El tema de la felicidad es un tema recurrente ya que es una de las aspiraciones permanentes del hombre desde que existe. Fue una preocupación de los clásicos y sigue siendo una preocupación actual, especialmente en un mundo en que la tasa de suicidios ha aumentado de forma exponencial en los últimos años reflejando que el hombre no sabe buscar la felicidad, y en ese fracaso, la consecuencia es el daño que repercute en jóvenes y adolescentes.

Para el profesor de filosofía de la Universidad de Harvard Adam Adatto Sandel , hijo del famoso Michael Sandel, la felicidad es una forma de ser, y en concreto, una forma de ser en acción.
«Ser feliz, en el sentido más profundo, es estar involucrado en una actividad que habla de una narrativa personal, una historia que cohesiona y da dirección a la vida de uno, pero que también está inacabada y en proceso de ser aclarada a través de encuentros con lo difícil e inesperado. La actividad más significativa, en este sentido, puede implicar dificultades y luchas. A medida que nos dedicamos a ello, podemos sentirnos estresados o perturbados. Y, sin embargo, paradójicamente, podemos ser felices». (La felicidad en acción, Debate, 2024)
El próximo fin de semana tendrá lugar un Encuentro en Madrid, es tan interesante el panel de charlas que no hemos podido evitar reproducir a continuación el lema completo de la 21ª edición de Encuentro Madrid y a través de una línea de charlas y actividades, se tratará de mostrar la belleza de la vida, incluso y especialmente, en la adversidad, porque la vida es una secuencia de situaciones que debemos afrontar, encarar, y vivir…
«Estoy vivo —creo— sentado a la sombra de un fortín, mientras pelo un pomelo. Hoy estoy vivo aún y creo que la trama de la vida es preciosa». Takashi Nagai, médico japonés que sobrevivió a la bomba atómica en Nagasaki, protagonista de una exposición en la pasada edición de Encuentro Madrid, dice estas palabras mientras comparte un pomelo con un soldado enemigo al que han hecho prisionero, en mitad del campo de batalla. El pomelo, dice, «tenía el sabor de una fuente de vida»
¿Cómo podía ser «preciosa» la trama de la vida en medio de una guerra cruel que puso de manifiesto la peor cara de la humanidad?
¿Cómo podía ser «preciosa» la trama de la vida en medio de una guerra cruel que puso de manifiesto la peor cara de la humanidad? ¿Cómo puede ahora ser preciosa en medio de conflictos bélicos (Ucrania, Oriente Medio, África…), de situaciones de violencia e inestabilidad extremas, de incertidumbre general en un mundo donde se tambalean los pilares de la civilización? Nagai no es un ingenuo que no haya conocido el mal, ni un esteta que escapa del horror del mundo volviendo la cabeza hacia otro lado o creando mundos ficticios en su imaginación. Al contrario, su mirada atraviesa, como una flecha, la apariencia sórdida para llegar al corazón de la existencia, a esa fuente de la vida cuyo sabor disfruta en medio del dolor extremo.
Nosotros, occidentales, que hemos gastado nuestra vida luchando por los derechos hasta creernos con derecho a renegar de la vida, estamos muchas veces lejos de entender esta afirmación. Somos protagonistas activos o víctimas pasivas de un cambio antropológico que ha alterado la mirada original sobre la realidad, que nos ha vuelto miopes a la positividad radical de la vida y sordos a la promesa de plenitud que es nuestra naturaleza más profunda. Por eso, cada vez toleramos menos el fracaso, la frustración, la derrota, el dolor… Y creamos mundos perfectos, alejados de la realidad, escapes tecnológicos y multiversos que nos prometen una ficticia seguridad emocional.
Sin embargo, seguimos conmoviéndonos con la sonrisa de un recién nacido, con la belleza del atardecer; nos sigue impresionando, cuando somos capaces de alzar la mirada, la inmensa profundidad de un cielo estrellado y, en definitiva, toda belleza que no sabemos explicar. Porque la capacidad de asombro que muestra Nagai es innata a todos los hombres, por muy acallada que esté. No se trata de censurar el sufrimiento o de negar la maldad, sino de situarlos en una mirada más grande, más atenta a todos los factores, a todas las preguntas sin responder.
Necesitamos recuperar esta relación original con la realidad, y solo lo haremos si estamos dispuestos a salir de nuestra burbuja y mirar más allá de las apariencias. Como dice la poeta rusa Olga Sedakova:
«Lo que nosotros llamamos felicidad no es un mero placer, no es el simple confort, sino un estado mucho más vital y vibrante que, en ocasiones, se expresa paradójicamente a través de las lágrimas y que está relacionado con el olvido de sí mismo, con el traspasar las propias fronteras, con el encuentro con algo que es infinitamente más grande, totalmente nuevo».

Necesitamos una mirada que no sucumba ante el torrente de mal o ante el cinismo que nos envuelve, que nos recuerde la felicidad para la que estamos hechos y nos muestre un camino para crecer. El cristianismo ha introducido en la historia esta mirada, dando lugar a la cultura del bien, de la acogida, de la libertad ante el poder, del cuidado de los débiles por su valor infinito. En su vigesimoprimera edición, EncuentroMadrid quiere volver a ser esta ventana abierta al mundo, a la felicidad. Queremos medirnos con todo lo que está pasando con esta mirada que nos permita recuperar el gusto del pomelo y afirmar, con Takashi Nagai, sin negar nada de la realidad, que «la trama de la vida es preciosa».




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