El reto, por tanto, no es otro que salir a buscar esos talentos para hacerlos rendir desde la conciencia de que nadie ha nacido huérfano de genialidad
Publicar una novela no está al alcance de todo el mundo. Escribirla tampoco, dado el esfuerzo sostenido que debe realizar el autor durante un largo periodo de tiempo, pues no hay otro método para dar cuerpo de verosimilitud a una ficción. «¿Cómo se escribe una novela?», me preguntan. «Un día tras otro», les contesto, pues los escritores no llevamos bajo la chaqueta una fórmula, un recetario, un manual de mecánica lingüística al que se le pueda pulsar un botón para que nos facilite llegar al punto final de una extensa historia más o menos coherente. De este modo, finalizar una novela es una “machada”, un sobresfuerzo que nos diferencia del resto del personal. Y publicarla (no me refiero a la autopublicación o a la publicación pagada, sino a que una editorial comercial crea en el manuscrito presentado y decida que pase a formar parte de su catálogo) un milagro, aunque después la venta de ejemplares no supere una modesta primera edición. Por todo esto no me avergüenza proclamar que los narradores somos únicos, especiales, necesarios, irrepetibles.
A pesar de que el comienzo de este artículo pudiera parecer un elogio patético a una de las facultades de quien lo firma (quien, dicho sea de paso, se trata de un novelista sin especial proyección para pasar a la posteridad, aunque alguno de sus títulos se salve de la quema por la misericordia de un par de bondadosos lectores), mi intención no busca un ejercicio psicológico de autoafirmación sino invitar al lector, a todos los lectores de esta pieza, a considerar cuál es la cualidad ( cuáles son las cualidades) que hacen de su vida una proeza, algo único que solo está al alcance de su mano, en el aserto de que nuestro paso por la vida debe señalar un antes y un después en la historia de la humanidad, es decir, un convencimiento de que no somos actores de relleno, extras que pasan por delante de la cámara mientras otros –unos pocos– se lucen, sombras que desde un segundo o un tercer plano existen para dar volumen al fotograma. Todos y cada uno de nosotros tenemos vocación de protagonistas, incluso si nuestro entorno es humilde o si nuestros gestos diarios no merecen la atención de las multitudes.
A lo largo de la historia no hay, no ha habido ni habrá una sola persona como tú y como yo, aunque la humanidad siga sumando nuevos ejemplares a la especie.
A medida que los hijos crecen descubrimos con asombro sus diferencias de personalidad, a pesar de que todos ellos provengan de una misma sangre, hayan crecido en un mismo hogar en el que han vivido parecidas experiencias y hayan recibido una misma educación. Incluso de bebés cuesta calificarles como ejemplares de una camada, a pesar de que los parecidos físicos lleguen a confundir los ojos de los desconocidos. Día a día se van forjando en hombres y mujeres únicos, irrepetibles, cargados de virtudes y defectos, de aspiraciones, frustraciones y empatía.
A lo largo de la historia no hay, no ha habido ni habrá una sola persona como tú y como yo, aunque la humanidad siga sumando nuevos ejemplares a la especie. Si un perro salchicha y otro perro salchicha apenas se distinguen entre sí, al estar unidos por las características fijadas en sus rasgos físicos (patas cortas, largo espaldar, rabo fino, orejas caídas, ojos vivaces, hocico apuntado y una limitada variación de capas y pelajes) y de carácter (por mi experiencia, una vez superan la fase de cachorros desarrollan la antipatía individualista del que vive solo para el anhelo de comer sin límite), los seres humanos estamos dotados de una fisonomía que decanta nuestro modo de ser (aquello de “Una mirada vale más que mil palabras” –frase redonda que firmó un publicista inglés en los albores del siglo XIX– es un adagio compartido por la mayoría de las culturas occidentales), una descripción física en la que cabe encontrar parecidos razonables que nunca rizan el rizo del “sosías” perruno, tan gastado como recurso de confusión por genios del humor como Charles Chaplin o la castiza Lina Morgan, y que fue una agudeza del guion de “To be or not to be”, que Ernst Lubitsch convirtió en una joya del Séptimo Arte: en una Varsovia ocupada por el ejército alemán, un actor judío salía a las puertas de un teatro caracterizado como Aldolf Hitler, con el fin de atraer espectadores para la función.
A fin de cuentas, la vida puede dividirse en aquellas habilidades que nos corresponden y hemos descubierto, y aquellas otras habilidades que también nos incumben pero seguimos sin descubrir.
Publicar una novela no está al alcance de todo el mundo, ya lo he dicho, como no lo está triunfar en un negocio. Si para lo primero, con mayor o menor acierto, soy capaz, para lo segundo me considero un auténtico desastre. Del mismo modo, si con colores y pinceles me las arreglo para representar la vida sobre un lienzo, más vale que a nadie se le ocurra ponerme un bisturí o un compás, un sistema de programación o una página de Excel, un saxofón o una paleta de cemento en las manos. Gracias a Dios, hay quienes son capaces de hacer maravillas con esos instrumentos, y también en una cocina, un laboratorio farmacéutico, un despacho de abogados, una oficina de telecomunicaciones, un supermercado…
A fin de cuentas, la vida puede dividirse en aquellas habilidades que nos corresponden y hemos descubierto, y aquellas otras habilidades que también nos incumben pero seguimos sin descubrir. El reto, por tanto, no es otro que salir a buscar esos talentos para hacerlos rendir desde la conciencia de que nadie ha nacido huérfano de genialidad. Ser persistente en esa exploración ya es una muestra de que hemos nacido para ser ilustres, para dejar nuestro autógrafo en algún lugar de este planeta y, con seguridad, en la gente que nos rodea, que si nos rodea no se debe a la casualidad sino a esa misión que nos atañe descubrir.
Miguel Aranguren




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