En España, estamos viviendo situaciones en el espacio político y social que han movilizado a una ciudadanía atónita ante actuaciones políticas que van contra los fundamentos éticos de la vida en sociedad y el servicio de las instituciones públicas al ciudadano. Desde distintas esferas de poder se urden relatos para encubrir intereses políticos o hechos delictivos y desembarazarse de toda responsabilidad.

Por ejemplo, con la ley de amnistía se ocultan los motivos reales que la originan -por un lado, el cálculo político y, por otro, los deseos injustos e insolidarios de unas minorías– con razones dudosas de convivencia democrática. Se propone una forzada concordia que, al no asentarse sobre la verdad y la justicia, está generando precisamente el efecto contrario: una mayor crispación política y social. O lo que es peor: cuando la realidad se presenta en forma de desgracia, algunos dirigentes incluso la utilizan para su lucro económico o rédito político. Así lo hicieron de forma oculta durante la terrible pandemia del año 2020 -ahora está saliendo a la luz- y se ha repetido con ocasión de la DANA que acaba de asolar el Levante español.
Estamos comprobando que esa forma de gobernar es un virus letal y que, en momentos que son decisivos, hace aguas por todas partes anegando derechos y libertades fundamentales de los ciudadanos. ¿Pero qué marcos mentales originan estas actuaciones que alejan a los dirigentes del bien común general, es decir, de lo que fundamenta cualquier política al servicio indiscriminado de los ciudadanos? ¿Y qué intereses o deseos ceban esos planteamientos hasta hacerlos explosionar? Sobre todo, hay tres postulados ideológicos que se alimentan entre sí y dan razón a esos planteamientos: el individualismo, el emotivismo y el positivismo jurídico.
Individualismo: mi voluntad de poder, solo eso cuenta
En la política y también en otras esferas de poder, siguen coleteando los paradigmas de Nietzsche: vivir es crear una voluntad fuerte, sobreponerse, alcanzar las propias aspiraciones para poder dominar y no dejar que nadie nos domine. Muchas personas se hacen este razonamiento: «Mira, soy libre y hago lo que quiero, yo establezco mi verdad según mis principios y decido lo que está bien o mal según mis valores. Que nadie exija algo de mí en nombre de una verdad o un deber objetivos: nada puede interponerse para conseguir lo que me resulta útil. Y que conste que no soy egoísta e irracional«.
Esa autosuficiencia puede llevar al extremo de considerar que el amor es la enfermedad, el fracaso de esa voluntad de poder. También, a despreciar los vínculos que nos ligan a otros, tanto a nivel personal como social, puesto que nos exigen dar, renunciar a la autodeterminación personal. Nietzsche, en su libro Así habló Zaratustra, dio la vuelta a una característica esencial del ser humano al afirmar que no somos para los demás, que es mentira la alegría de dar: “Vosotros os apretujáis alrededor del prójimo y tenéis hermosas palabras para expresar ese vuestro apretujaros. Pero yo os digo: vuestro amor al prójimo es vuestro mal amor a vosotros mismos”.
Emotivismo: mis deseos son órdenes para ti
La corriente del emotivismo promueve una tiranía del yo similar a la del individualismo, que genera igualmente personas desvinculadas de la realidad y del bien común que reclama la vida en sociedad. En este caso, en vez de la voluntad de poder, son los deseos de una persona -sus interpretaciones y preferencias subjetivas- los que se imponen sobre la razón y la moral. Por ello, esta corriente genera lo que el sociólogo Zygmunt Bauman llama “personas líquidas”. En su obra Modernidad líquida, explica que este tipo de individuos carecen de una guía de conciencia sólida para forjar una identidad permanente sostenida por la responsabilidad personal.

