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Woman Essentia

La destrucción de la feminidad: una pérdida silenciosa

Andrea Payan por Andrea Payan
24 julio, 2025
en Opinamos
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Home Punto de vista Opinamos
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La feminidad es sinónimo de  debilidad y sumisión.  Una mujer femenina no expresa lo que la molesta, no pone límites, es complaciente, no toma decisiones, no trabaja ni se esfuerza y no tiene carácter.

Esto es lo que nos llevan metiendo en la cabeza desde por lo menos mayo del 68, aunque podemos mirar más atrás. La pregunta es,  ¿es esto cierto?

Feminidad sin ideologías

Desde una mirada antropológica y psicológica, la  feminidad  es un conjunto de características, comportamientos y actitudes, asociadas tradicionalmente a las mujeres de la sociedad. En términos evolutivos y sociales, la feminidad incluye atributos como el cuidado, la sensibilidad, la intuición, la cooperación, el apoyo emocional, la estética y la receptividad. Todo ello permitió desarrollar la crianza y la cohesión grupal, que nos llevó a la  convivencia y supervivencia  como sociedad.

Y al igual que la  feminidad  tuvo, tiene y tendrá sus funciones en la sociedad, pasa lo mismo con la  masculinidad,  con sus particularidades necesarias.

Ambos conceptos son descriptivos, no son buenos ni malos. No son machistas ni nocivos. Si los entendiéramos como lo que son, arquetipos naturales y tendencias generales, no habría tanto problema. Simplemente son  formas de organización social y expresiones humanas  generadas naturalmente a lo largo de la historia, que permitieron la supervivencia del grupo y aportaron un orden, una complementariedad y un sentido de identidad a la vida social.

La masculinidad, con atributos como  la provisión, la protección y el liderazgo,  ha sido imprescindible históricamente para construir sociedades seguras. Mientras que, por otro lado, la feminidad facilitó la  cohesión emocional  en esas sociedades.

¿La Prehistoria es machista?

Desde el Paleolítico, hace más de 2 millones de años, las sociedades cazadoras-recolectoras ya tenían  diferencias entre los hombres y mujeres.  Entonces, ¿existía el patriarcado? ¿Esos grupos eran machistas?

La respuesta es que no. Simplemente por una cuestión de biología y adaptación evolutiva, cada sexo desarrolló  habilidades especializadas  que aumentaban las probabilidades de la  supervivencia colectiva.

Existía y existe, una diferencia en la fuerza promedio, lo que hizo que los  hombres  se encargaran de actividades de caza, exploración territorial, fabricación de herramientas y protección del grupo frente a los depredadores. Mientras tanto, ya que las  mujeres  son las que tienen el don de crear vida, se dedicaban a la recolección de frutos, al cuidado de los niños, la preparación de los alimentos, la transmisión de la cultura y el mantenimiento de la cohesión del grupo.

Las mujeres no eran discriminadas, sino todo lo contrario. Eran  altamente valoradas  por su capacidad de ser madres y cuidar del linaje. No estaban oprimidas ni eran despreciadas, sino que se las valoraba por sus características innatas de mujer y diferentes a las de los hombres.

De esta manera, los hombres protegían a sus mujeres y niños, por ese instinto de preservación y supervivencia de la especie. El hecho de que las mujeres pudieran quedarse embarazadas, las otorgaba (y otorga) un valor evolutivo (matizo) incluso mayor al hombre, puesto que si había un hombre y diez mujeres, podrían nacer diez bebés, pero si había diez hombres y una mujer, solo habría un nuevo bebé. ¿Se entiende verdad?

¿Las mujeres somos víctimas?

Las mujeres somos el  sexo débil y oprimido de la sociedad,  mientras que los hombres son los opresores malvados que tienen el poder. Por ello, la mujer tenía que rebelarse contra ellos y ser aún más fuerte y agresiva. Sin embargo, las mujeres caímos en la trampa de perpetrar la idea de que ser mujer y nuestra feminidad innata son  algo negativo e inferior,  algo de lo que se debe renegar, aspirando a ser como el hombre, imitando sus actitudes.

La destrucción de la feminidad

¿La feminidad es llevar puesto un vestido?

Hoy en día hay mucha  confusión,  ya que por un lado el feminismo dice que la feminidad es debilidad, sumisión y pasividad; y por otro lado, hay mujeres que nos dicen que ser femenina es maquillarse, hacerse las uñas, llevar vestidos, ser consentida por los hombres y hablar con una voz dulce.

No es ni lo uno ni lo otro.  Se ha tergiversado todo.

