No se puede normalizar una relación con quien ejerce este tipo de despotismo, esta autoridad “impuesta” ya que supone una validación indirecta del apartheid hacia las mujeres en Afganistán, donde además se violan los derechos humanos, no solo los de las mujeres de forma sistemática.
Hace solo dos días, la Unión Europea recibió en Bruselas a una delegación del régimen talibán bajo el argumento de una reunión “técnica” vinculada a la gestión migratoria. Esto ha provocado la indignación de varias asociaciones femeninas (no feministas) y muchos usuarios de las redes han denunciado también esta hipocresía, puesto que hablar de formar educada con los representantes de un régimen dictatorial que denigra a la mujer y la elimina de la vida pública, que prohíbe estudiar a las niñas y aprueba el matrimonio infantil, no tiene nada de educado, sino que demuestra el miedo al islam extremo. No he oído a ninguna mujer, de esas que se autodefinen feministas y claman por derechos conseguidos hace tiempo ya, denunciar esta situación, nunca. Gritarán en la semana del orgullo gay pero callarán siempre ante las injusticias reales porque ni tienen claro lo que es el feminismo, ni son valientes para denunciar la realidad. Son puras marionetas de las ideologías.
Aunque se haya justificado como una “reunión técnica” para coordinar deportaciones, el encuentro abre una serie de implicaciones políticas, especialmente para las mujeres ya que son la mayoría afectada por este régimen. Esto es porque si no se habla y actúa claro, se normaliza la relación diplomática del régimen talibán con lo que esto implica. No se puede normalizar una relación con quien ejerce este tipo de despotismo, esta autoridad “impuesta” ya que supone una validación indirecta del apartheid hacia las mujeres en este país, donde además se violan los derechos humanos, no solo los de las mujeres de forma sistemática. El pasado 20 de junio los hombres salieron a la calle para protestar por las detenciones masivas de mujeres bajo la excusa de que no cumplían estrictamente el código de vestimenta impuesto. Habían detenido a sus madres, esposas, hijas o hermanas. Las fuerzas del gobierno talibán usaron látigos y fuego para reprimir la marcha, y el resultado fueron muertes y heridos.
¿Quién puede dialogar con este régimen?
La carta de los Derechos humanos se aprobó para reconocer la dignidad de la persona, no solo del hombre, y protegerla a nivel internacional de todo tipo de exceso. No somos neutros cuando nos sentamos a hablar con un régimen que ha borrado a las mujeres de la educación, del trabajo y de la vida pública en Afganistán. Este encuentro abre una forma silenciosa de legitimación internacional que se disfraza de pragmatismo y no se les puede tratar como interlocutores válidos. Que no se hablara de la situación de las mujeres en Afganistán es una cobardía, que hubiera paridad en el número de mujeres en la mesa de negociación, aunque ni hubiera ninguna mujer afgana, no justifica nada.

El Estado soberano de Afganistán ha firmado y ratificado a lo largo de la historia tratados internacionales de derechos humanos, pero desde que los talibanes cogieron el poder, al imponer una “interpretación extrema” de la ley islámica, se han vulnerado e ignorado estos acuerdos de forma sistemática mediante nuevas leyes y decretos, rompiendo así estos compromisos.
Uno de estos tratados es precisamente la Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra la Mujer (CEDAW) y la Convención sobre los Derechos del Niño. Sin embargo, cuando los talibanes cogieron el poder, eliminaron el marco constitucional anterior e impusieron leyes que restringen la educación a la mujer y a las niñas, imponiéndolas códigos de vestimenta, y limitan severamente el papel de las mujeres y otras minorías en la sociedad.
Según informes de Amnistía internacional, la “Regulación de Procedimiento Penal de los Tribunales”, dispone penas y sentencias condenatorias para una serie de delitos imprecisos y excesivamente amplios, sólo tipifica como delito la violencia de género en el ámbito familiar cuando una mujer haya sufrido la fractura de un hueso o lesiones visibles. El decreto prescribe también una pena de tres meses de prisión para cualquier mujer que visite regularmente a miembros de su familia sin el permiso de su esposo y que se niegue a cumplir una orden judicial de regresar a su hogar.
