En las crisis, romper no es siempre la única salida. La experta en procesos de separación con hijos Isabel Gómez-Alba aborda qué ocurre en las parejas que, en lugar de separarse, intentan replantear el vínculo y seguir adelante sin perder de vista el bienestar familiar
La ruptura suele aparecer como una posibilidad cuando una relación atraviesa un periodo difícil. Pero no siempre es la opción que se toma. En algunas parejas, la decisión pasa por frenar, revisar lo que ocurre y replantear cómo continuar la historia compartida de una forma que todavía tenga sentido para ambos.
En ese punto, también se plantean si merece la pena apostar por el proyecto común, si queda amor sobre el que poder apoyarse y si existe un compromiso real para sostener lo que han construido, incluso en los momentos de desgaste. No solo por el contexto, sino por la voluntad de seguir cuidando la relación y lo que todavía comparten.
Cuando hay hijos, y más aún si presentan necesidades específicas, separarse puede implicar mucho más que una decisión emocional. Aunque el vínculo de la pareja sigue siendo central en la decisión, también entran en juego la reorganización de los cuidados, la vivienda, las rutinas o la economía, factores que añaden complejidad y pueden influir en cómo se valora la situación.
No solo por el contexto, sino por la voluntad de seguir cuidando la relación y lo que todavía comparten.
Quedarse, en estos casos, no responde a una única causa. Tampoco implica que la vida en pareja funcione sin dificultades, sino que el distanciamiento puede introducir nuevos problemas en la organización cotidiana.
Las razones para seguir son diversas. En algunos casos hay una intención de recuperar la conexión; en otros, de encontrar una forma de convivencia más estable. En ese proceso, entran en juego otros factores además de la relación entre ambos, como las dinámicas familiares o la implicación de los adultos para que pueda mantenerse en el tiempo de forma real.
El impacto de una ruptura en los hijos no depende solo de la separación. Para muchos niños, la idea de que sus padres dejen de estar juntos también supone un cambio difícil de procesar, especialmente cuando el conflicto se prolonga o se gestiona mal. En una revisión publicada en Papeles del Psicólogo (2010), la psicóloga Mila Arch Marin recoge que la exposición de los menores al conflicto interparental es uno de los factores más estresantes y se asocia a un mayor riesgo de desajuste emocional y conductual.

El psiquiatra infanto-juvenil Pedro Castells Cuixart advierte en Pediatría Integral de que las separaciones contenciosas y la virulencia entre los progenitores pueden situar al niño en una posición de especial vulnerabilidad y repercutir en su estado psicoemocional.
Décadas atrás, Judith Wallerstein ya había analizado las huellas emocionales que pueden dejar estas experiencias a largo plazo. En The Unexpected Legacy of Divorce (2000), la autora recoge, a partir de un seguimiento de 25 años, cómo muchos hijos de padres divorciados arrastraban dificultades en la forma de vincularse, en la intimidad y el compromiso.
Este enfoque ayuda a entender por qué, en algunos casos, las decisiones en torno a la ruptura no se valoran solo desde la pareja, sino también desde su impacto en los hijos.
Todo esto también influye en cómo se viven los conflictos de pareja. Según reconoce Gómez-Alba, el acceso a nuevas relaciones y a más opciones puede influir en cómo se percibe la pareja y en el grado de implicación. Indica que esto puede hacer que se valore menos lo que se tiene dentro de ella.
Insiste en la importancia de no dar por sentado lo que ya existe y de preguntarse qué se está buscando antes de mirar en otra parte. “Es un error pensar que lo mejor está fuera”, afirma. Certifica además que esa búsqueda no siempre pasa por fuera, sino que también puede darse dentro de la propia pareja.
Separarse no siempre es sencillo
No todas las familias parten de las mismas condiciones. En hogares donde hay hijos con discapacidad o enfermedades crónicas, la separación puede implicar una complejidad añadida.
“La logística como cuidadores no es fácil si la estructura de la familia cambia y pasamos a tener dos casas”, resalta. A esto se suma la adaptación de las viviendas a las necesidades del menor y el impacto económico que implica pasar de mantener una casa en común a dos. Estas condiciones hacen que la decisión resulte especialmente compleja.
Qué supone intentar recomponer la convivencia
En estos contextos, algunas parejas permanecen juntas incluso cuando la vida en común atraviesa un agotamiento importante. Otras optan por intentar recuperar el vínculo cuando consideran que todavía existe una base. En algunos casos, además, la sobrecarga y las exigencias de cuidado sostenidas en el tiempo también pueden haber influido previamente en la relación de pareja.
Más allá de la organización, la diferencia suele estar en la implicación de cada uno y en la decisión de seguir apostando por la pareja. Para que esto sea posible, es necesario que exista una voluntad compartida de caminar juntos. Gómez-Alba lo resume así: “Lo más importante es que quieran reconstruirlo”.
A partir de ahí, el proceso implica revisar lo que está ocurriendo entre ambos, poner sobre la mesa lo que cada uno necesita y decidir cómo encajar todo eso dentro del proyecto común.
Un proceso que, en muchos casos, pasa por dejar de centrarse solo en lo que se espera recibir y empezar a implicarse de forma activa en el cuidado de la pareja. “Lo más importante es que compartan lo que sienten, piensan y quieren cada uno de ellos”, expresa. Desde ese punto, las decisiones se construyen de forma conjunta.

