La feminidad es sinónimo de debilidad y sumisión. Una mujer femenina no expresa lo que la molesta, no pone límites, es complaciente, no toma decisiones, no trabaja ni se esfuerza y no tiene carácter.
Esto es lo que nos llevan metiendo en la cabeza desde por lo menos mayo del 68, aunque podemos mirar más atrás. La pregunta es, ¿es esto cierto?
Feminidad sin ideologías
Desde una mirada antropológica y psicológica, la feminidad es un conjunto de características, comportamientos y actitudes, asociadas tradicionalmente a las mujeres de la sociedad. En términos evolutivos y sociales, la feminidad incluye atributos como el cuidado, la sensibilidad, la intuición, la cooperación, el apoyo emocional, la estética y la receptividad. Todo ello permitió desarrollar la crianza y la cohesión grupal, que nos llevó a la convivencia y supervivencia como sociedad.
Y al igual que la feminidad tuvo, tiene y tendrá sus funciones en la sociedad, pasa lo mismo con la masculinidad, con sus particularidades necesarias.
Ambos conceptos son descriptivos, no son buenos ni malos. No son machistas ni nocivos. Si los entendiéramos como lo que son, arquetipos naturales y tendencias generales, no habría tanto problema. Simplemente son formas de organización social y expresiones humanas generadas naturalmente a lo largo de la historia, que permitieron la supervivencia del grupo y aportaron un orden, una complementariedad y un sentido de identidad a la vida social.
La masculinidad, con atributos como la provisión, la protección y el liderazgo, ha sido imprescindible históricamente para construir sociedades seguras. Mientras que, por otro lado, la feminidad facilitó la cohesión emocional en esas sociedades.
¿La Prehistoria es machista?
Desde el Paleolítico, hace más de 2 millones de años, las sociedades cazadoras-recolectoras ya tenían diferencias entre los hombres y mujeres. Entonces, ¿existía el patriarcado? ¿Esos grupos eran machistas?
La respuesta es que no. Simplemente por una cuestión de biología y adaptación evolutiva, cada sexo desarrolló habilidades especializadas que aumentaban las probabilidades de la supervivencia colectiva.
Existía y existe, una diferencia en la fuerza promedio, lo que hizo que los hombres se encargaran de actividades de caza, exploración territorial, fabricación de herramientas y protección del grupo frente a los depredadores. Mientras tanto, ya que las mujeres son las que tienen el don de crear vida, se dedicaban a la recolección de frutos, al cuidado de los niños, la preparación de los alimentos, la transmisión de la cultura y el mantenimiento de la cohesión del grupo.
Las mujeres no eran discriminadas, sino todo lo contrario. Eran altamente valoradas por su capacidad de ser madres y cuidar del linaje. No estaban oprimidas ni eran despreciadas, sino que se las valoraba por sus características innatas de mujer y diferentes a las de los hombres.
De esta manera, los hombres protegían a sus mujeres y niños, por ese instinto de preservación y supervivencia de la especie. El hecho de que las mujeres pudieran quedarse embarazadas, las otorgaba (y otorga) un valor evolutivo (matizo) incluso mayor al hombre, puesto que si había un hombre y diez mujeres, podrían nacer diez bebés, pero si había diez hombres y una mujer, solo habría un nuevo bebé. ¿Se entiende verdad?
¿Las mujeres somos víctimas?
Las mujeres somos el sexo débil y oprimido de la sociedad, mientras que los hombres son los opresores malvados que tienen el poder. Por ello, la mujer tenía que rebelarse contra ellos y ser aún más fuerte y agresiva. Sin embargo, las mujeres caímos en la trampa de perpetrar la idea de que ser mujer y nuestra feminidad innata son algo negativo e inferior, algo de lo que se debe renegar, aspirando a ser como el hombre, imitando sus actitudes.
¿La feminidad es llevar puesto un vestido?
Hoy en día hay mucha confusión, ya que por un lado el feminismo dice que la feminidad es debilidad, sumisión y pasividad; y por otro lado, hay mujeres que nos dicen que ser femenina es maquillarse, hacerse las uñas, llevar vestidos, ser consentida por los hombres y hablar con una voz dulce.
No es ni lo uno ni lo otro. Se ha tergiversado todo.