Son muchas ya las mujeres que sufren castigos por acciones que son simples signos de la ausencia de libertad que tienen, es decir, por negarse a usar el burka, prenda que representa este sometimiento en el que viven.
Asimismo, la regulación dispone duras penas por incumplimiento religioso y penas más severas para personas de condición social baja, y reconoce la esclavitud. Otras disposiciones autorizan la destrucción de bienes como forma de castigo, institucionalizan la tortura y otros malos tratos mediante el castigo corporal y prescriben la pena de muerte para un número mayor de delitos.
“La regulación convierte un sistema ya de por sí represivo en otro aún más draconiano. Las mujeres y las niñas están, por supuesto, entre los grupos de población más afectados, con disposiciones que normalizan la violencia de género en el ámbito familiar e imponen restricciones aún mayores a su circulación y su autonomía”, decía hace unos meses Smriti Singh, directora de Amnistía Internacional para Asia meridional.
Son muchas ya las mujeres que sufren castigos por acciones que son simples signos de la ausencia de libertad que tienen, es decir, por negarse a usar el burka, prenda que representa este sometimiento en el que viven.
El control de la mujer
Aunque las normas permiten el uso de otros velos o hiyabs siempre que cubran el rostro y el cuerpo por completo, el burka tradicional, es preferido por el Ministerio para la Propagación de la Virtud y la Prevención del Vicio. Esta prenda, El burka afgano completo impuesto cubre el cuerpo entero y entre 250 y 680 gramos, dependiendo del tejido (normalmente materiales sintéticos o algodón). Lo más restrictivo no es el peso, sino la cofia o especie de gorro ajustado que ejerce una fuerte presión directa sobre la cabeza para sostener el panel de rejilla. Esta pieza de tela continua cubre desde la cabeza hasta los pies, con una pequeña rejilla de ganchillo a la altura de los ojos. Como el tejido suele ser sintético puede dificultar la respiración, además el peso recae desproporcionadamente sobre la cabeza, provocando dolores cervicales y fatiga. Además, esta prenda, cuya función es la del control social, tiene un diseño que reduce drásticamente la visión periférica. Todo un deleite de uso.
La ONU ha descrito a Afganistán como un cementerio de derechos humanos, por lo que recibir a sus dirigentes para un diálogo supone un agravio para tantas mujeres que son víctimas de los que se pasean. Justificar que hay paridad porque haya mujeres europeas sentadas en la mesa de negociación no supone una paridad real ya que la voz de las mujeres víctimas del sistema político de Afganistán no están sentadas a la mesa, y por tanto no están representadas. La justificación oficial se refirió de control migratorio y coordinación de deportaciones. Sin embargo, es una jerarquía de prioridades donde el control de fronteras pesa más que la vida, la libertad y la dignidad de millones de mujeres y niñas afganas. Lo que no sabremos es si dicha mesa hizo algo por defenderlas o se limitó a hablar de deportaciones.
Durante años, la situación de las mujeres afganas fue utilizada como argumento moral en discursos occidentales. Hoy, en la práctica, esas mismas mujeres quedan fuera de la mesa cuando se negocia con quienes las han excluido sistemáticamente.
Negociar con los talibanes no supone un simple a cuerdo de gestión, ni es un acto neutral. Es una decisión política con consecuencias directas sobre los derechos humanos.
De esta visita no se ha hecho eco nadie más allá de algunas voces sueltas, pero cuesta pensar que quienes incumplen de esta manera los derechos fundamentales de la persona, estén tranquilamente pactando deportaciones y no se les vete la entrada. Se suele decir que al enemigo “puente de plata” pero en Europa les invitamos a entrar.




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