Dice nuestro refranero que «no es oro todo lo que brilla». Y, en la sociedad de la imagen, cabe retomar esta expresión y analizarla con cuidado.
El refrán hace referencia a aquellos objetos que toman la apariencia del oro -como la bisutería- sin serlo. Y justo hoy, cuando el riesgo de confusión es tan alto, quizá deberíamos detenernos a comprender qué son una y otra cosa, y en qué radica su esencial diferencia en distintos contextos.
Los oropeles representan el falso brillo que puede hallarse en ámbitos aparentemente buenos y respetables: la formalidad, el éxito social o laboral, la imagen. Pero lo que hoy luce y deslumbra, mañana es quizá polvo y herrumbre, si no se sustenta en nada más. Las risas que antes eran ligeras, quizá se tornen huecas y congeladas en un mutis; y los gestos también huecos, si no se autentifican.

Es, quizá, una hipnosis de baratijas que en el momento desconciertan y se confunden con el oro porque tienen -al menos en apariencia- todas sus cualidades externas: son hermosos de ver, de tocar, adornan y visten, y lucen bellamente para una fiesta en sociedad.
Estéticamente, el oropel puede representarse por el lustre de un maquillaje perfecto, de un peinado perfecto, de los morros inflados, de las pieles estiradas, o simplemente de la belleza sin candor.
Son hermosos e hipnóticos, pero al fin y al cabo, cantos de sirena: tentadores, peligrosos, y capaces de atrapar en una espiral vacía.
El oro sin embargo lo representan las virtudes verdaderas: la constancia, la querencia, la limpieza de la mirada, la valentía, la generosidad, la pureza de corazón…(y la lista podría seguir). Es oro porque brilla y no se desgasta con el tiempo. Su contextura puede ser a veces más basta, menos pulida, o menos deslumbrante… Pero no se corrompe, y de ella se pueden sacar joyas delicadas y preciosas en la orfebrería del tiempo.
En términos estéticos, el oro quedaría representado por la belleza natural, que sale del corazón y desborda por los ojos. Y es esta belleza interna la que hace la belleza física y no al revés -como quisieran vendernos los anuncios de crema y las clínicas estéticas-. Pues son poco gratas al final las formas perfectas si no acompañan una realidad del alma.
Hay una gran tragedia en la equivocación del oro y la baratija. Por un lado, elegir la baratija puede dar lugar a un gran desencanto: lo que parecía una promesa de belleza no era más que un metal huero y sin valor. Se ha pagado caro por lo que no valía, y se siente como un engaño.
Pero quizá aún más trágico que comprar lo barato, es el no valorar el oro por lo que es. Tener algo precioso entre las manos, pesarlo y repesarlo y no saber reconocerlo. Confundirlo con la baratija. O desecharlo por brillar menos que lo dorado. No saber ver la presencia y la verdad del material, por estar cegado con otras cosas. Y lo trágico es que entonces quizás la vida tome este metal precioso lejos de nosotros para siempre, hacia aquellas manos que sepan lucir y cuidar su valía. Y, quizá sólo entonces poder reconocerlo, como aquel pasaje enigmático de Wenceslao Fernández Flórez:
«Había estado en un lucero y sólo apreció su esplendidez cuando lo vio lejano y perdido».
Cuando «vuelto al desnudo, de la nada, del mundo», como cantaba Dámaso Alonso, caen los brillos, dejan ya de tener importancia los retratos, los nombres, los rótulos. Y, curiosamente, esto permite hallar la libertad verdadera, la que se permite decir, sin giros, ni hipnosis, ni falsos destellos «yo te quiero, soy yo».




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