Una mujer puede ser disciplinada, entrenar su cuerpo, expresar lo que piensa y prosperar en su negocio, pero sin perder su esencia femenina. La mujer por naturaleza tiene una mayor empatía, lo que la lleva a cooperar más, una gran sensibilidad, creatividad y un don para lo estético. Si honra todo eso sin rechazarlo, estará actuando acorde a su naturaleza y equilibrio.
La clave de este asunto está en desde dónde se actúa, las formas con las que nos desenvolvemos. Por ejemplo, si una mujer se exige ser más fría y calculadora de lo que realmente es, está desconectándose de ella y de sus emociones, siendo incoherente por encajar en un modelo masculino, que supuestamente es el único valioso en la sociedad.
Muchas mujeres para entrar en ámbitos donde antes solo estaban hombres, cayeron en el error de despreciar sus características e imitarlos, orientándose únicamente al control y al dominio, compitiendo y dejando a un lado todo lo emocional.
Esto lo podemos comparar al hecho de que un hombre pueda estar presente en la crianza y educación de sus hijos, sin dejar de ser masculino, porque lo hace a su manera, sin intentar hacerlo como lo haría una madre, pues en eso reside la complementariedad, en aportar cada uno su estilo.
Cuando una mujer está todo el día enfocada en el logro, sin atender sus necesidades femeninas, se desconecta de su nutrición interna, lo que la lleva a fatiga, estrés, infertilidad o falta de deseo. Desgraciadamente, esos efectos son cada vez más comunes en mujeres que trabajan fuera del hogar, generándolas una gran confusión y sufrimiento, ya que no entienden por qué se sienten así.
¿Qué pasaría si se eliminase la feminidad?
Se nos vende que tendríamos una sociedad más libre e igualitaria si no existiesen estos constructos sociales que nos oprimen, pero no es así. La realidad es que en una sociedad donde se difuminan e incluso se llegan a eliminar conceptos como la feminidad y la masculinidad, se genera una desestructuración social, una sensación de confusión y un gran caos, ya que estos conceptos cumplen funciones antropológicas y psicológicas esenciales para el ser humano.
La pérdida de arquetipos de referencia y de la complementariedad de sexos, nos lleva a no tener un marco o camino claro que seguir. Nos perdemos, y hay una mayor dificultad a la hora de desarrollar nuestra personalidad, sobre todo en la infancia y adolescencia.
Por otro lado, existe una tensión en el ambiente. Cada vez hay más conflictos entre hombres y mujeres, lo cual dificulta la formación de relaciones de pareja sana. Esto se debe a ese discurso de odio entre sexos, donde se acusan los unos a los otros de ser los culpables de todos los males.
Cuando se reniega de la realidad de que hombres y mujeres nos necesitamos mutuamente y nos complementamos, caemos en competir por actuar de cierta forma y hacer ciertas cosas, lo que nos lleva a dejar de vernos como un equipo donde cada uno pone lo mejor de sí. Nos convertimos en rivales egoístas e individualistas, con una gran desconfianza que nos impide formar vínculos fuertes y sanos, los cuales son imprescindibles para formar familias y sociedades fuertes.
Lo que ocurre es que justo lo que no se quiere son personas unidas y fuertes que luchan contra las injusticias y lo que va mal. Se quiere una sociedad con amor líquido que sea más manipulable y dependiente de lo externo, cayendo en el consumismo exacerbado.
Actualmente en España se quitan la vida 4000 personas al año, de las cuales, son 1000 mujeres. Y un dato curioso es que las mujeres lo intentan mucho más que los hombres, solo que no llegan a dar ese paso finalmente. Esto es preocupante y deberíamos investigar qué pasa en nuestra sociedad para que haya tanta ansiedad, depresión y vacío existencial.
El verdadero poder femenino
Como dice María Calvo Charro en su libro «La mujer femenina»: “La mujer equilibrada es aquella que, sin renunciar a su parte materna (se realice materialmente o no), desea desarrollar también su vertiente personal, erótica, autónoma, femenina, profesional. Es la mujer que valora y se deja complementar por la masculinidad, sabiendo que la alteridad sexual es fundamento esencial para el equilibrio propio y de la descendencia.”
Hoy más que nunca, las mujeres jóvenes que creemos en la complementariedad de hombres y mujeres, y de la masculinidad y feminidad, tenemos que hacer una defensa de ello, mostrando discursos alternativos a los que nos venden desde la mayoría de medios.
Recuperemos ser un equipo. La unión hace la fuerza. Unámonos por una buena causa.





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