Dicen que Bill Gates vaticina que los profesores dejarán de ser necesarios. Que la inteligencia artificial bastará para educar. Que el saber será gratuito, accesible, ubicuo. Tan perfecto… que da hasta miedo.
Yo, que algo he vivido, discrepo. Y no por nostalgia, sino por experiencia. Es, en parte, lo que tiene cumplir años. Como padre de cinco hijos que ya pasaron por las aulas. Como acompañante de cientos de universitarios en CampusHome. Como alguien que lleva decenios conociendo la universidad desde dentro. Como quien dedicó no pocos años y esfuerzos a políticas educativas.
Y me atrevo a decirlo con tranquilidad: la educación (incluso la enseñanza) necesita personas. No asistentes, no algoritmos, no máquinas bien entrenadas. Personas. Humanas. Por imperfectas que sean. Por cierto, también la IA lo es.
Un profesor no solo instruye: Acoge. Escucha. A veces, intuye lo que ni siquiera se ha dicho. Percibe lo que no aparece en los apuntes. Comprende lo que un gráfico no revela. Trabaja con la mirada… y desde el corazón. Acompaña. Forma.
¿Puede la IA corregir exámenes tipo test? Por supuesto. ¿Puede entender que ese alumno que antes sonreía ahora tiene otro ánimo? No. ¿Puede mirar a los ojos y preguntar “¿cómo estás?” con auténtica preocupación, con verdadero interés? Jamás.
Lo decía Camus en una carta a su maestro: sin su mano tendida, sin su ejemplo, sin su fe en él… nunca habría llegado donde llegó. Detrás de muchos logros personales hay un educador que creyó en ti cuando, a lo mejor, tú aún no lo hacías.
Hoy, en plena era del algoritmo, los estudiantes no necesitan solo datos, ni mero contenido. Necesitan referentes, mientras buscan el sentido de su vida. Y -aunque no lo digan siempre- valoran que alguien les dé su tiempo, atención, y hasta tire de ellos si hace falta. Eso no lo hace la IA. Eso solo lo hace alguien que educa de verdad.
La IA puede ayudar. Y mucho. Puede sugerir, corregir, apoyar, organizar. Pero educar es otra cosa. Es orientar, guiar, alimentar. Es sacar lo mejor del otro. Y eso, amigo lector, no lo hace un programa, lo hace un maestro.
Gates ve un futuro sin profesores. Yo, con todos mis errores, sigo creyendo que sin ellos, lo que habría sería otra cosa. Podremos llamarlo como queramos, pero ya no sería educación. Ni universidad.
Educar exige vínculo. Y no hay vínculo sin mirada, sin voz, sin corazón, sin humanidad.
Lo decía Churchill: “El problema de nuestra época es que sus hombres no quieren ser útiles, sino importantes”. Los buenos profesores no salen en los telediarios. Pero te pueden marcar tu vida. Te enseñan a pensar. A pensar por ti mismo. ¿Sustituibles? No lo fueron, no lo son… y no lo serán.
Estás muy errado, Bill. Sin hache, eso sí. Por si te sirve de consuelo, es humano.





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