Los niños necesitan relacionarse y buscar su lugar, algo que puede generar cierta inquietud entre los padres cuando enfrentan ciertos momentos y uniones.
Los hijos crecen y con los años también aumentan las ganas de hacer y decidir por sí mismos y apartarse del ala de la madre y/o el padre. Los padres irán percibiendo que las cosas ya no son tan sencillas como cuando tenían más que decir al respecto de lo que hacían sus pequeños y de con quiénes se relacionaban.
Sobre todo, en la escuela infantil y la etapa de primaria, los niños alcanzarán más habilidades de socialización y ganas de vincularse. Entorno a los 6-7 años el grupo de amigos adquiere un rol más importante y el niño por sí mismo empieza a demandar ir a casa de algún amigo a comer, a jugar o decide a quién invita a los cumpleaños.
El niño necesita sentirse parte y encontrar gente que quiera estar y jugar con él y viceversa. Pero puede suceder que no todas las amistades despierten las simpatías de los padres por diversos motivos: comportamientos, familia, rutinas… y surjan las dudas sobre cómo actuar.
Alguien diferente a lo deseado para mi hijo
Juan, de 43 años, padre de un niño de 10 cuenta que sintió angustia cuando su hijo le dijo que no quería estudiar más. No fue un comentario sin más porque él ya llevaba días inquieto por la relación que el niño estaba teniendo con otro compañero de clase.
“El niño llegó nuevo a pocos meses de terminar el curso. Lo habían cambiado de colegio y ya había repetido en una ocasión. Todos los padres nos dimos cuenta de que era un niño con una familia desestructurada y cuyos padres no hacían por ayudarlo en las tareas de cada día. Era habitual que no hiciese los deberes ni estudiase la lección”, comenta.
Al hijo de Juan le gusta conocer a gente nueva e integrar al que ve que puede estar más solo y eso es lo que lo llevó a conectar con el niño nuevo. Lo que podía ser un gesto bonito fue complicándose cuando su hijo empezó a cambiar.
Imponerse no resuelve nada
“No me importaba que estuviese con él y que lo ayudase, pero mi hijo también estaba aceptando sus ideas y modos de actuar y me daba miedo que a pocas semanas de terminar el curso eso le afectase, por lo que tras verlo con desgana frente al estudio me enfadé mucho y le dije que haría lo posible para que no tuviesen relación”, subraya.
Su hijo se lo tomó muy mal hasta que finalmente encontraron un momento para mantener una conversación donde le preguntó qué sentía respecto a su amigo y si creía que lo que él hacía con el estudio era lo acertado. Fue ahí donde el pequeño le confesó que solamente pretendía encajar.
“Llegamos a un acuerdo. Él podría seguir con este niño, siempre y cuando no cambiase en sus responsabilidades académicas. También quise hablar con la madre del menor en una reunión con la tutora y le comenté lo que habíamos hablado para que al menos supiese cómo éramos y nuestro modo de proceder en los estudios. De hecho, mi hijo se ofreció a ayudarle con alguna materia alguna tarde”, indica.
Escuchar a los niños sin juzgar
La psicóloga Úrsula Perona, destaca que antes de poner el grito en el cielo frente al comportamiento de algún amigo del hijo que entiende inadecuado, lo primero es recordar que los hijos están aprendiendo a moverse en un mundo social complejo, y parte de ese aprendizaje incluye rodearse de personas muy distintas a ellos.
“Como madres o padres, es natural sentir preocupación cuando percibimos que alguno de sus amigos no les hace bien. Aunque, levantar la voz o emitir juicios muy duros solo genera distancia”, comparte. Aconseja mantener la calma, respirar antes de hablar y observar más.
“Podemos valorar: ¿qué me está molestando realmente?, ¿qué parte de esto activa mi historia personal? La autorregulación emocional es clave. No olvidemos que, aunque tengamos más experiencia, ellos también merecen ser escuchados sin ser interrumpidos ni juzgados de inmediato”, dice.
En palabras de Perona, el momento ideal para hablar con el hijo y decirle que un amigo no nos parece la mejor opción, debe ser en un espacio tranquilo y sin usar la crítica. Se puede decir: “He notado que cuando estás con ese amigo te vuelves muy alterado. ¿Cómo te sientes con él últimamente?”, apunta.
Como afirma, no se trata de imponer nuestra visión, sino de abrir un espacio de reflexión. “A veces basta con hacer preguntas que inviten a pensar. Si logramos que ellos mismos lleguen a ciertas conclusiones, el impacto será mucho mayor que si simplemente les decimos “ese amigo no te conviene”, destaca esta profesional.