Una mujer puede ser disciplinada, entrenar su cuerpo, expresar lo que piensa y prosperar en su negocio, pero sin perder su  esencia femenina.  La mujer por naturaleza tiene una mayor empatía, lo que la lleva a cooperar más, una gran sensibilidad, creatividad y un don para lo estético. Si honra todo eso sin rechazarlo, estará actuando acorde a su naturaleza y equilibrio.

La  clave  de este asunto está en  desde dónde se actúa,  las formas con las que nos desenvolvemos. Por ejemplo, si una mujer se exige ser más fría y calculadora de lo que realmente es, está desconectándose de ella y de sus emociones, siendo incoherente por encajar en un modelo masculino, que supuestamente es el único valioso en la sociedad.

Muchas mujeres para entrar en ámbitos donde antes solo estaban hombres, cayeron en el error de  despreciar sus características  e imitarlos, orientándose únicamente al control y al dominio, compitiendo y dejando a un lado todo lo emocional.

Esto lo podemos comparar al hecho de que un hombre pueda estar presente en la crianza y educación de sus hijos, sin dejar de ser masculino, porque lo hace a su manera, sin intentar hacerlo como lo haría una madre, pues en eso reside la  complementariedad,  en aportar cada uno su estilo.

Cuando una mujer está todo el día enfocada en el logro, sin atender sus necesidades femeninas, se desconecta de su nutrición interna, lo que la lleva a  fatiga, estrés, infertilidad o falta de deseo.  Desgraciadamente,  esos efectos son cada vez más comunes  en mujeres que trabajan fuera del hogar, generándolas una gran confusión y sufrimiento, ya que no entienden por qué se sienten así.

¿Qué pasaría si se eliminase la feminidad?

Se nos vende que tendríamos  una sociedad más libre e igualitaria  si no existiesen estos constructos sociales que nos oprimen, pero no es así. La realidad es que en una sociedad donde se difuminan e incluso se llegan a eliminar conceptos como la feminidad y la masculinidad, se genera una  desestructuración social,  una sensación de  confusión  y un gran  caos,  ya que estos conceptos cumplen funciones antropológicas y psicológicas esenciales para el ser humano.

La  pérdida de arquetipos de referencia y de la complementariedad de sexos,  nos lleva a no tener un marco o camino claro que seguir. Nos perdemos, y hay una mayor dificultad a la hora de desarrollar nuestra personalidad, sobre todo en la infancia y adolescencia.

Por otro lado, existe una  tensión en el ambiente.  Cada vez hay más conflictos entre hombres y mujeres, lo cual dificulta la formación de relaciones de pareja sana. Esto se debe a ese  discurso de odio  entre sexos, donde se acusan los unos a los otros de ser los culpables de todos los males.

Cuando se reniega de la realidad de que  hombres y mujeres nos necesitamos mutuamente  y nos complementamos, caemos en competir por actuar de cierta forma y hacer ciertas cosas, lo que nos lleva a dejar de vernos como un equipo donde cada uno pone lo mejor de sí. Nos convertimos en  rivales  egoístas e individualistas, con una gran desconfianza que nos impide formar vínculos fuertes y sanos, los cuales son imprescindibles para formar familias y sociedades fuertes.

Lo que ocurre es que justo lo que no se quiere son personas unidas y fuertes que luchan contra las injusticias y lo que va mal. Se quiere una sociedad con amor líquido que sea más manipulable y dependiente de lo externo, cayendo en el consumismo exacerbado.

Actualmente  en España se quitan la vida 4000 personas al año,  de las cuales, son 1000 mujeres. Y un dato curioso es que  las mujeres lo intentan mucho más que los hombres,  solo que no llegan a dar ese paso finalmente. Esto es preocupante y deberíamos investigar qué pasa en nuestra sociedad para que haya tanta ansiedad, depresión y vacío existencial.

El verdadero poder femenino

Como dice  María Calvo Charro  en su libro «La mujer femenina»: “La mujer equilibrada es aquella que, sin renunciar a su parte materna (se realice materialmente o no), desea desarrollar también su vertiente personal, erótica, autónoma, femenina, profesional. Es la mujer que valora y se deja complementar por la masculinidad, sabiendo que la alteridad sexual es fundamento esencial para el equilibrio propio y de la descendencia.”

Hoy más que nunca, las mujeres jóvenes que creemos en la complementariedad de hombres y mujeres, y de la masculinidad y feminidad, tenemos que hacer  una defensa de ello,  mostrando discursos alternativos a los que nos venden desde la mayoría de medios.

Recuperemos ser un equipo. La unión hace la fuerza. Unámonos por una buena causa.


 

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