Llevamos meses despertándonos con los mismos titulares: comisiones o mordidas pestilentes, plazas a dedo para “amigas” (que luego no van al trabajo), blanqueamiento de delincuentes, prostitución a la carta y con dinero público, amnistías a cambio de votos… Y mentiras, muchas mentiras, disfrazadas de cambios de opinión. Y luego, eso sí, siempre grandes planes de reforma… educativa.
Desde mi actual responsabilidad profesional, en la que convivo con universitarios que aún creen que el esfuerzo merece la pena, desde mi anterior condición de consejero de Educación de Navarra, uno se pregunta: ¿qué aprende un chico de 15 años cuando ve que mentir no solo sale gratis, sino que suma puntos si lo haces mínimamente bien?, ¿qué piensa una estudiante brillante cuando comprueba que el carnet político adecuado hace palidecer cualquier currículum?, ¿qué mensaje reciben las familias cuando el mérito se sustituye por la mordida o el enchufe?
Educar no es subir un powerpoint a la nube; es mostrar, con hechos, que la ley se respeta, que la palabra se cumple y que la trampa no se tolera. Lo decía Schweitzer: “El único modo de influir es el ejemplo”. Si quienes legislan se saltan el semáforo en rojo con una sonrisa (cuando no carcajada), ¿cómo exigir a los demás que esperen la luz verde? ¿qué legitimidad tienen las multas a los ciudadanos de a pie?
La corrupción descapitaliza algo más que las arcas públicas (o sea, el dinero de todos): mina la confianza cívica y erosiona la idea de bien común. Y sin ese sustrato moral, la mejor ley se queda en un mero PDF.

¿Qué hacer? Volver a lo esencial. Primera línea de resistencia: el hogar. Segunda: la escuela. Tercera: la calle, la residencia universitaria, el trabajo, y hasta el bar. ¡No te calles! ¡Sé coherente! Quien tenga adolescentes cerca lo sabe: observan con lupa; calibran cada incongruencia. Si ven coherencia, emulan. Si detectan farsa, descartan. Nuestros hijos nos escuchan por los ojos.
Por eso resulta urgente que los “referentes” sean decentes. Que la política recupere la categoría de servicio y se desprenda de la lógica del botín. Que los dirigentes acepten que la ejemplaridad no es un adorno, sino su primer mandato. Algunas palabras -rectificación, rendición de cuentas, dimisión cuando toca- no están pasadas de moda; simplemente han salido poco en las ruedas de prensa… y en la realidad.
Mientras tanto, sigamos educando desde allá donde podamos. Con pequeños actos de coherencia, honestidad, puntualidad, trabajo bien hecho. Sin afán de titulares. La esperanza crece en silencio; como la decencia.
Y, aunque suene ingenuo, recordemos a los que mandan un detalle gramatical: “asumir responsabilidades” debería derivarse de ser “responsable” (político o no). Lo demás son cuentos.




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