Es curioso la ligereza del uso del lenguaje en el momento actual, quizás el problema es mío porque tengo un padre que siempre nos animaba a buscar el significado correcto de la palabra desconocida en el diccionario (lo que ahora sigo haciendo en internet), y cierto es que prefiero seguir acudiendo a la RAE, aunque sea online.
Hace unos días, dentro del Espacio de Fundación Telefónica, la persona que hablaba por dicha entidad, hacía referencia a las humanidades como algo del pasado, menos mal que algunos de los participantes posteriores centraron el tema luego.
Una cosa es que las humanidades tengan historia, como no podía ser de otra forma, y otra que solo tengamos que recurrir a su historia cuando se habla de ella. Gracias a Dios, es actual, tan actual como el hombre mismo.
Después del uso intensivo de la tecnología para poder trabajar y estar comunicados a partir de la pandemia, se está reivindicando la necesidad de las humanidades en la tecnología. Tras los intentos de algunos gobiernos españoles, muy desacertados por cierto, de eliminar las humanidades de la enseñanza obligatoria, surgen voces (la política siempre va por otra lado de lo que es necesario desgraciadamente) reivindicando la humanización de lo digital. De esto también se está hablando mucho, pero sin centrar del todo a qué se refieren con esa humanización, ni lo que pretenden. Parece que por el simple hecho de reivindicarlo, ya todo sucediera solo y fuera bueno de por sí.
Las grandes cabezas de la historia eran artistas y humanistas a la vez, que investigaban en nuevas tecnologías y trajeron tanto obras de arte maravillosas, como nuevos descubrimientos, como es el caso de Leonardo Da Vinci.
En mi época las humanidades estaban en la enseñanza obligatoria, osea, que los que habíamos elegido ciencias puras, como así se llamaban, llevábamos nuestros dos años de filosofía y un curso mínimo de latín. Pensar que la filosofía, la historia del pensamiento del hombre, no es necesaria, es tan triste como eliminar la historia de la humanidad, la verdadera, la cual debería estar mucho más presente para recordar al hombre todo lo que ha hecho mal, y sigue haciendo. Es como la también pretensión de eliminar nuestras raíces y, poco a poco, el valor de la familia a la que pertenecemos. No estaría de más recodar como surgió la Declaración de derechos humanos después de las atrocidades del nazismo y otras más mientras se aprueba alegremente la eutanasia y se declara el aborto como un derecho.
La historia, y la filosofía, no son el pasado, y con ello tampoco el arte ni la cultura en general, son la actualidad porque los problemas del hombre siempre son los mismos, aunque disfrazados con otro collar.
No estaría de más recodar cómo surgió la Declaración de derechos humanos después de las atrocidades del nazismo y otras más mientras se aprueba alegremente la eutanasia y se declara el aborto como un derecho.
Se denuncia la necesidad de estudiantes con conciencia crítica cuando se enseña lo contrario, a ser borregos en una sociedad que se mueve en masa y en la que se discrimina al que opina diferente o simplemente cuestiona, como políticamente incorrecto. La era digital democratiza la cultura pero parece que aborrega a la población y se demoniza al que pretende diálogar. La libertad de pensamiento no existe toda vez que los grandes monstruos que controlan las redes e información censuran toda opinión disidente, y con el disfraz de “buenismo”, se fulminan al que piensa, sin opción a protestar. De ahí la falsedad de las palabras, que solo son válidas y “permitidas” si van en una dirección. Libertad… otra palabra que ha perdido su significado.
Entonces, ¿Para qué piden humanistas en el mundo tecnológico si no dejan pensar?
Pensar implica cuestionarse, y cuestionarse implica ser crítico, y el humanista debe ser crítico para decir, cuestionar o plantear lo que es necesario para el beneficio de la sociedad, aunque la tecnología vaya por otro lado y no siempre precisamente a quien debería servir.
Las fuerzas a las que se enfrentan los humanistas van en dos líneas: los grandes intereses económico y, por otro lado, los intereses políticos en unas sociedades donde la democracia plena no existe. Muestra de ello es la relación de las humanidades con el poder, enfrentados especialmente en momentos de crisis como el actual, y no me refiero a crisis económica precisamente.
Inventar e investigar en compromiso con el hombre traería invitar a pensar en el bien de la humanidad, de todas y cada una de las personas de este mundo por encima de otros intereses, como hizo por poner un ejemplo contemporáneo, Jerôme Lejeune, cuyo compromiso con sus angelitos le costó el premio Nobel. Las incoherencias una vez más: se mata a los niños, en el vientre de su madre, el lugar donde deberán estar más protegidos, diagnosticados con síndrome down y luego se les luce en calendarios cuando nacen.
Cuando aspiramos a una tecnología que no solo ayude al ser humano, sino que le haga feliz, pero verdaderamente feliz y no presa de sus caprichos, las preguntas sobre la trascendencia tampoco deberían faltar. Algunos lo buscan en la madre naturaleza, cada vez más recurrente, o en la meditación y en las religiones orientales, y otros lo buscamos simplemente en el Dios de nuestra cultura. El Dios da sentido a nuestras acciones en esta vida en busca de un bien, y nos buscamos perpetuarnos en este planeta cuyo cuidado nos ha sido confiado, a costa de su equilibrio o de manipular nuestros cuerpos (no digo sanar, porque en ese caso seríamos tontos) para seguir estando omnipresentes en él. Pensar en la trascendencia nos hace plantearnos la búsqueda del bien, pero del bien que tiene un único sentido, y no el nuestro, sino el de los demás. Nos invita a ser humildes, y nos increpa a pensar, y por ello a ser críticos y buscar la Verdad.
Cuando aspiramos a una tecnología que, no solo ayude al ser humano, sino que le haga feliz, pero verdaderamente feliz y no presa de sus caprichos, las preguntas sobre la trascendencia tampoco deberían faltar.
Si nuestros gobernantes pensaran, aunque fuera de vez en cuando en la trascendencia habría menos gobiernos corruptos, en todos los sentidos, y menos control por parte de los monstruos económicos, o de los medios de comunicación, porque el bien solo tendría un significado, y el poder tendría otro sentido inequívocamente unido al Bien de la sociedad, del que ahora carece. Pero como eso es una utopía, es mejor seguir manipulando las palabras, para que la gente no piense y puedan seguir haciendo con nosotros lo que ellos quieren.




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