En un video publicado en Youtube el 23 de Septiembre pasado titulado “La verdad que quieren ocultar: cristianos masacrados en Nigeria”, el Dr Pablo Muñoz Iturrieta comenta una nota dada a conocer por Aciprensa el 18 de Agosto de este año.

Estos son algunos de los conceptos que nos comunica la nota antedicha:
“En los primeros siete meses de 2025, grupos yihadistas mataron a 7.087 cristianos en distintas partes de Nigeria, reveló un nuevo informe de la International Society for Civil Liberties and Rule of Law (Intersociety).
“La brutal masacre de unos 7,087 cristianos… se traduce también en un promedio de 30 muertes de cristianos por día y más de una por hora”.
Según el documento publicado el domingo 10 de agosto, otras 7.800 personas en este país de África Occidental fueron “violentamente secuestradas” por ser cristianas en el mismo periodo.
La organización denuncia que el aumento de las masacres contra cristianos indefensos se debe al incremento de grupos terroristas islámicos que, desde 2017, han entrado en Nigeria sin control.
Estos grupos actúan bajo el mando de pastores fulani yihadistas, conocidos por atacar comunidades agrícolas de mayoría cristiana, así como de la Alianza para la Yihad en Nigeria, creada en junio de 2020 en el estado de Níger.
En total, el informe estima que Nigeria alberga al menos 22 grupos terroristas islámicos que buscan “aniquilar el cristianismo, destruir la herencia cultural indígena e imponer un sultanato en Nigeria para 2075”.
Intersociety pide a Estados Unidos, la Unión Europea, Reino Unido y Canadá no solo designar a Nigeria y a los pastores fulani yihadistas como “entidades de especial preocupación”, sino también prohibir la entrada a sus países a los líderes religiosos y políticos que respaldan a estas milicias.
Iturrieta ofrece una visión sobre la estrategia geopolítica que subyace a esta realidad. Según explica, ciertos países occidentales, corporaciones, grupos petroleros y empresas mineras utilizan y financian a organizaciones terroristas, proveyéndolas de armas y recursos para que tomen el control de territorios. De este modo, las compañías evitan pagar las regalías que corresponderían si esos territorios permanecieran bajo control estatal. En otras palabras, resulta más rentable financiar a grupos armados que desplacen a las comunidades locales y allanen el camino para la explotación de los recursos naturales.
Nigeria alberga al menos 22 grupos terroristas islámicos que buscan aniquilar el cristianismo, destruir la herencia cultural indígena e imponer un sultanato para 2075.
Nigeria es un ejemplo paradigmático: uno de los países con mayor presencia de empresas petroleras en el mundo y, al mismo tiempo, escenario de masacres que se repiten una y otra vez. Comunidades enteras han sido arrasadas, aldeas borradas del mapa y familias cristianas perseguidas sin importar su ubicación.
Esta tragedia no se limita a Nigeria. Se repite en numerosos países africanos, donde los mismos grupos yihadistas avanzan con total impunidad en una campaña sistemática de persecución que se extiende por todo el continente. Todo ello ocurre frente al silencio —e incluso la complicidad— de la comunidad internacional, que en muchos casos también financia y arma a estos grupos con el objetivo de desestabilizar gobiernos.
El Estado, que debería proteger a su pueblo, termina convirtiéndose en su verdugo. Es un verdadero genocidio.
Iturrieta se pregunta: ¿dónde están los organismos internacionales que aseguran defender los derechos humanos? ¿Dónde está la Oficina para el Comisionado de la Libertad Religiosa de las Naciones Unidas o las ONG que marchan en Europa y América por diversas causas? ¿Por qué la vida de estas personas parece valer menos solo por el hecho de ser cristianos? ¿Qué ocurriría si las víctimas fueran miembros de una sinagoga o de una comunidad musulmana? ¿Acaso un genocidio de esta magnitud no merece siquiera una portada en los grandes medios internacionales? ¿Cómo puede el mundo permanecer en silencio ante semejante horror? Lo que está en juego no es solo una cuestión política o geográfica: es el derecho fundamental de todo cristiano a profesar libremente su fe.
El silencio y la indiferencia ante esta tragedia son, en sí mismos, una forma de complicidad. No basta con condenar de palabra; la defensa de la dignidad humana exige coherencia y acción. Si la comunidad internacional continúa mirando hacia otro lado, no solo se condena a estas víctimas al olvido, sino que también se erosiona el principio más básico de la civilización: el valor universal de la vida humana y la libertad de creer.




¿Qué te pareció este artículo? Deja tu opinión: