El CEO de Meta Platforms, Mark Zuckerberg, con motivo del evento anual de Stripe, expresó en una charla que “en un futuro la mayoría de nuestros amigos serán chatbots de IA”. Esta declaración me llenó de espanto y tristeza y es lo que me interpeló a escribir este artículo.
El creador de Facebook pretende naturalizar lo contundentemente anormal: pensar semejante aberración como viable. Esto afecta sobre todo a las nuevas generaciones, que ya insertas en el mundo de la IA, son menos conscientes de las maniobras de quienes la manejan. Por lo que vemos, la estrategia está dada por desensibilizarlos poco a poco, –o más bien, más rápido que lento, por el ritmo mismo en que viven–, para que, anestesiados, vayan aceptando lo que la tecnología viene a ofrecerles. El sentido crítico, los sensores frente al peligro, los mecanismos defensivos, son amortiguados por los perversos objetivos del transhumanismo, que denigra nuestra naturaleza y endiosa la tecnología. Este movimiento pretende que la IA adquiera rasgos netamente humanos, simulando empatía, consuelo, comprensión, apoyo, compañía, para que así los niños vayan aceptando desprevenidos la oferta “afectiva” de la IA, presentada cual legítima y buena. El hombre, preso de su soberbia y ambición desordenada, desatiende el por qué de su naturaleza y avanza en la fabricación de un mundo que lo destruye.
Somos seres humanos, actuamos desde el corazón, al ritmo de nuestra espiritualidad, ingenio, intuición, compasión… de esa unicidad irrepetible de cada uno que cobija un alma con anhelos de vuelo. Y asimismo, tenemos defectos, imperfecciones, pecados y miserias que nos conducen al aprendizaje y al esfuerzo implicado en el mismo, a la búsqueda interior, a levantar la mirada al Cielo y pedir ayuda con humildad, a sabernos rengos siempre en algún aspecto. He ahí nuestra belleza también.
Nuestra preciada esencia está dada por amar y ser amados, y una máquina jamás la tendrá.

¿Acaso no es un claro disparate el proyecto de Zuckerberg? Sí, pero lamentablemente ya estamos viviéndolo, con la existencia de robots humanoides y el avasallamiento de la IA en ámbitos impensados.
Si no ponemos freno a estas elites que nos vienen imponiendo un nuevo modo de vida -sin vida-, de ser y estar, ¿hasta dónde pueden llegar? No nos quedemos aletargados frente a tamaña aberración porque está en juego la dignidad, integridad e incluso la misma existencia de las nuevas generaciones. Ya estamos siendo testigos del empobrecimiento interior que está sufriendo el ser humano y, esto por el poder de unos pocos… aunque asimismo de quienes se lo hacemos fácil.
Como apunta la crítica de Meghana Dhar -ex directiva de Instagram- a las declaraciones de Zuckerberg, “las plataformas que han provocado nuestro aislamiento ahora vienen a ofrecernos consuelo. Es como si el pirómano regresara como bombero.” Y sí, nos vienen aislando a través del uso de la tecnología, tanto que ahora la táctica está dada por ofrecernos compañía artificial.
El CEO de Meta tiene el descaro de querer suplantar las interacciones humanas, “los amigos IA llenarán el vacío, ofreciendo conversaciones significativas, atención constante y comprensión empática, sin las complejidades de los vínculos humanos”. ¿Empatía? ¡Pero si no son humanos! ¿Complejidades? ¡Pero si es una de nuestras exquisiteces!, el encanto de la diversidad... Somos seres sociables, pero de verdad, si lo hacemos con meras máquinas, moriremos por dentro.
Zuckerberg plantea que “los algoritmos que ya personalizan los contenidos en redes sociales pueden evolucionar para entender el estado emocional de una persona, su contexto vital y sus necesidades afectivas”. ¿Entendernos? ¿una máquina programada? ¡Qué desquicio!
Un informe de The Wall Street Journal reveló que los chatbots de Meta permiten interacciones de “rol romántico” incluso con usuarios adolescentes. Esto es gravísimo, no podemos permitir que este sea el mundo en que vivan las nuevas generaciones.




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