Que difícil es escribir cuando hay dolor, cuando hay nostalgia o ausencias. Incluso a veces la pena nos hace intentar evitar recordar, o simplemente pensar, porque, cuando recuerdas a veces nos centramos solo en lo que nos falta, en el vacío que genera la ausencia de la persona sin pensar en todo lo bueno vivido, en la gratitud por tantos momentos y tanta herencia recibida, no material, sino de enseñanzas, recuerdos y vivencias. Centrarnos de esta forma es egoísta y además, nos puede llevara una especie de desesperanza.
San Agustín decía que “Una cosa es amar al hombre y otra, poner nuestra esperanza en el hombre”. Pero nuestra esperanza viene de la certeza de la resurrección, y ¡qué suerte tenemos!
Los cristianos vivimos la esperanza mirando al futuro, a la promesa de eternidad, del final del camino que empezamos a recorrer hacia lo que llamamos la vida eterna, la definitiva, porque cómo decía Chiara Corbella, nacemos para no morir nunca. Y esto no quiere decir que seamos inmortales, sino que deberíamos ser conscientes de que estamos de paso para una vida mejor. Esa es la creencia del cristiano, que da sentido a nuestra vida y lo que hacemos así, nuestra visión del momento pasado debería estar llena de gratitud, viviendo el presente como un momento de gracia, de agradecimiento por el día de hoy, y con los ojos puestos en el futuro, un futuro lleno de esperanza por ser hijos de Dios.
Hace ya tres semanas que murió mi padre, y dos del nacimiento de mi primer nieto. Ha sido una montaña rusa de emociones contrapuestas y no tan contrapuestas, sabiendo murió para nacer a otra vida, sintiendo que en el fondo de todos los pensamientos que me sobresaltaban siempre estaba la gratitud. Gratitud por un buen padre servicial al que hemos tenido durante tanto tiempo a nuestro lado, una suerte muy diferente de la que él vivió cuando perdió a su padre muy joven. Agradecimiento por un padre que, junto a mi madre, nos empujó en nuestros primeros pasos en la fe, que trató siempre de seguir a Jesús, de ser coherente, austero, servicial y agradecido, especialmente en sus momentos finales. De un abuelo cariñoso y siempre dispuesto a hacer de chófer, a cuidar nietos, o a resolver problemas de matemáticas. Y el gran compañero de vida de mi madre durante los 60 años de matrimonio y 10 más si sumamos los de noviazgo.
La gratitud hacia todos marcó sus últimos días. Daba las gracias a médicos, a enfermeras, a los hijos, a los nietos, a su mujer, acompañando siempre la coletilla de que no se merecía nada.
Mi padre siempre estuvo preparado para ese momento, por un lado su padre había muerto muy joven y solía decir que a él le pasaría igual, y por otro, la fe le hacía hablar de ello sin problema, con la vista puesta en la otra vida y en la esperanza de la promesa de eternidad. Incluso solía ir algunos años, y a pesar de la oposición de mi madre, a recibir la Extremaunción… por si las moscas. Agradecía cada día vivido sin dolor y rodeado de todos. Como decía Monseñor Munilla en una charla del año pasado sobre la esperanza del Adviento, aceptaba el sufrimiento por la fe, lo abrazó por el amor, y lo ofreció con la esperanza de la vida eterna.
Y hablando de esperanza también es la sonrisa y el llanto de Manolito. Es el ciclo de la vida, que va y viene, que se va y trae vida también. Una esperanza que también nos envió el Señor en forma de vida nueva. Es la forma en que el Señor nos muestra su sonrisa en el regalo de la vida de mi nieto recién nacido. Nos mira con cariño, con mucho cariño, y yo solo puedo estar agradecida, por lo uno y por lo otro.
“Unos viene y otros van” es la frase que repetía los días antes de morir ante mi insistencia en que iba a conocer a su biznieto. Yo le animaba diciéndole que el nacimiento estaba a la vuelta de la esquina y no se iría sin una foto terrenal con él, pero el Señor es el gestor de los tiempos de cada uno, y seguro que la foto se la hicieron en el cielo, y luego le empujó para turnarse.

Como decía Munilla, aceptamos el sufrimiento por la fe, lo abrazo por el amor, sino no dolería tanto, y lo ofrezco con esperanza.
Han sido días de sentimientos enfrentados, entre la muerte y la vida, entre la tristeza y la felicidad, entre la pena y la celebración. Aunque finalmente entre una vida y otra, como si fuera un baile en el que cambias de pareja, ya que nacemos para morir un día en esta vida pero sabiendo que vamos a otra, pasando de unos brazos a otros, de los nuestros a los de Él. Así, estos días celebrábamos dos nacimientos, el de la vida eterna de mi padre y el de su biznieto a la vida terrenal con una semana de diferencia.
Dios no da puntada sin hilo, confiamos en Él porque es el maestro de los tiempos.
Como me decía un amigo el otro día, seguro que el alma de mi padre y biznieto se abrazaron mientras una subía y la otra llegaba al lugar donde esperábamos. Manolito seguro que estaba esperando a que mi padre subiera para turnarse, y una vez más, como decía mi padre, unos vienen y otros van…
“La esperanza es como la levadura, lo que hace que el alma sea grande”. – Papa Francisco




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