Existe hoy una tendencia preocupante por el uso de las máscaras. Y no me refiero a las máscaras de ojos que alargan las pestañas.
Se trata de imagen cara a la galería, el perfil de las redes sociales, donde se eleva la imagen personal a una categoría surreal en la que sólo los momentos estelares tienen cabida. O donde la valía personal se equipara a las estrecheces de un currículum.
Esta lógica hace a veces metástasis. De forma que ya no es sólo en la galería donde se pretende una imagen perfecta, sino que esto irradia a lo personal, a lo familiar… Hasta que encontramos el absurdo de quienes prefieren una renuncia vital y emocional, a sacrificar mínimamente su «personaje». Es la tragedia inmensa que trae consigo el orgullo… que no ha comprendido aún que en el abajamiento y la humildad es donde mora la grandeza.
Como nos diría Ortega y Gasset: “Ésta es la tónica de la existencia en el hombre-masa: la insinceridad, la “broma”. Lo que hacen lo hacen sin el carácter de irrevocable, como hace sus travesuras el “hijo de familia””. La vida verdadera, que conlleva errores, tropiezos, y -a veces- tragedias, queda sofocada bajo un juego de máscaras, en que los actos se maquillan, o infantilizan, para tratar de borrar sus consecuencias, y palabras precipitadas o excusas quieren anular el brillo que trae la verdad.

En estos casos, el corazón, el alma, quedan sepultados tras ilusiones de perfección externa en las que, en el fondo, ni ellos mismos creen. Que prefieren «salvar la imagen» en el corto plazo, comprando humo a un alto precio, a invertir en los tesoros que plenifican y que -¡en el fondo!- tan poco cuestan. O que, a la manera que advierte Ortega, banalizan tanto las acciones y sus consecuencias, que crean un escenario tragicómico donde la herida emocional en el corazón propio y ajeno está a la orden del día.
Como dura, pero lúcidamente también continúa Ortega: “Envilecimiento, encallanamiento, (…) es el modo de vida que le queda al que se ha negado a ser el que tiene que ser. Este su auténtico ser no muere por eso, sino que se convierte en sombra acusadora, en fantasma, que le hace sentir constantemente la inferioridad de la existencia que lleva respecto a la que tenía que llevar. El envilecido es el suicida superviviente.”
Estas palabras nos hacen comprender que, la insinceridad, el compromiso con la mediocridad, o el no llegar a cumplir nuestra misión de nobleza interior, no pueden ocultarse, en realidad, de ninguna forma. Las mentiras internas y externas no funcionan, pues siempre serán una sombra sobre “el envilecido”, por más que quiera ignorarla o apartarla.
Para liberarse de este hechizo, cabe tomar la máscara por lo que es, una máscara… que acaba asfixiando y siendo prisión. Y entender que el rostro propio, el alma, son los que son dignos de amor, en todas sus imperfecciones. Que las realidades del corazón son por las que merece la pena vivir, y las que cabe cultivar para hallar la verdadera grandeza. Por las que, como decía el poema de Dámaso Alonso, «mansamente, humildemente» cabe espacio para que las dichas verdaderas, el amor, «llenen el alma toda».
Que las realidades del corazón son por las que merece la pena vivir, y las que cabe cultivar para hallar la verdadera grandeza.




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