Cuando eres joven, parece que la vejez nunca va a llegar; sin embargo, los años pasan y llega, salvo que otro acontecimiento lo impida. Quienes nacimos en la segunda mitad del siglo pasado pensábamos que el año 2000 quedaba muy lejano; pero llegó, y no pasó nada. Seguimos siendo los mismos, con más años cumplidos, más experiencias y más conocimiento. Y, a pesar de lo mal que va el mundo, quiero pensar que algo hemos aprendido. El dicho de que “lo que importa es el espíritu” parece cumplirse, o al menos eso dicen.
Según las noticias, parece que viviremos más años; pero lo ideal no es solo vivir más, sino vivir mejor. Esto no significa que vayamos a dejar de envejecer, ni que debamos entregarnos a un disfrute desenfrenado, ni que la vida consista en fingir una eterna juventud. Significa más bien aprovechar la oportunidad de seguir creciendo, de ayudar y de entregarnos a los demás, de exprimir lo bueno que la vida aún tenga para regalarnos.
El cine no ha contribuido demasiado, en los últimos tiempos, a mostrar cómo afrontar este tema. Que muchos protagonistas sean actores bastante mayores que los papeles que interpretan no ayuda a enfocar con claridad la etapa vital que realmente representan. La maternidad a los cincuenta, por ejemplo, no significa necesariamente que el cuerpo pueda sostenerlo, ni que se tenga el aguante físico o mental adecuado, aunque Cameron Díaz lo haga y afirme al mismo tiempo que “prefiere ver su rostro envejecer a una cara que no le pertenece”. Ese rostro envejecido será el que vean sus hijos cuando ella tenga setenta.
Los años pasan y, aunque ciertas cosas dejen de hacerse —porque la naturaleza manda—, siempre se pueden descubrir actividades nuevas o recuperar aficiones, paseos, viajes o deportes. Al final, se trata de afrontar los cambios como todo en la vida: de la mejor manera posible, sacando provecho de lo bueno que cada etapa ofrece.
El culto al cuerpo —dictadura a la que antes solo estaba sometida la mujer y que ahora alcanza también al hombre— provoca que las nuevas etapas se perciban como una losa que superar, en lugar de disfrutarlas como lo que deberían ser: una fase de mayor seguridad y tranquilidad, si se han hecho bien los deberes de la vida. Las arrugas son marcas de lo vivido, de nuestra identidad, de lo que somos, y no un artificio falso en el que uno apenas se reconoce, esclavo además de costosos tratamientos estéticos. Se trata de disfrutar de una nueva etapa precisamente por la experiencia de lo vivido porque se suelen tener más cosas resueltas, y se debería haber aprendido a no caer en la inquietud o inseguridad propia de la juventud.

Las arrugas son marca de lo vivido, de nuestra identidad, de lo que somos, y no algo artificial y falso.
Vivir porque sin duda en algún momento llegará la vejez
Andie MacDowell fue una de las primeras mujeres en hablar abiertamente para normalizar los cambios biológicos que conlleva para la mujer cumplir años. Fue también de las primeras en lucir canas con naturalidad, al igual que Paulina Porizkova, la que fuera modelo de Lancôme, que muestra hoy su melena canosa sin complejos.
Hace algunos años, Isabella Rossellini lanzó una reflexión que sacudió la manera en que muchas mujeres piensan sobre la vejez y la belleza. Hablaba de la trampa de intentar retener un físico que ya no existe, a costa de tiempo, dinero y, sobre todo, libertad personal:
«Soy mayor y tengo el aspecto de una mujer de mi edad. Algunas mañanas, al mirarme en el espejo, me pregunto: ‘¿Y si me opero?’.
Pero siempre lo descarto, porque la cirugía es como cuando vendaban los pies a las mujeres en China, una nueva manifestación de la misoginia.
Podría parecer de 56, pero cuando tuviera 76, aparentaría 66… Es ganar una batalla para perder la guerra.
Además, con el tiempo, la belleza reside sobre todo en la elegancia y la inteligencia. Pienso, por ejemplo, en María Callas, Frida Kahlo, Anna Magnani…
A los 20, todos somos atractivos con unos vaqueros y una camiseta, pero luego la belleza se convierte en una cuestión de estilo, personalidad y carisma.
No hay que ocultar los defectos, sino transformarlos en lo que nos hace únicos.
Ya no busco ser sexy, sino expresar lo mejor de mí misma.
Cuando eres joven, estás bajo mucha presión: el trabajo, el dinero, los hijos… Pero a medida que envejeces, te sientes más libre, más segura, y haces lo que realmente deseas.”
Sabias palabras las suyas.
Recientemente, L’Oréal ha “revolucionado”, según dicen, la semana de la moda de París con un desfile de “mujeres emblemáticas”, en un show titulado: Libertad, igualdad, sororidad. Sin embargo, resultaba difícil reconocer a algunas de las participantes maduras, no por sus arrugas, sino por los tratamientos estéticos que desfiguraban sus facciones. Eva Longoria es un ejemplo claro. Lo más curioso fue el título del desfile: “libertad”, de sobra tenida y mal usada; “igualdad”, ya lograda con papeles intercambiados; y “sororidad”, que terminó siendo mucho ruido y pocas nueces.

Los actores estadounidenses siguen dando testimonio de nuevas formas de envejecer, en una industria que hasta hace poco castigaba las arrugas y el peso. Sarah Jessica Parker, que recientemente retomó la serie que la hizo famosa, decía en una entrevista: “Pasamos mucho tiempo hablando de la acumulación del tiempo que se suma a las arrugas, y lo más extraño es que no decimos que también se suma para ser mejor en tu trabajo, mejor como amiga, mejor como hija, mejor como pareja, mejor como cuidadora, mejor como hermana. En su lugar, es: ¿cómo suspendemos el exterior? ¿cómo nos disculpamos por ello? ¿cómo lo arreglamos?”.
Meryl Streep, por su parte, nos invitaba a no preocuparnos por el aspecto, la piel o el peso: “Creo que lo más liberador que hice al principio fue liberarme de cualquier preocupación por mi aspecto en relación con mi trabajo. Desarrollar lo que haces, lo que pones en el mundo. Hay que aceptar el hecho de envejecer. La vida es preciosa, y cuando has perdido a mucha gente, te das cuenta de que cada día es un regalo”.
Para George Clooney, la vejez ha traído un nuevo comienzo, ayudándole a priorizar lo más importante en la vida y fortaleciéndolo también en su relación de pareja.
Para el recién fallecido Robert Redford, la vida debía vivirse tanto como se pudiera y durante todo el tiempo posible: “Hay que aprovechar al máximo lo que te han dado”. Pero esto no significa encadenarse a una búsqueda constante de experiencias extraordinarias, ya que él eligió llevar una vida tranquila en las montañas de Utah.
El valor de la vejez, símbolo de sabiduría y de la autoridad que da lo vivido, necesita ser rescatado. Solo así podremos aprender de ella y, sobre todo, saber vivirla.





¿Qué te pareció este artículo? Deja tu opinión: