Hace dos días celebramos la Fiesta de Pentecostés, un día especial para los cristianos aunque a veces pase desapercibido para algunos, de hecho el nacimiento, la muerte y resurrección de Jesús forma parte de nuestro calendario y no se escapa ni a los más ateos, aunque algunos no sepan lo que significan estas fechas debido al empeño en tapar los fundamentos de nuestra civilización occidental, base de nuestro valores y relaciones sociales.
Pero en ese día el mismo Paráclito nos recuerda la actualidad de las palabras de Jesús a sus discípulos cuando no entendían, que era muchas veces, lo que les quería decir:
“Tendría que deciros muchas más cosas, pero no podríais comprenderlas ahora. Cuando venga el Espíritu de la verdad, el Paráclito, os iluminará para que podáis entender la verdad completa.” (Jn 16, 12-13).
En un mundo confundido como el actual, donde la verdad ya ni siquiera es simplemente relativa, sino que se niega directamente y se esconde, disfrazando la mentira de verdad; donde la avalancha de informaciones incoherentes y la pérdida del sentido de la trascendencia de nuestros pasos por este mundo, que tiene inicio y fin, que no es eterno, impiden que la humanidad, y con ello las personas que la forman, se paren a pensar, y por tanto, a buscar la verdad, la presencia del Espíritu Santo, el Espíritu de la Verdad, es tan necesario como en aquellos momentos iniciales en que los apóstoles andaban despistados a pesar de haber compartido enseñanzas, caminos, comida, milagros y vida con Jesús.
Yeshua fue su amigo, les guiaba y sabían que su misión era especial, aunque no entendían muy bien la misma ni nada de lo que estaba pasando porque su entendimiento era del mundo y sus anhelos eran terrenos, confiando en que su maestro iniciara una revolución que trajera otro tipo de cambio en sus vidas. Incluso habiéndolo escuchado de sus labios se resistían a lo que les decía, a su partida, a su mensaje, a entender, y a creer su aviso ya que no veían ninguna obra terminada:
“Pero yo os digo la verdad: Os conviene que yo me vaya; porque si no me fuera, el Consolador no vendría a vosotros; mas si me fuere, os lo enviaré. Y cuando él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio.” (Jn 16, 7-8).
Y así fue, Jesús se fue y vino, después de resucitar se apareció a los discípulos durante cuarenta días hablándoles del reino de Dios, pidiéndoles que no se fueran de Jerusalén, sino que esperasen la promesa del Padre… “porque Juan ciertamente bautizó con agua, más vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo dentro de no muchos días.” (Hch,1:6).

Y despistados y asustados se quedaron reunidos en el Cenáculo junto a María. María ya había experimentado el poder del Espíritu Santo cuando, ante el saludo del ángel, acepta con docilidad la propuesta del Señor, y el mensajero le describe cómo sucederá todo:
«El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Así que al santo niño que va a nacer lo llamarán Hijo de Dios. También tu parienta Isabel va a tener un hijo en su vejez; de hecho, la que decían que era estéril ya está en el sexto mes de embarazo. Porque para Dios no hay nada imposible.» (Lc 1, 35-37).
Pero además de los discípulos y María, se encontraban en esos días en Jerusalén personas venidas de distintos lugares. La procedencia universal de las mismas era provocada por la peregrinación de personas venidas para celebrar en esa fecha la festividad judía del Shavuot como aniversario del don de la Torá en el Sinaí a Moisés, que renovaba la alianza entre Dios y el pueblo de Israel. La gran multitud de aquellos días venía de muchos lugares, había medos, partos, elamitas, habitantes de Mesopotamia, Judea, capadocia, ponto y Asia, de Frigia, Panfilia, Egipto, y de las regiones de África más allá de Cirene. Había también romanos residentes, tanto judíos como prosélitos, cretenses y árabes, y todos oyeron hablar a los discípulos en sus propias lenguas de las maravillas de Dios.
El día de Pentecostés, vino el Espíritu, pero no para irse y como un don único de ese día, sino que se quedó con nosotros. Este regalo no solo fue para los primeros seguidores de Jesús, sino que se nos puede dar a cada uno de los bautizados, solo hay que ser como María, dóciles a Él.
Cada vez que se celebra la eucaristía, los cristianos sabemos que ese pequeño trozo de pan y ese vino vertido en el cáliz, alimento del hombre y con el que solemos celebrar las cosas buenas, se transforman en el cuerpo y la sangre de Cristo. Ese cuerpo que fue ultrajado y esa sangre derramada que recibimos con fe y sentimos en nuestro interior son un regalo que reconforta y nos une a Dios. Entra en nuestro corazón. Pero si creemos esto que parece tan inverosímil para cualquiera que no tenga fe ¿cómo entonces podemos dudar de que el Espíritu Santo nos regale sus dones cuando nos dejamos llevar por Él? Por sus frutos los conoceréis, dice el Señor, y el Espíritu Santo da frutos en quienes le dejan actuar, como María. Si nos creemos las palabras que repetimos en cada Credo, en cada Padre Nuestro y en cada Ave María, tenemos que creer firmemente y sin miedo en los dones y gracias que derrama el Espíritu Santo y en el poder transformador de su amor en nuestros corazones.
El Paráclito, el consolador (latín Consolator; griego parakletos), es una denominación del Espíritu Santo que aparece sólo en el Evangelio según San Juan (14,16.26; 15,26; 16,7), como designación del Espíritu Santo, siendo traducida de varias formas, como “abogado”, “intercesor”, “maestro”, “ayudante”, “consolador”.
Según San Juan la misión del Paráclito es morar con los discípulos después que Jesús les haya retirado su presencia visible, y a través de sus dones, les reveló internamente la enseñanza dada por Cristo que antes no llegaban a entender, convirtiéndoles en sus testigos.
Jesús se vuelve a dar a nosotros en cada celebración eucarística, y el Espíritu nos inunda cada vez que nos abrimos a Él, nos busca y solo hay que dejarle entrar en nuestro corazón. Es Dios mismo el que viene a cada uno de nosotros: «Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo.» (Ap 3,20), así que anímate y déjale actuar a Él.




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