En este tiempo precioso de Cuaresma, os invito a ejercitarnos en un ayuno cada vez más necesario: el ayuno de la murmuración y la abstinencia del chisme, renunciando a las críticas destructivas. Jesús en el Evangelio denuncia las críticas fáciles y las murmuraciones malintencionadas de los fariseos.
El mes de febrero nos advierte de la llegada de la Cuaresma. Hoy miércoles 18, recibiremos la Ceniza en nuestra frente y se nos recordará: “conviértete y cree en el Evangelio”. Los textos litúrgicos y la austeridad que debe adornar la celebración nos muestran que comenzamos un tiempo penitencial por excelencia.
Cuaresma nos invita a centrarnos en lo esencial, partiendo de una pregunta capital: ¿Cómo va mi vida de fe? Cuaresma nos impulsa a renovar un deseo de conversión, que siempre hay que aquilatar: ¿Qué debo cambiar en mí para que mi vida agrade más a Dios? Tradicionalmente, hay tres prácticas que se recomiendan incrementar en Cuaresma: la oración, la limosna y el sacrificio en forma de ayuno.
La oración y la limosna tienen una actualidad incuestionable, que superan el paso del tiempo y de las modas: hay que orar siempre y en todo lugar, y siempre hay pobres que nos tienden su mano esperando una misericordia. Pero ¿y el ayuno? ¿Tiene actualidad y sigue vigente entre la moda terapéutica del “ayuno intermitente” y el “culto a la dieta” que favorece un cuerpo más estilizado? Os propongo meditar una forma de “ayuno pecuafwesgrdtyuliar”, muy necesario en los tiempos que corren. Esta reflexión me la ha sugerido la lectura de un libro de un buen amigo.

Quien se siente cautivado por el deseo de progresar en su vida espiritual gusta del silencio. El mismo Jesús lo buscó, retirándose con frecuencia al monte a orar a solas. El silencio es el espacio en el que Dios habla y nos invita a dialogar con él. El silencio es la antesala de la escucha: sólo puede escuchar a Dios quien guarda silencio en su interior. No se trata de un silencio que “corta el ambiente”, sino de un silencio que invita a la escucha porque deja la iniciativa al otro: en concreto, a Dios que quiere hablarme. Si perdemos el silencio, obstruimos nuestra comunicación con Dios. Santa Teresa nos dejó una hermosa definición de oración: “tratar de amistad, estando muchas veces a solas con quien sabemos que nos ama”. El trato de amistad, requiere el diálogo. Y el diálogo se alimenta no sólo de palabras sino de silencios que provocan la escucha. Hoy, vivimos un exceso de palabras y un déficit de silencio y escucha.
Cuaresma nos invita a centrarnos en lo esencial, partiendo de una pregunta capital: ¿Cómo va mi vida de fe? Cuaresma nos impulsa a renovar un deseo de conversión, que siempre hay que aquilatar: ¿Qué debo cambiar en mí para que mi vida agrade más a Dios?
Cuando la palabra no brota del silencio y la escucha, se convierte en palabra hueca que emite sonidos, pero no trasmite mensaje. Y se hace propensa a convertirse en palabra dañina para el otro: es el caso de la murmuración y el chisme. En este tiempo precioso de Cuaresma, os invito a ejercitarnos en un ayuno cada vez más necesario: el ayuno de la murmuración y la abstinencia del chisme, renunciando a las críticas destructivas. Jesús en el Evangelio denuncia las críticas fáciles y las murmuraciones malintencionadas de los fariseos.
El papa Francisco nos dejó una sugerente reflexión sobre la murmuración y el chisme, comentando la carta del apóstol Santiago: «La carta del apóstol Santiago nos define el pecado de la lengua, comúnmente llamado “chisme”: Todos faltamos a menudo. Si alguien no falta en el hablar, ese es un hombre perfecto, capaz de controlar también todo el cuerpo… Lo mismo pasa con la lengua: es un órgano pequeño, pero alardea de grandeza. Mirad, una chispa puede incendiar un bosque. También la lengua es fuego, un mundo de iniquidad; entre nuestros miembros, la lengua es la que contamina a la persona entera… de la misma boca sale bendición y maldición… Eso no puede ser así, hermanos míos. El apóstol nos invita a ser lentos para hablar y prontos para escuchar. Se trata de ejercer lo que podríamos llamar “ayuno de la murmuración y el chisme”. Y, a la vez, practicar “la misericordia de la lengua”. Y ¿cómo hacerlo?
San Felipe Neri, contaba una anécdota de confesionario: «Una señora que tenía envidia de otra persona levanta una calumnia contra ella; cuando esta persona se da cuenta del daño que está haciendo, va a confesar; el sacerdote (que era san Felipe Neri) al escucharla, le pone este ejemplo: “coge una gallina y por el camino la vas desplumando; al final del camino, te das la vuelta e intentas recoger todas las plumas que has ido tirando por el camino”. Ella le contesta: “esto es imposible, el viento se la lleva”. Y él le contesta: “lo mismo pasa con las calumnias y los chismorreos: que cuando quieres repararlos ya no se puede, es demasiado tarde”. Este es el gran daño del chisme. El enemigo más grande y destructivo dentro de la Iglesia de Jesucristo es el chisme y la murmuración».
Es fácil desplumar… ¡Qué difícil es revestir de nuevo las plumas! Con facilidad criticamos y murmuramos… ¡Cuánto nos retener una opinión no aquilatada suficientemente, desmentir un bulo, rectificar una opinión falsa, restituir una fama dañada!
En esta Cuaresma os invito a cultivar el silencio interior, deteniendo las pantallas y los mensajes reiterativos, para intensificar el diálogo amable de la oración, ejercitándonos más en la escucha de Dios que en mi hablar; a practicar la limosna de romper la soledad de tantas personas que simplemente, en vez de poner la mano extendida, abren aún más los ojos suplicando quien los escuche; y ejercitarnos en el “ayuno de la murmuración y el chisme”.
Escuchemos el consejo de san Pablo a los efesios: “Malas palabras no salgan de vuestra boca; lo que digáis sea bueno, constructivo y oportuno, así hará bien a los que lo oyen. No entristezcáis al Espíritu Santo de Dios con que él os ha sellado para el día de la liberación final. Desterrad de vosotros la amargura, la ira, los enfados e insultos y toda maldad. Sed buenos, comprensivos, perdonándoos unos a otros como Dios os perdonó en Cristo” (Ef 4,29-32).
Buena Cuaresma, con la mirada puesta en la Pascua de Resurrección.




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