Aunque no se habla tanto de ello, los niños y adolescentes también pueden sufrir de ansiedad y es importante que los padres estén atentos a algunas señales para procurar investigar los motivos y determinar sus necesidades.
La ardua labor de los padres para con los hijos, también radica en saber explicarles desde muy pequeños que hay contratiempos y hay que irlos gestionando como mejor se pueda. La ansiedad, “anxietas” desde el latín, tiene que ver según la RAE con un estado de agitación, inquietud o zozobra del ánimo. Probablemente sea más habitual hablar de la ansiedad en los adultos, lo que no quiere decir que niños y adolescentes no la vivan.
Lo que sabemos con certeza es que en la actualidad la ansiedad se ha convertido en uno de los grandes problemas de salud mental en todo el mundo. En nuestro país, un 34% de las personas tiene problemas de salud mental, y el que más se da, es la ansiedad. En lo que concierne a los niños, por algunos estudios conocemos que presentan rasgos de ansiedad, alrededor de un 10- 20%, en particular, entre los 9-12 años.
De hecho, el European Child & Adolescent Psychiatry identificó a un 11,8% de escolares que cumplía con los principios para considerar un trastorno de ansiedad.
Resultará clave, por lo tanto, que los padres sean capaces de identificarla, prestando atención a comportamientos y cambios en sus hijos, y así poder ayudarles a gestionarla de una manera saludable.
¿Qué hay que saber sobre la ansiedad?
La ansiedad se trata de una respuesta natural del ser humano en situaciones que le representan cierto estrés. Sandra Puertas Vélez, psicóloga infantil y asesora psicopedagógica, entiende que cuando se presenta de un modo excesivo durante un tiempo mínimo de seis meses, se cumplirían los criterios diagnósticos para hablar de un trastorno de ansiedad (DSM-5).
Para Puertas, las causas pueden ser de tipo genético (presentando mayor vulnerabilidad los niños con antecedentes familiares de ansiedad), biológico (alteraciones de algunos neurotransmisores) y ambiental (pérdida de un ser querido, separación de los progenitores, cambios significativos como cambios de colegio o domicilio y experiencias traumáticas).
El abuso de pantallas en la infancia y la adolescencia
Preocupa el abuso de pantallas en la infancia y la adolescencia, estar pendiente de las redes sociales, seguir a personas que buscan tan solo su propio bienestar y que pueden ser una mala influencia, la presión social…, puede llevar a sufrir ansiedad y estrés, además de otros problemas que afectan la salud como el sedentarismo o problemas de sueño. “La exposición a las pantallas se inicia de forma temprana y esto supone un riesgo a la hora de desarrollar dificultades como la falta de atención, el retraso en la adquisición del lenguaje, los hábitos de autonomía y las habilidades comunicativas y sociales”, menciona.
Refiere que, se ha planteado incluir indicadores en las revisiones pediátricas para detectar la exposición a pantallas en los menores. “Resulta apropiado utilizar los controles parentales en los dispositivos utilizados por niños y adolescentes, sin olvidar que las familias son el mejor ejemplo para sus hijos”, especifica la psicóloga.
Puertas verbaliza que, resultará acertado limitar los espacios y tiempos en los usos de los dispositivos individuales para velar por la salud física y mental de la infancia y la adolescencia.
El papel de los centros educativos
Como explica, los centros educativos tienen un papel clave en el acompañamiento emocional del alumnado. En las últimas revisiones del currículo educativo de la LOMLOE o Ley Orgánica de Modificación de la Ley Orgánica de Educación, aprobada el 19 de diciembre de 2020 por el Congreso de los Diputados, el bienestar emocional del alumnado cobra un papel relevante.
“Esto supone el reconocimiento institucional, por lo tanto, el compromiso e implicación del personal docente en procurar un ambiente escolar positivo y seguro”, confirma.
“El centro educativo puede ayudar en la prevención de situaciones estresantes en el ámbito escolar (actividades para fomentar la inclusión educativa, el acompañamiento respetuoso, tratar el bullying…), como en la detección de indicadores de ansiedad (somatizaciones como dolores de cabeza, de abdomen…; señales emocionales como irritabilidad, llanto, preocupación excesiva a ciertas situaciones; señales conductuales como la evitación, el aislamiento, la búsqueda de aprobación o las rabietas)”, puntualiza.
Quiere dejar claro que, para todo esto, es necesario que los educadores reciban formaciones relacionadas con la salud mental en infancia y la adolescencia.
En caso de detectar indicadores de ansiedad, la especialista, recomienda buscar ayuda profesional para evaluar e intervenir de forma ajustada según la necesidad de cada caso. “Hay que tener presente que el trastorno de ansiedad infantil implica un factor de riesgo a desarrollar trastornos ansiosos en la edad adulta”, perfila.
El neurodesarrollo de los menores
El doctor Pedro Viaño Nogueira, médico pediatra y coeditor de EnFamilia, página web de la Asociación Española de Pediatría dedicada a las familias, afirma que los trastornos de ansiedad son relativamente habituales en los niños y aclara que los miedos y las preocupaciones son parte del neurodesarrollo habitual de los niños y que no son patológicas por sí mismas.
“El aprendizaje sobre el miedo y la preocupación frente a los desafíos de la vida son parte de las habilidades básicas que debemos adquirir todos los seres humanos a lo largo de nuestro desarrollo”, destaca.