¿Qué se dice una persona influenciada por el emotivismo?: «Eso será verdad para ti y puede no coincidir con lo que es para mí. Mi parecer dictamina lo que está bien o mal, no hay una norma objetiva que guíe nuestro actuar. Algo será bueno si me siento bien haciéndolo y, por descontado, no cumpliré ningún deber si no conviene a mis deseos. Además, lo que decís que es objetivamente malo, ¿acaso no puede justificarse e incluso transformarse en bueno? Es más, algunas cosas que yo antes consideraba malas, ahora entiendo que son justificables e incluso buenas… No hay verdad o mentira, bien o mal objetivos, reales: todo lo puedo adecuar para lograr el fin que deseo. ¿Quién dijo que el fin no justifica los medios?«.
Con este planteamiento vital, se intenta justificar que una actitud progresista es adaptar los principios a las necesidades de cada momento. Al igual que ocurre con la persona individualista, el que se deja llevar por el emotivismo cae fácilmente en la manipulación porque trata a los demás como un medio para los propios fines, no como un fin en sí mismos. Fuerza a los otros para que pongan de su lado, actitudes, sentimientos y preferencias. ¿Y qué mejores tácticas utilizar en un mundo que se mueve en el plano del deseo, que exacerbar posiciones y promover polarizaciones?
Positivismo jurídico: mis normas no se someten a ningún principio ético
Pero el relativismo ético no solo está en las ideologías del individualismo y el emotivismo. También lo asume el positivismo y, más en concreto, el positivismo jurídico. Para esta ideología, el derecho no está conectado con una moral natural que lo precede. El derecho se funda en la voluntad de los hombres, no en principios objetivos y universales que establecen lo que es bueno o malo, lo que es categóricamente justo o injusto, lo que degrada objetivamente a la persona o lo que la respeta y dignifica. Quizá, esta concepción pueda aplicarse a ciertas normas de convivencia o de gestión económica o social de la res pública, que son opciones legítimas de gerencia. ¿Pero qué ocurre cuando ciertas normativas no se someten como deberían a esos principios ético-jurídicos que están por encima de la voluntad del legislador o de las meras costumbres de la sociedad? Por ejemplo, la igualdad ante la ley o la seguridad jurídica, contra las que atenta la ley de amnistía.
Ciertamente, las propuestas del positivismo jurídico generan leyes más débiles a la hora de respetar los principios universales y derechos fundamentales de los ciudadanos. Además, ofrecen poca seguridad en esas cuestiones, pues dependen del resultado del consenso, del diálogo negociador, del interés político, etc. Es famosa la frase de Hillary Clinton en defensa de la ley que permitiría el aborto hasta el mismo momento de nacer: «Un niño es lo que dice la ley».
El resultado de concebir una ética sin moral
Ese relativismo moral o ausencia de referencias universales -que atiende solo a los propios deseos y voluntad de poder- impide que nos planteemos siquiera si estamos o no en la verdad, si lo que hacemos está bien o mal. El servicio a la ideología toma el lugar de la moral. Las consecuencias de mantenerse en ese circuito cerrado y alejado de la realidad se agravan cuando quien es esclavo de esas ideologías está en una situación de poder. Bastan los ejemplos expuestos para ver que, en España, el Estado de Derecho se va convirtiendo en un «Estado del Deseo» cuyos intereses políticos se desvían del bien común y dejan desatendidas las verdaderas necesidades de las personas, de los ciudadanos; «del pueblo», en definitiva.

Servir a la ideología o mantener el poder está llegando a tener más peso que la separación y el equilibrio de poderes del Estado, la independencia política de las instituciones, la creación de leyes que respeten los derechos y libertades de todos y la seguridad jurídica. No es cierto que «la voluntad del pueblo» manifiesta en las urnas y las normativas creadas por las mayorías parlamentarias sean el único fundamento democrático. Hay otros principios que fundamentan la democracia: la división del poder, la igualdad o el respeto a los derechos fundamentales. A estos principios democráticos debe someterse cualquier ciudadano o institución. Tampoco es cierto, pues, que votar en las elecciones y elegir a nuestros representantes sea la forma superior de ejercer la democracia. Ninguno de los tres poderes está por encima de otro. Es la separación de poderes lo que garantiza el contrapeso entre ellos y que el gobierno no caiga en la autocracia.
Nos vendría bien afrontar si estos planteamientos ideológicos de muchos políticos también se han infiltrado en las intenciones y actuaciones de algunos ciudadanos o, incluso, de nosotros mismos. ¿Quién no se ha sentido seducido alguna vez por lograr algo que desea, aunque sea a costa de sus principios o del bienestar de los que tienen derecho a reclamárselo? Más que nunca, ahora que proliferan ciertas “éticas sin moral”, que provocan justificaciones y relatos que acallan la verdad, es necesaria una reflexión sobre el impacto negativo que tienen en nuestra vida personal y en sociedad. Nada más importante que saber elegir bien las ideas, valores y deseos que queremos que nos guíen.
Bibliografía
Bauman, Zygmunt (1999). Modernidad líquida, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires. https://fce.com.ar/tienda/sociologia/modernidad-liquida-bauman/?srsltid=AfmBOoqqiILOUxJyxsnoLuSwuegNfT_h22YWUZvx-HZ5N1Qi2vMFcHLb
Meseguer, Juan (2014). Artículo Una sociedad con sed de emociones, publicado en Aceprensa. https://www.aceprensa.com/politica/una-sociedad-con-sed-de- emociones/
Arguello, Luis (2023). Vídeo en el que reflexiona ante la posible creación de una ley de amnistía.
Nietzsche, Friedrich, Así habló Zaratustra, capítulo: Del amor al prójimo. Libro electrónico del portal web Elejandría, añadido a la biblioteca el 11-07-2022. https://www.elejandria.com/libro/asi-hablo-zaratustra/friedrich-nietzsche/1799




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