También considera fundamental conocer bien a las familias de los amigos del hijo, especialmente en la infancia. “Los niños pequeños necesitan que les ayudemos a filtrar su entorno porque aún no tienen herramientas para hacerlo solos. Conocer a las familias de sus amigos nos permite tener un contexto, cerciorarnos de que comparten ciertos valores y, si es necesario, poner límites desde el respeto”, expresa.
Dar nuestros motivos
Explica que marcar límites no significa prohibir sin más, sino explicar de manera clara y tranquila qué es lo qué incomoda o preocupa. “Si no estamos cómodos con una dinámica, podemos decidir que preferimos que los encuentros se den en casa o en ciertos horarios. Lo importante es actuar con coherencia y sin dramatismo, y siempre explicarles el porqué, aunque creamos que aún no lo van a entender del todo”, comparte.
Refiere que intentar romper una relación de golpe “rara vez enseña algo útil” y puede generar rabia, secretismo e, incluso, reforzar el vínculo con el amigo como símbolo de rebeldía. Recalca que el objetivo de esto es que aprendan a elegir bien sus relaciones, no porque se les pida u ordene, sino porque saben reconocer cómo les afectan.
Para Diana Jiménez, psicóloga, consejera adleriana y autora de «Mamá, ¿por qué me enfado?» (Penguin Kids, 2025), recientemente galardonada como “Neuropsicóloga Educativa del Año 2025” en los prestigiosos “Premios Grandes Talentos 2025”, los padres pueden saber que un amigo puede representar una amenaza para el hijo conociendo bien a los hijos y manteniendo un adecuado vínculo con ellos.
«Nada ni nadie nos puede garantizar que esa persona es una amenaza para nuestro hijo. Como padres solo podemos preparar a nuestros hijos para desarrollarse en la vida de manera sana y establecer así vínculos sanos”, opina.
¿Cómo saber si estamos en lo cierto?
Para diferenciar amenaza real de una percepción nuestra subjetiva, Jiménez sugiere: observar comportamientos, hechos concretos, conductas de riesgo como aislamiento, desmotivación o agresividad; cambios notables en el estado de ánimo o en las rutinas del hijo o, si se aleja de sus intereses habituales o de otras relaciones sanas.
Añade que como padres es necesario estar atentos a cambios neuroconductuales. “El cerebro adolescente está en plena reconfiguración: aumenta la sensibilidad a la recompensa social y disminuye la activación del juicio crítico (corteza prefrontal aún inmadura). Esto los hace especialmente vulnerables a malas influencias si no tienen figuras de referencia sólidas”, resalta.
Para ella una buena base tiene que ver con que haya habido un modelado coherente desde la infancia (lo que decimos y hacemos) y que se hayan generado experiencias emocionales que conecten con esos valores: por ejemplo, haber sido tratados con empatía para poder desarrollarla. “Los valores no se predican, se practican”, certifica.
Confiar, acompañar e intervenir
Como apunta, siempre es importante confiar en el buen criterio del hijo, y la confianza que pongan los padres en él reafirmará su autoestima. Sin embargo, señala que, confiar, no implica ”permitir” todo. “La confianza debe ir de la mano del acompañamiento. En neurociencia hablamos del modelo “andamiaje”, que implica: Proveer estructura al principio y retirarla progresivamente a medida que el hijo demuestra capacidad para la toma de decisiones”, manifiesta Jiménez.
Recuerda que el lóbulo prefrontal, responsable del juicio y el autocontrol, no termina de madurar hasta los 25 años. Según la experta, la clave se encuentra en: la confianza informada y activa. “Confiar en que puede equivocarse y aprender y con la puerta abierta a hablar de los errores sin miedo a represalias”, perfila.
Sobre la hora de intervenir y dar nuestra opinión como padres, dice que siempre es buen momento para hacerlo, pero es importante el modo. No obstante, la opinión de los padres suele proceder del deseo de que no sufran y eso es diferente a lo que precisan o a lo que es beneficioso para el hijo. Recomienda intervenir, atendiendo a: cambios drásticos en el comportamiento, sueño, alimentación o estado emocional; abandono de actividades importantes para él/ella; secreto excesivo o influencias claramente destructivas (que impliquen actos ilegales…).
Suma que el sistema límbico (emocional) se activa con intensidad en la adolescencia. “El grupo activa circuitos de recompensa potentes: “me aceptan, luego existo”. Sin valores integrados, el adolescente busca pertenencia a cualquier precio”, remata.







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