlas.  El presupuesto de que, a mayor libertad, mayor madurez moral, no se verifica”.

Sin ethos no hay democracia que alcance

El diagnóstico de Camps converge aquí en un punto decisivo: no hay instituciones que funcionen sin un suelo ético compartido. Constituciones avanzadas, catálogos amplios de derechos y reformas institucionales ambiciosas resultan insuficientes cuando se erosionan los hábitos de confianza y responsabilidad.  Se legisla mucho porque se confía poco; se controla en exceso porque se presupone el incumplimiento.  El derecho se hipertrofia, pero pierde eficacia.

La confianza no se decreta ni se impone, sino que es siempre un efecto de comportamientos verificables en hechos. Cuando los principios se quedan en el plano discursivo y no se traducen en prácticas, pierden credibilidad. Y sin credibilidad, no hay legitimidad institucional posible.  La ética, en este sentido, no es un complemento ornamental de la política, sino su condición de posibilidad.

Como explica Camps, las dinámicas cooperativas no dependen solo de imposiciones normativas, que pueden ser útiles, pero no lo son si falta el cultivo de unas actitudes que propician la responsabilidad compartida. Si falla todo, organizaciones públicas y privadas, es porque fallan las voluntades que las componen y las gestionan. Falla la civilidad, que consiste en tener en cuenta no solo el interés privado, sino el bien común.

El desconcierto educativo

En el capítulo dedicado a la educación, Camps identifica uno de los síntomas más claros de esta crisis del ethos. La escuela —que junto con la familia fue históricamente el espacio de socialización moral— se encuentra hoy desorientada entre reformas sucesivas, exigencias técnicas y una presión constante por medir resultados cuantificables. Pero  formar ciudadanos no es solo transmitir competencias ni garantizar habilidades funcionales al mercado. Es, sobre todo, contribuir a la construcción del carácter, cultivar hábitos de responsabilidad, respeto y discernimiento.  Cuando la educación se reduce a rendimiento o adaptación instrumental, pierde su dimensión ética. Y sin esa dimensión, difícilmente puede sostenerse una cultura de la confianza. No basta con enseñar derechos; es necesario formar en el sentido del deber y en la conciencia de interdependencia. Si las nuevas generaciones no aprenden a pensar su libertad como responsabilidad compartida, la democracia quedará apoyada en procedimientos formales, pero sin la convicción moral que la hace viable.

El abandono de la igualdad

Si las diferencias deben ser respetadas, las desigualdades —que en su mayor parte son económicas— deben ser corregidas. Esa corrección exige políticas estructurales y reformas costosas, social y financieramente mucho más exigentes que el reconocimiento de diferencias identitarias, que suelen enfrentar sobre todo resistencias culturales o ideológicas. Camps no cuestiona el legítimo reconocimiento de las identidades nacionales, sexuales, étnicas, culturales o religiosas; por el contrario, lo considera parte de una política de progreso que afirma la dignidad de las personas. Pero advierte que, cuando esas reivindicaciones ocupan el centro de la agenda pública y desplazan la prioridad de la igualdad material, se debilita el sentido de un propósito común. Entonces lo universal pierde peso frente a lo particular, y  las necesidades básicas —vivienda, trabajo, cuidados— quedan relegadas, pese a ser dramáticamente urgentes en la vida cotidiana de muchos.

Es lo que viene ocurriendo: la desigualdad deja de ser el proyecto común y encuentra un sustituto más popular, más emotivo y estimulante. Es el triunfo de la libertad individualista donde  cada uno reclama su libertad sin pensar en cómo queda la libertad de los demás.  “La batalla de las identidades ha adquirido un peso en las políticas públicas de la izquierda que  deja en un plano muy secundario las políticas sociales.  Lo pone de relieve el aumento de la indigencia y de pobreza oculta; que denuncian las organizaciones como Cáritas”.

Construir confianza como tarea política

La crisis de confianza que atraviesan nuestras democracias no admite soluciones simples. No se resolverá únicamente con reformas técnicas ni con cambios de liderazgo. “Exige un giro más profundo en la comprensión de la ciudadanía y de la libertad. Implica reconocer que la autonomía no equivale a autosuficiencia, que la libertad no se agota en la elección individual y que la democracia no puede sostenerse solo sobre procedimientos”.

Recuperar la confianza supone aceptar nuestra interdependencia y nuestra vulnerabilidad compartida. Supone también reinstalar el valor de las mediaciones, del diálogo imperfecto, de los procesos lentos y de la responsabilidad política. En tiempos de polarización y desconfianza generalizada, esta apuesta puede parecer poco espectacular. Sin embargo, es probablemente la más exigente y la más necesaria.

Como afirma Camps al final de su libro, “defender la democracia hoy no pasa solo por ampliar derechos ni por denunciar injusticias, tareas indispensables, sino también por reconstruir el lazo ético que hace posible una vida común”. Sin confianza mínima en los otros y en las instituciones, la política se convierte en un campo de batalla permanente. Recuperarla no es una tarea secundaria. Es, quizás, la tarea política fundamental de nuestro tiempo.

Recuperar la esperanza

La esperanza no es ingenua. Camps lo sabe bien cuando escribe que el clima generalizado es de desconfianza, pero precisamente por eso su libro no es pesimista, sino confiado en que la reflexión crítica sobre lo que está mal puede ser el punto de partida de una voluntad ética que no se instale en la negatividad, sino que se atreva a probar algo nuevo. La historia de la humanidad está plagada de hechos terribles que se repiten, pero también de conquistas morales que parecían imposibles hasta que se lograron.

Recuperar un ethos que cohesione a la sociedad y agregue voluntades con vistas a un bien común no es imposible, pero exige algo que hoy parece escasear: la voluntad de hacerlo.  No faltan ideas para transformar la realidad, lo que falta es la voluntad de corregir vicios ya demasiado arraigados.  El discurso público es pura propaganda, las promesas no se cumplen, los principios no se reflejan en hechos que verifiquen que quien los predica cree en ellos.

No hay fórmulas ni recetas para hacer frente a la incertidumbre, pero hay un punto de partida imprescindible:  tomar conciencia de que somos interdependientes, que la autonomía no es autosuficiencia, que necesitamos a los demás y que los demás nos necesitan. Solo desde ese reconocimiento de nuestra fragilidad compartida podemos empezar a reconstruir la confianza perdida.

La confianza no es un estado de ánimo que pueda buscarse por sí mismo; es el subproducto de unos comportamientos y unas acciones que proporcionan seguridad y llevan a recuperar la credibilidad. Conseguir que se cumplan las expectativas anunciadas, no defraudar, no engañar, cumplir las promesas, responsabilizarse de las decisiones que se toman, ser íntegro y coherente.  La responsabilidad y la confianza son dos valores conexos:  nadie confía en la retórica vacía.

No es la naturaleza, sino la libertad misma la que produce los mayores y más terribles desórdenes de nuestro mundo: el hombre es el enemigo más cruel del hombre. Pero también es la libertad la que puede convertirse en la herramienta de nuestra salvación, si aprendemos a ejercerla con responsabilidad, si la vinculamos al bien común, si aceptamos que ser libre no es hacer lo que uno quiere sin límites, sino querer lo que se debe. Esa es la apuesta de Victoria Camps y creo que desde el otro lado del Atlántico podemos dejarnos interpelar por este lúcido diagnóstico de época.


Miguel Pastorino

Publicado anteriormente AQUI 

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Miguel Pastorino

Profesor de Filosofía de la Universidad Católica del Uruguay. Áreas: Filosofía de la religión, Antropología y Bioética.

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