Asimismo, apunta a la importancia de atender a diferentes áreas de la vida cotidiana, buscando cierto equilibrio e incorporando espacios compartidos, tiempo de calidad en pareja y momentos de intimidad.
En algunos casos, añade, las crisis pueden dar lugar a cambios en la forma de estar juntos cuando se replantea la comunicación y se construye una nueva forma de organizar la convivencia.
Manuel (42 años) y María José (40) llevan 14 años juntos y tienen dos hijos, uno de ellos con una enfermedad crónica. Durante un tiempo, el vínculo se fue desgastando. “Había cansancio y muchas discusiones. No era un desgaste puntual, era algo que se había ido acumulando”, cuenta Manuel.
Llegaron a plantearse la separación, pero la situación de su hijo cambió la forma de verlo. “No era solo decidir por nosotros. Había muchas más cosas alrededor: cuidados, médicos, organización… todo se complicaba”, explica María José.
En lugar de tomar caminos distintos, optaron por intentar recomponer el vínculo y reorganizar la dinámica de pareja. “No fue fácil ni rápido. Tuvimos que parar y hablar de lo que cada uno necesitaba y de lo que cada uno estaba dispuesto a hacer para que la relación pudiera seguir, porque llevábamos tiempo funcionando casi en automático”, recuerda.
Hoy no definen su estado como antes, pero sí de otra manera. “No es que todo esté perfecto, pero ahora sabemos dónde estamos y qué queremos hacer con esto”, dice él.
El impacto en los hijos
Cuando la pareja atraviesa un momento delicado uno de los mayores riesgos es que los hijos acaben asumiendo un papel que no les corresponde. “Si nosotros no lo hacemos, nuestros hijos adquieren un rol que no les toca y se quedan huérfanos emocionalmente”, asegura Gómez-Alba.
Expresar emociones delante de los hijos, señala, no es en sí negativo. Sin embargo, insiste en que debe hacerse desde el respeto mutuo y evitando determinadas dinámicas entre los progenitores.
“No podemos dejar que la situación se descontrole por la rabia”, subraya la profesional. También insiste en la importancia de no mostrar el conflicto de forma desbordada ni desautorizarse o criticarse delante de los hijos.
Ni quedarse ni separarse resuelven por sí solos la situación. En muchos casos, la diferencia está en cómo se afronta lo que ocurre en la vida cotidiana y en el lugar que ocupan los hijos en ese proceso.
Intentar reconstruir la relación no implica volver a lo anterior, sino decidir de qué manera se quiere continuar y qué está dispuesto a aportar cada uno para que eso pueda sostenerse. En muchos casos, no se trata de volver atrás, sino de decidir, día a día, cómo seguir protegiendo lo que han creado juntos.




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