Ayudando a los niños a gestionar de un modo adecuado la frustración se les puede favorecer de cara a su desarrollo socioemocional y para enfrentarse a desafíos futuros
La frustración es la emoción que se percibe cuando no se alcanza un deseo o expectativa: desilusión o enfado. Por supuesto, puede hacer mucho daño a los niños si no se les ayuda a gestionarla convenientemente.
Las familias y resto de educadores son un pilar esencial para llevar a cabo esta tarea y que ello pueda repercutir favorablemente en su estabilidad emocional; además los adultos, suelen representar para ellos su lugar seguro y quienes les dan confianza para que esto se instaure adecuadamente.
No existe la perfección ni en las personas ni en las cosas, todo depende de la mirada, del modo de afrontar algo y de la respuesta que se dé. Los niños viven desengaños, se sienten tristes por un examen que han suspendido, porque no se les ha comprado aquello que querían, porque su mejor amigo se ha mudado de ciudad y, lo mismo los adultos.
Saber gestionar esos momentos y no hundirse en la adversidad, sino ver la parte buena o encontrar el recurso adecuado para resolver el problema, determinará cómo se enfoque la adolescencia y edad adulta. Esto está muy ligado a la resiliencia o “capacidad para amoldarse a situaciones complicadas y sobreponerse”.
Los padres podemos decirles: “No puedes, no lo intentes”, “se te da mal, haz otra cosa” o gritar e ir a levantarlos cuando de pequeños se caen, pero también podemos alentarlos a seguir, decirles que lo intenten y si no sale, no pasa nada o si algo ha ido mal, irá bien la próxima y firmes ayudarlos a levantarse sin hacer dramas.
Eso es la vida: Caer, caer y levantarse con la herida abierta.
Que sepan que no es un fracaso fallar
Vanesa Fernández Rodríguez, maestra de Educación Infantil, aclara que enseñar desde edades muy tempranas a los niños a tolerar correctamente la frustración, les permitirá afrontar de manera positiva los diferentes retos y dificultades que les presentará la vida.
“Como padres tendemos a la sobreprotección y a evitar que pasen posibles malos ratos, decepciones e intentamos en la medida de lo posible, anticiparnos a esas situaciones o sucesos que pueden conllevar un desenlace negativo o frustrante para nuestros hijos; algo que, siendo realistas, son situaciones cotidianas con las que deberán lidiar el día de mañana en su vida personal, social o laboral”, subraya.
Concibe que aprender desde pequeños a aceptar esas vivencias posibilitará buscar otras opciones ante los fracasos. Para ella resulta esencial acompañarlos en el proceso de reconocimiento emocional, esto es: “animarlos a dar forma, intensidad y palabras a ese malestar que tanto les incomoda, dándoles posibles opciones o propuestas de validación”.
La educadora recuerda que los niños, que aprenden a través del juego y la imitación, deben contemplar esas actitudes reflejadas en nosotros como adultos. “Podemos hacerles ver, con nuestra actitud, que una derrota no implica nada malo y lo más importante es no rendirse, ni mortificarse y seguir adelante”.
La tristeza, la rabia…, sentimientos que no te hacen sentir bien son también necesarios e importantes, pero ¿por qué? Javier Carballo Pérez, maestro de Educación Primaria y orientador educativo en la etapa de Educación Secundaria, explica que el ser humano desde que nace debe adaptarse a los cambios y contratiempos que surgen a lo largo de la vida con sentimientos y pensamientos contrariados (positivos y negativos).
Saber expresar lo que uno siente y piensa
El profesional considera crucial que desde que se adquiere el lenguaje se sepan expresar los sentimientos e ideas sobre diferentes actuaciones teniendo en cuenta las consecuencias que ellas pueden acarrear.
Asimismo, recomienda a las familias, dejar libertad a los niños para que exterioricen sus sentimientos, guiándoles sin ordenarles. En este punto asegura que cabría el debate de la autonomía y heteronomía, es decir, hacer y decidir por uno mismo, sin depender de otros, frente a lo contrario.
El cerebro de los niños está en constante desarrollo, y los padres y profesores pueden ser los guías, ya que solos no disponen de los recursos precisos para aplacar esa angustia que pueden percibir frente a algo que les hace no estar cómodos.
Para Inés Meis Fernández, psicóloga general sanitaria y máster en psicología educativa, declara que el aprendizaje para tolerar la frustración debe enseñarse entre los 3 y los 6 años. “Resulta una fase en la que son muy egocéntricos: creen que el mundo gira en torno a ellos, sólo tienen en cuenta su punto de vista y les cuesta ponerse en el lugar del otro”, asevera.
Esto es algo que -como precisa la experta- les genera muchas rabietas y desilusión que es importante ir modulando con una crianza respetuosa y emocional.
Ni crianza autoritaria, ni sobreprotección
Apunta que las familias deben evitar caer en la crianza autoritaria, que genera desengaño, o la sobreprotección, que elimina toda posibilidad de que los niños se enfrenten a la necesidad de tolerar la frustración.
“Como padres es importante estar con los menores ayudándoles a identificar la emoción, a tolerarla, mostrándoles comprensión y los modelos de lo que se quiere lograr en ellos”, sostiene.
Si los niños lo tienen todo hecho, se les consiente y se les impide sentir que algo no ha ido como esperaban, se les priva de la experiencia de aprendizaje para gestionar y tolerar el malestar que sienten. Meis señala algunas de las consecuencias que puede conllevar la baja tolerancia a la frustración a largo plazo:
- dificultades para regular las emociones
- necesidad de inmediatez
- baja capacidad de adaptación
- evitación del esfuerzo
Las experiencias complicadas ofrecen una enseñanza tanto a niños como a adultos. Siempre hemos escuchado que de lo malo también se aprende. Como adultos hemos de ser coherentes con lo que pedimos a nuestros hijos, ponerles límites que entiendan, y sobre todo ayudarlos para que sepan dar valor a lo que tienen, a lo que se les da y a lo que alcanzan por ellos mismos.






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