¡Hace falta recordar el sentido de las Fiestas que celebramos! O mejor dicho, la historia de amor que celebramos, la más “grande historia de amor”.
Llega la esperada Nochebuena entre compras, luces que brillan, viajes, preparación de comidas y mensajes de felicidad. Nos deseamos Felices Pascuas, y en general todos intentamos vivir estos días siendo positivos y recordando el amor, el amor familiar especialmente, y está muy bien. Intentamos perdonar las tonterías para reunirnos a la mesa los más posibles y que no falte nadie. Las calles se engalanan de adornos luminosos que nos recuerdan que algo grande sucedió, sin embargo, y a pesar de tanto ruido, se nos olvida muy a menudo, el verdadero sentido de lo que celebramos estos días.
Hoy he recibido un correo de felicitación de las fiestas que se acercan cuyo motivo era el Nautilus de Julio Verne. El mensaje de la Navidad de El Corte inglés nos habla de la “magia de la Navidad “, y su anuncio publicitario nos muestra motivos como Hadas, un Tiovivo y un Zepelín.
No son los elfos, ni las Hadas, ni los tiovivos, ni siquiera es Papá Noel y sus los renos, ni el solsticio de invierno, ni es tan simple como felicitar las Fiestas. ¿Qué Fiestas?
¡Hace falta recordar las Fiestas que celebramos! O mejor dicho, la historia de amor que celebramos, la más “grande historia de amor”.
Como dijo en una homilía Benedicto XVI, [1]“negamos lo salvífico de la Navidad, a saber, que existe la luz, que la luz se ha aparecido y que nos ha mostrado el camino, que es realmente camino porque es la verdad. Sin la profesión de fe de que Dios se hizo hombre no podemos celebrar debidamente ni conservar la Navidad con esa gran alegría que irradia más allá de nosotros”. Y este momento empezó con el humilde Sí de María que no tuvo miedo a lo que Dios le pidió. Tampoco los pastores tuvieron miedo.
“Había en la misma comarca unos pastores que dormían al raso y vigilaban por turno durante la noche su rebaño.
Se les presentó el Ángel del Señor, y la gloria del Señor los envolvió en su luz; y se llenaron de temor.
El ángel les dijo: No temáis, pues os anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo Señor”, Lc 2, 8-11
La luz que envolvió a los pastores no es la luz de las miles de bombillas que iluminan nuestras calles, es la luz de la verdad, la que ilumina nuestros pasos en la oscuridad. Es la luz del amor. Porque tanto amó Dios al hombre que envió a su único Hijo al mundo para salvarnos, eso es lo que celebramos. Y esa humanidad de Cristo, que sufre por y con nosotros, se manifiesta en que, como dijo Benedicto XVI, [2]“Dios se hizo niño, un niño que necesitaba una madre. Se hizo niño, un ser que entra en el mundo con una lágrima, que como primer sonido emite un grito que pide ayuda, cuyo primer ademán son los brazos extendidos que buscan cobijo. Dios se hizo niño “.
Recibamos al Niño Jesús estos días, en nuestras casas y en nuestro corazón, y hagámonos como niños para, con la inocencia y humildad de un niño, con su mirada abierta a lo sobrenatural que no necesita de hadas ni elfos inventados, poder celebrar su venida con alegría y con el agradecimiento de sabernos salvados por este Niño, porque no es una alegría banal, ni pasajera como las de este mundo, ¡es la alegría!
“Vino a su casa, y los suyos no le recibieron. Pero a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios”. Pidámosle a él en esta hora que nos abra el corazón, que nos volvamos capaces de escuchar su llamada, que abramos las puertas sin miedo, lo recibamos y, de este modo, lleguemos a ser hijos Dios, hijos del Niño en el que esta noche ha despuntado para el mundo la luz verdadera”. Benedicto XVI
[1] Benedicto XVI, Y Dios se hizo hombre, Ediciones Encuentro, 2017
[2] Idem




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