No sabemos porqué Dios hace las cosas como las hace. Hoy, cuando seguimos celebrando la Pascua de Resurrección del Señor, la esperanza en la otra vida nos trae la noticia de la muerte del Papa Francisco, sabiendo que por fin estará en la vida para la cual nacemos, viendo el rostro del Señor.
Mateo hoy nos cuenta que las mujeres se marcharon a toda prisa del sepulcro, llenas de una mezcla de miedo y de alegría corrieron a anunciar a los discípulos la noticia que les había dado el ángel y, aunque al principio se preguntaran si alguien se había llevado el cuerpo, creyeron la buena nueva sin dudar. ¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?, es la pregunta del ángel que nos recuerda que esta vida es solo un paso y, aunque el anuncio de una muerte suele traer tristeza, el “Alegraos” de Jesús a las mujeres nos invita a confiar en estos momentos que suelen ser de incertidumbre. Pero Jesús les dio claras instrucciones: “No temáis; id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea, allí me verán”.
Anunciar el Evangelio es el mandato de Jesús, la pasividad no existe, Jesús siempre pide más, porque dio más y siempre sigue dándonos más, como el Papa Francisco quiso estar ayer en la Vigilia a pesar de su fragilidad. Quien se encuentra con Jesús resucitado no se queda quieto, su corazón se llena de alegría y tiene que salir a proclamar su descubrimiento. La petición de Jesús se revela dentro del corazón sin darnos cuenta cuando le descubres.
¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?, es la pregunta del ángel que nos recuerda que esta vida es solo un paso y, aunque el anuncio de una muerte suele traer tristeza, el “Alegraos” de Jesús a las mujeres nos invita a confiar en estos momentos que suelen ser de incertidumbre.
Y mientras unos prefieren cobrar y guardar silencio como hicieron algunos de la guardia romana ante el sepulcro vacío, yendo corriendo a contar lo sucedido a los sumos sacerdotes para sacar rédito, otros prefieren seguir negando la evidencia, ganando un tiempo que pierden a la par. Que si robaron el cuerpo, que si ha resucitado. Hoy, igual que ayer, unos y otros vuelven a hacer lo mismo, y las opiniones sobre Francisco ocupan todas las portadas del día, que mañana se colmarán de posibles papables. Pero Francisco, riéndose de nosotros desde allá arriba, ya está viendo la cara del Padre, y seguro divagando con su acento argentino o contando chistes malos.
Ha elegido un bonito día para cambiar de residencia, en la Pascua que hoy seguimos celebrando y que el uso del whatsapp nos recuerda desde ayer. Esta nueva herramienta ha traído una cercanía que antes no existía, por lo menos algo bueno le podemos reconocer. No recuerdo recibir tantas felicitaciones por Pascua como en los últimos años, y supongo que también tiene que ver con ello la cantidad de frutos de los nuevos movimientos que traen savia nueva a la espiritualidad perdida en los últimos años. Celebraciones de la Vigilia Pascual multitudinarias, bautismos y nuevas conversiones nos recuerdan la necesidad que tenemos todos de esperanza, de beber de la fuente de agua viva, de volver a nuestras raíces y de celebrar con alegría la Pascua de Resurrección, que nos recuerda que podremos beber algún día de esa fuente que no se agota. Mientras, en nuestro caminar, nos encontramos con un Jesús que renuncia a toda su gloria y majestad haciéndose pequeñito, tan pequeño como un trazo de pan, gracias a un gran milagro de amor, para quedarse con nosotros.

El Papa Francisco se caracterizó, entre otras cosas más o menos acertadas, por destacar el papel de la mujer en la Iglesia, aunque no hacía mucha falta recordarlo, puesto que basta leer los evangelios para saber que Dios eligió a una mujer para ser la madre de su hijo, y a varias para ser las primeras en verle resucitado. En la vida terrena y en sus primeros pasos sobrenaturales, Jesús se acompañó de mujeres. En un momento histórico en que el testimonio de la mujer no tenía valor, eligió a las mujeres precisamente para que dieran testimonio de su resurrección. ¿Quién habría hecho eso en su sano juicio en esa época? Solo quien es la verdad y no teme a la mentira, quien no necesita quedar bien ante nadie, puede actuar así. Tal día como hoy, hace ya siglos, Jesús pide a las mujeres que vayan a avisar al resto de “que se dirijan a Galilea y allí verán”. Y esos hombres, brutos, sin estudios y sin muchos modales seguro, las creyeron, creyeron a las mujeres, y fueron. Y allí vieron la sorpresa que se les ha anticipado ya a ellas como recompensa por su celo, por su amor, por su “querer” atender al Señor hasta el final, estando al pie de la cruz. Ese «genio», la esencia femenina impregnada en el corazón de la mujer que la hace ser así y darse a los demás como nos recordaba en su día San Juan Pablo II en la carta a las mujeres, y que si dejamos que nos la roben, no solo perderemos nosotras, sino que perderá el mundo.
En la vida terrena y en sus primeros pasos sobrenaturales, Jesús se acompañó de mujeres. En un momento histórico en que el testimonio de la mujer no tenía valor, eligió a las mujeres precisamente para que dieran testimonio de su resurrección. ¿Quién habría hecho eso en su sano juicio en esa época? Solo quien es la verdad y no teme a la mentira, quien no necesita quedar bien ante nadie, puede actuar así.
Ofrezcan los cristianos
ofrendas de alabanza
a gloria de la Víctima
propicia de la Pascua.
Cordero sin pecado
que a las ovejas salva,
a Dios y a los culpables
unió con nueva alianza.
Lucharon vida y muerte
en singular batalla
y, muerto el que es la Vida,
triunfante se levanta.
¿Qué has visto de camino,
María, en la mañana?
A mi Señor glorioso,
la tumba abandonada,
los ángeles testigos,
sudarios y mortaja.
¡Resucitó de veras
mi amor y mi esperanza!
Venid a Galilea,
allí el Señor aguarda;
allí veréis los suyos
la gloria de la Pascua.
Primicia de los muertos,
sabemos por tu gracia
que estás resucitado;
la muerte en ti no manda.
Rey vencedor, apiádate
de la miseria humana
y da a tus fieles parte
en tu victoria santa.




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