Subraya que se considera un trastorno cuando esas conductas o las preocupaciones son inapropiadas para el nivel de neurodesarrollo del niño y persistentes. “Máxime si ocurren a pesar del consuelo y del apoyo por parte de las figuras de apego de los niños y si, además, causan una disrupción significativa o una limitación en las actividades de la vida diaria y rutina”, asevera el profesional.
Suma que, también pueden causar un deterioro en el rendimiento académico del progreso de su sociabilización con otros niños.
Asimismo, refiere que estos trastornos pueden estar asociados a otras entidades más difíciles de diagnosticar, como trastornos de la esfera conductual, de una discapacidad intelectual, de un trastorno del espectro autista, de trastornos del lenguaje, entre otras.
Ansiedad, ¿qué pueden hacer los padres?
Los padres han de estar pendientes a los cambios en el comportamiento de los niños y resultarán un punto de apoyo esencial en todo aquello que vean alterado en sus hijos, como en una tendencia al retraimiento o al rechazo a hacer actividades que anteriormente les resultaban placenteras, sin causa aparente.
Para él, los progenitores deben, tener una actitud de escucha para con sus hijos, sin juicios y que hagan que el hijo los vea como figuras que van a estar y proteger. “Si con los padres no es posible (pasa frecuentemente con los adolescentes), puede recurrirse a otras figuras de apoyo, como hermanos mayores u otros familiares con los que el niño o adolescente tiene una relación fluida”, resalta.
Cuando ya la familia puede percibirlo como un problema significativo, el doctor Viaño sostiene que se solicite una consulta con el pediatra para que realice una evaluación, determine la significación de esos comportamientos y pueda dirigir a la familia sobre qué medidas tomar.
¿Cómo se manifiesta la ansiedad en menores?
Sara Tarrés Corominas, psicóloga infantil y familiar, autora de ‘Mi hijo me cae mal’ (Plataforma editorial, 2023) y ‘Mis emociones al descubierto’ (Salvatella, 2021), indica que, aunque la ansiedad puede presentarse a cualquier edad, puede resultar más evidente en algunos momentos evolutivos.
“Entre los 6 y 8 años suelen surgir preocupaciones más cognitivas, como el miedo al fracaso, al ridículo o a que algo malo ocurra. En la preadolescencia (9-12 años), la presión académica, social o el cambio corporal pueden intensificar estas vivencias”, describe.
Añade que la ansiedad infantil no siempre se manifiesta de forma evidente y muchas veces, se esconde tras comportamientos que pueden confundirse con desobediencia, timidez o simple malestar físico. Según la psicóloga infantil, algunas señales de alerta que pueden indicar ansiedad en la infancia incluyen:
- Quejas físicas recurrentes, como dolor de barriga, dolor de cabeza o náuseas, sin una causa médica aparente.
- Alteraciones en el sueño, como pesadillas, despertares frecuentes, resistencia a la hora de acostarse o miedo a dormir solo.
- Cambios en el apetito, ya sea pérdida del apetito o ingesta ansiosa de alimentos.
- Irritabilidad, llanto frecuente o dificultad para calmarse ante situaciones cotidianas.
- Evitación de contextos sociales o escolares, como negarse a ir al colegio, al parque o a actividades que antes disfrutaba, o presentar síntomas físicos de forma reiterada como estrategia para evitar situaciones que generan ansiedad.
- Preocupaciones constantes o necesidad excesiva de control, expresada a través de preguntas repetitivas o inseguridad ante cambios.
- Conductas repetitivas o de autorregulación sensorial, como morderse las uñas, rascarse, balancearse, chuparse el dedo o la ropa…
Se presentan como formas temporales de autorregulación y se consideran señales de alarma cuando interfieren en su funcionamiento o aparecen de forma persistente e incontrolada.
Recomendaciones a las familias
Según Tarrés, en muchos casos, todavía no se le otorga a la ansiedad infantil la atención y el cuidado que requiere. “A menudo se minimiza con frases como “ya se le pasará” o “es solo una etapa”, lo que puede generar en el niño una profunda sensación de incomprensión y soledad emocional”, comenta.
Aconseja no esperar a que el problema crezca para ayudar al niño a construir recursos internos saludables para gestionar lo que siente. “Afortunadamente, estamos avanzando hacia una mirada más consciente y respetuosa de la salud mental infantil. Desde el entorno educativo, sanitario y familiar se empieza a reconocer la importancia de detectar precozmente el malestar y de acompañar emocionalmente a los niños desde una actitud de escucha, respeto y prevención”, declara.
Los adultos deben ofrecer un modelo posible de regulación emocional, desde la propia humanidad. “Lo que más ayuda a un niño ansioso no es que le digan que “no pasa nada” o que “se tranquilice”, sino sentirse comprendido, seguro y acompañado”, asegura esta experta.
Para ella, algunas claves prácticas para acompañar la ansiedad infantil desde el día a día son:
- Establecer rutinas claras y estables, que aporten seguridad, estructura y previsibilidad.
- Reducir el ritmo acelerado familiar, priorizando la conexión emocional frente a las prisas o la sobrecarga de actividades.
- Validar y dar nombre a las emociones, acompañando sin juzgar ni minimizar lo que el niño siente.
- Modelar la autorregulación emocional, mostrando cómo gestionar el estrés, la frustración o la incertidumbre desde la calma (o, cuando no sea posible, desde la reparación).
- Fomentar espacios de juego libre, contacto con la naturaleza, movimiento corporal y desconexión de pantallas.
- Pedir ayuda profesional sin miedo ni culpa cuando las manifestaciones de ansiedad se mantienen en el tiempo o interfieren con el bienestar del niño y de la familia.








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