Mientras en Europa se comercializan hiyabs infantiles como si fueran tiaras o disfraces, en países como Irán, Afganistán o Pakistán, las mujeres —e incluso niñas— arriesgan su vida por quitárselo.
En una época en la que la velocidad del consumo y la corrección política parecen dictar las reglas del debate público, la aparición de productos aparentemente “inocentes” puede revelar profundas grietas en nuestro sistema de valores. La reciente inclusión, por parte de la marca de moda rápida Shein, de hiyabs dirigidos a niñas de entre 2 y 14 años ha abierto una necesaria reflexión que nos obliga a mirar con lupa no solo el poder de las plataformas digitales, sino también el papel que estamos permitiendo que jueguen el mercado, la cultura y la religión en la vida de los más pequeños.
Vestir a una niña con un velo —más allá de su color, diseño o precio— no es un acto neutro. Supone transmitir un mensaje que, aunque pueda estar revestido de tradición o identidad, implica una concepción concreta del cuerpo femenino, del rol de la mujer y de la libertad individual. Cuando ese mensaje se dirige a una menor, que aún no ha formado su conciencia, lo que está en juego no es solo una prenda de vestir, sino la integridad de su desarrollo emocional, psicológico y espiritual.

Shein no es una marca inocente. Se ha convertido en un gigante del comercio digital con una estrategia agresiva: precios ínfimos, actualización constante del catálogo y una capacidad sin precedentes para detectar nichos de mercado. En este contexto, la incorporación del hiyab infantil no ha sido una casualidad, sino una estrategia consciente de diversificación hacia unas comunidades musulmanas cada vez más numerosas y visibles en el seno de nuestras ciudades, o al menos hacia un tipo de consumo que ve en lo religioso un nuevo filón comercial, incluso cuando éste entra en conflicto con los valores esenciales de nuestra sociedad occidental.
La controversia surgió cuando diversos medios señalaron que el sitio web de Shein ofrecía decenas de modelos de hiyabs para niñas, algunos de ellos de corte integral, a precios tan bajos como 2,50 euros. Las imágenes muestran niñas pequeñas, sonrientes, luciendo estos velos como si fueran parte de un conjunto de moda. En apariencia, todo parece inofensivo. Pero cuando miramos con profundidad, descubrimos que se ha cruzado una línea preocupante: la normalización de un símbolo cargado de connotaciones sociales, religiosas y políticas en la infancia.
La mujer no es objeto de ocultamiento, ni la niña una futura esposa que debe aprender desde pequeña a no mostrar su cabello.
¿Estamos ante una infancia instrumentalizada?
Este tipo de comercialización no ocurre en el vacío. Se inscribe en un mundo donde todo se puede vender, incluso los valores. Y donde la infancia, en lugar de ser protegida como un espacio de libertad y formación de la personalidad, se convierte en un campo de batalla ideológica, comercial y cultural.
La pregunta no es si hay demanda, sino si todo lo que se demanda es éticamente legítimo ofrecerlo. ¿Debe el mercado satisfacer cualquier deseo, incluso a costa de la dignidad del menor?
Más aún: cuando ese producto refleja costumbres que son abiertamente ajenas —e incluso contrarias— a la visión del ser humano que sustenta nuestra cultura occidental, debemos preguntarnos si estamos realmente promoviendo la convivencia o si estamos renunciando paulatinamente a nuestros principios fundacionales. Porque en Europa, en España, la mujer no es objeto de ocultamiento, ni la niña una futura esposa que debe aprender desde pequeña a no mostrar su cabello.
¿Qué dice la tradición islámica?
En la tradición islámica, el uso del hiyab se prescribe —en su interpretación más extendida— a partir de la pubertad, cuando la niña es considerada jurídicamente mujer. Antes de ese momento, no existe una obligación religiosa que imponga el velo. Por tanto, vestir a una niña de tres, cinco o siete años con un hiyab no responde a un mandato religioso ineludible, sino a presiones culturales o familiares, decisiones de imitación, o lo que es peor: una pedagogía de sumisión.
Los especialistas en pedagogía y psicología infantil coinciden en que la infancia es un periodo de consolidación de la personalidad, de desarrollo del juicio moral, de apertura al mundo desde la confianza, la curiosidad y la libertad. Introducir en esta etapa tan temprana elementos simbólicos que condicionan el cuerpo, la conducta y la imagen social de la niña puede interferir gravemente en su proceso de maduración.
El hiyab, como símbolo de ocultamiento de la feminidad, implica que el cuerpo de una niña ya es susceptible de provocar, de ser mirado con deseo o de ser juzgado.
Es más: el hiyab, como símbolo de ocultamiento de la feminidad, asume una carga de sexualización precoz cuando se aplica a menores. Implica que el cuerpo de una niña ya es susceptible de provocar, de ser mirado con deseo o de ser juzgado. ¿Qué clase de mensaje estamos transmitiendo cuando asumimos que una niña pequeña debe tener vergüenza o conciencia moral sobre la exposición de su cabello?
