Adviento es una palabra latina que significa «venida«. El Adviento es un tiempo amable y festivo, pero hay que vivirlo con espíritu atento a su verdadero sentido: prepararnos para la venida del Señor a nuestras vidas. Adviento nos pide que avivemos las tres virtudes teologales: fe, esperanza y caridad.
La esperanza nos ha acompañado especialmente en este Año Jubilar de la esperanza que clausuramos. La actitud propia del Adviento no es solo una simple espera (una actitud pasiva de esperar que venga alguien) sino de esperanza (una actitud activa que prepara la llegada de alguien a quien aguardamos con deseo y sana inquietud). Esta esperanza nos haced gritar: ¡Ven, Señor Jesús! Nos vamos a fijar en las otras dos virtudes: la fe y la caridad: queremos fortalecer nuestra fe y avivar un amor diligente.
Fortalecer nuestra fe en la tormenta de la duda: el milagro del encuentro
Quizás, la más aguda y dolorosa experiencia en la vida de un creyente honrado sea dudar de su fe: «¿Será verdad todo esto?, ¿habrá algo al final?, ¿ha valido la pena tanto empeño?» La crisis de fe es especialmente dolorosa en la etapa final de la vida. Hoy, la fe no camina por una senda llana y segura, sino que se asemeja mucho a ir andando sobre el agua. Recordemos el pasaje evangélico: «Obligó a los discípulos a que se embarcaran y se adelantaran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente. Cuando se despidió de ellos, se retiró al monte a orar. Mientras tanto la barca iba ya muy lejos… maltratada por las olas. De madrugada se acercó Jesús andando sobre el lago. Los discípulos, viéndolo andar sobre las aguas, se asustaron y decían: ¡Es un fantasma! Y se pusieron a gritar de miedo. Pero Jesús les dijo en seguida: ¡Ánimo, soy yo, no temáis! Y Pedro respondió: Señor, si eres tú, mándame ir a ti sobre las aguas. Jesús le dijo: ¡Ven! Pedro saltó de la barca y, andando sobre las aguas, iba hacia Jesús. Pero al ver la violencia del viento se asustó y, como empezaba a hundirse, gritó: ¡Señor, sálvame! Jesús le tendió la mano, lo agarró y le dijo: ¡Hombre de poca fe! ¿Por qué has dudado? Subieron a la barca, y el viento se calmó. Y los que estaban en ella se postraron ante Jesús diciendo: ¡Verdaderamente eres Hijo de Dios!» (Mt 14, 22-34).
Pedro, desafía a su Maestro: Señor, si eres tú…mándame ir a ti, andando sobre el agua. Su súplica no es la voz de la plena confianza, sino la de aquel que quiere comprobar y verificar si quien se acerca a él es realmente el mismo que tiene poder para hacer milagros. Pedro pide andar sobre el agua, pero introduce su súplica con un condicional: si eres tú… Pedro no las tiene todas consigo. No ha identificado todavía plenamente al Señor. Su rostro aún no le es del todo familiar como para descubrirlo en la noche. Es un seguidor más de Jesús, pero no ha dado el salto a la amistad. Y el Maestro permitirá las condiciones para hacer brillar aún más el amor que siente por sus discípulos. El Maestro le reclama: ¡Ven! Pedro salta de la barca, más desafiante que confiado. Apoyándose en sus propias fuerzas, de pronto nota la violencia del viento… y se asusta: ¡comienza a hundirse!
Pedro, desde la propia debilidad, consciente de que sólo el Maestro depende de sí mismo, y que los discípulos humildemente dependemos del Maestro, le grita, pidiendo ayuda: ¡Señor, sálvame! Con el agua al cuello, Pedro se ha bajado de su propio yo, para volcarse humildemente en la petición de ayuda. Su fe es tan débil que necesita el gesto: Jesús le tendió la mano, lo agarró y le dijo: ¡Hombre de poca fe! ¿Por qué has dudado? El evangelio narra el desenlace de este encuentro: subieron a la barca, y el viento se calmó. Con Jesús en la misma barca, identificado el rostro del Amigo, surge la confesión de fe: ¡Verdaderamente eres Hijo de Dios!
Podemos definir este episodio como el milagro del encuentro. Más allá del prodigio de andar sobre el agua, el auténtico milagro es la experiencia del encuentro de Jesús con sus discípulos, personalizado en la persona de Pedro: «pasar del miedo a la confianza, de la duda a la fe». En Adviento, ¡fortalezcamos nuestra fe!

Avivar nuestra caridad: María, modelo de un amor diligente
Nos vamos a detener en contemplar el segundo misterio gozoso: la Visitación de la Virgen a su prima Isabel. Lucas narra que María, apenas escucha la noticia del ángel: serás la Madre del Salvador y recibe la confidencia de que su prima Isabel está encinta, no se recrea en la grandeza de su futura dignidad de Madre del Mesías, sino que piensa en quien le necesita, la anciana prima Isabel: se levantó y fue aprisa a la montaña (1,39).
La Visitación es un modelo de amor diligente. Amar no es solo sentir: es atender, cuidar, responder. En latín, el verbo diligĕre no significa simplemente amar, sino «amar con diligencia»: con premura, con atención, con cuidado responsable. Diligĕre une el corazón y las manos. Nombra un amor que no se conforma con emociones, sino que se convierte en movimiento: el amor que contempla, que sale al encuentro, que se hace concreto. Es el hilo que atraviesa la figura de María en el Evangelio de Lucas y en las últimas exhortaciones de los papas (Dilexit Nos de Francisco y Dilexi Te de León XIV). En todas ellas late una misma convicción: lo afectivo se hace efectivo. Solo el amor que se hace diligente transforma la realidad.
María es modelo de amor diligente. La Visitación es un canto al amor verdadero: un amor que no se demora, que no calcula, que se pone en marcha con prontitud. En María, el amor se vuelve ágil, concreto, encarnado. No hay distancia entre el corazón que acoge la palabra y los pies que salen al encuentro. La visita de la Virgen a su prima Isabel es el primer gesto de esa caridad diligente que no se queda quieta. El amor diligente, como el de María, combina atención, cuidado y prontitud: escucha, acoge y actúa.

La Navidad nos habla del amor diligente de Dios
La Navidad es el anuncio de que Dios nos amó primero y nos entregó a su Hijo para salvarnos. María representa al discípulo que, al amor recibido, responde con amor diligente mirando al más necesitado.
Pero, no basta amar “mucho”; se trata de amar bien: con atención, con prontitud, con fidelidad. El amor diligente no tiende al espectáculo. Es el amor que ve y actúa, que cura y acompaña humildemente, que sostiene sin ruido. Es el amor que, como María, se levanta; que, como Cristo, se entrega; que, como tantos testigos, no se cansa de recomenzar. Amar con diligencia: ahí reside el secreto de la fecundidad del Evangelio. Porque solo lo que se ama con cuidado permanece, abre ventanas a la esperanza; solo lo que se ama diligentemente transforma la vida y la realidad, acaba con la rutina, disipa la indolencia. Amemos como María: con diligencia.




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