¿Una falsa tolerancia, adaptarse significa ceder?
A menudo, quienes defienden la venta y el uso del hiyab infantil apelan al respeto cultural o a la tolerancia religiosa. Pero no hay verdadera tolerancia donde se acepta sin crítica prácticas que chocan frontalmente con la dignidad humana. Porque no todas las culturas son equivalentes ni todas las costumbres merecen ser protegidas en nombre del multiculturalismo.
Desde Woman Essentia sostenemos con claridad: quien llega a Europa debe adaptarse a los principios fundamentales que sustentan nuestras sociedades, y no al revés. Y entre esos principios está la igualdad entre hombres y mujeres, la protección de la infancia, y la libertad de conciencia individual. No se trata de imponer, sino de defender los pilares que han hecho de Europa un espacio de derechos y libertades.
La convivencia no puede construirse sobre el silencio cómplice de quienes, por miedo a ser tachados de intolerantes, callan ante imposiciones culturales que no tienen cabida en una sociedad libre. Porque lo que hoy se presenta como una «opción» para niñas, mañana puede ser una obligación disfrazada de tradición.
¿Y el deber ético de las empresas?
Frente a esta realidad, las grandes plataformas de comercio electrónico no pueden esconderse tras la neutralidad del mercado. Shein, Amazon o AliExpress tienen una responsabilidad social que va más allá de sus balances contables. No se trata solo de “responder a la demanda”, sino de hacerlo con criterios éticos que respeten la dignidad de los menores.
Ni todas las culturas son equivalentes ni todas las costumbres merecen ser protegidas en nombre del multiculturalismo.
No es aceptable que las mismas plataformas que retiran productos por promover violencia, odio o sexualización, mantengan en sus catálogos artículos que naturalizan la sumisión de la niña desde la cuna. El hiyab infantil no es una prenda cualquiera: es una declaración cultural e ideológica que no corresponde a nuestra civilización.
Europa y el velo: ¿una contradicción asumida?
En los últimos años, el debate sobre el uso del hiyab en espacios públicos ha llegado a los parlamentos. En España, una reciente propuesta legislativa busca prohibir el velo en las aulas y el burka en espacios públicos, como símbolo de desigualdad estructural y negación de la mujer como sujeto libre.
En Francia, el laicismo del Estado ha llevado desde 2004 a prohibir cualquier símbolo religioso ostensible en las escuelas públicas, una medida que, aunque discutida, ha protegido a muchas niñas de la presión familiar o comunitaria para adoptar un código de vestimenta que no han elegido.
No se trata de perseguir creencias, sino de establecer un marco claro de convivencia basado en los valores comunes de libertad, igualdad y respeto mutuo. Y cuando los derechos colisionan, el más vulnerable debe ser protegido. En este caso, la menor.
Mientras unas luchan por quitárselo…
Quizá la mayor paradoja de esta historia es que, mientras en Europa se comercializan hiyabs infantiles como si fueran tiaras o disfraces, en países como Irán, Afganistán o Pakistán, las mujeres —e incluso niñas— arriesgan su vida por quitárselo. La muerte de Mahsa Amini, en 2022, por no llevar el hiyab correctamente, marcó un punto de inflexión. Miles de jóvenes quemaron públicamente sus velos como símbolo de resistencia y anhelo de libertad.
¿Puede considerarse símbolo de empoderamiento algo que tantas mujeres asocian con miedo, castigo y sumisión?
¿Puede considerarse símbolo de empoderamiento algo que tantas mujeres asocian con miedo, castigo y sumisión? ¿Queremos realmente para nuestras hijas aquello contra lo que tantas mujeres están luchando con valentía en otras latitudes?
Reflexión final: recuperar el sentido común, defender lo nuestro
En Woman Essentia defendemos con convicción que la infancia es un terreno sagrado. No puede ni debe ser utilizada como instrumento ideológico, ni comercializada como si no tuviera valor intrínseco. Vestir a una niña con velo islámico no es un gesto superficial. Es una renuncia anticipada a su libertad, a su igualdad y a su derecho a elegir su camino.
Defender el derecho de las niñas a crecer sin imposiciones anticipadas no es intolerancia, sino coherencia con los principios de nuestra civilización occidental. Una civilización que, con todos sus errores, ha construido sociedades donde la mujer es libre, la niña es respetada y la persona es inviolable en su dignidad.
Frente al avance silencioso de costumbres ajenas a estos valores, debemos recuperar el sentido común. Porque no todo lo que se presenta como diversidad merece ser celebrado. Hay diferencias que enriquecen, pero también hay diferencias que esclavizan. Y cuando estas últimas se cuelan en el mundo infantil, la respuesta no puede ser la pasividad.
Que ninguna niña se vea reducida a estandarte cultural. Que ninguna infancia se oculte bajo un velo que no ha pedido. Que ninguna sociedad renuncie a su alma por miedo a parecer intolerante.





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