Que los niños nacen con el sistema inmune débil es la afirmación más extendida a la par que incoherente que escuchamos a día de hoy acerca de la crianza.
No paro de ver y vivir a mi alrededor cómo los hijos de nuestros amigos se ponen continuamente malos. Virus, bacterias, o enfermedad común, pero los padres han interiorizado la impuesta creencia de que eso es lo normal. Pero ésta no es la realidad que yo he venido viviendo desde pequeña ni que por gracia de Dios, vivimos hoy en nuestra familia con nuestros hijos.
Ya por el siglo XI, Santa Hildegarda estudiaba y defendía que el estado natural del organismo es la salud, y que cuando está en enfermedad siempre viene por un desequilibrio al cual hay que llegar para entender cómo establecer la curación.
Además, vengo de una familia a la que agradezco bastantes de los grandes aprendizajes que he adquirido y razonado de forma adulta. Mi madre, médico, vive su profesión con verdadera vocación y deseo de ayudar al enfermo. Durante sus estudios del MIR a su hermana pequeña le diagnosticaron una enfermedad de por vida, y buscando mi abuela un modo de curación menos agresivo para ella, se topó con la medicina tradicional homeopática. Era algo que no le sonaba a ninguna de las dos, ni a mi abuela, enfermera, ni a mi madre médico.
Esto tuvo que ser de esas señales que nos pone Dios para que sigamos el camino que debemos. Su hermana nunca más supo de aquella enfermedad, y mi madre por fin encontró aquella medicina humanista en la que creía, la cual se enfocaba en aquel modo de cuidado y sanación al ser humano que andaba buscando.
En casa hemos crecido con la medicina homeopática. A veces nos hemos puesto malos, por supuesto, pero siempre la homeopatía junto con algún cambio de hábito o alimentación, nos ha ayudado a volver a encontrar el equilibrio y estado de salud de nuestro organismo.
Cuando nació mi primer hijo, me harté de leer para poder argumentar a mi marido la propuesta y que no fuera únicamente por una experiencia que habíamos vivido nosotros, y finalmente decidió confiar en el criterio de lo natural, y sabiendo que mi embarazo había sido maravilloso, que papá y mamá estábamos sanos, y que tratamos de vivir con los mínimos tóxicos posibles, todo apuntaba a que el niño iba a poder contar con un estado de salud elevado sin necesidad de interferir en el mismo. Siempre hemos estado abiertos a considerar otras vías si las circunstancias lo requerían, opciones más inmediatas por urgencia, pero por regla general no íbamos a tratar a nuestro hijo con químicos y medicinas al uso.
A día de hoy, ésta es de las decisiones más valientes que hemos tomado.
Nuestros hijos, el mayor de 3 y el pequeño de 1, no han cogido un virus. Lo máximo febrículas, mocos y toses en épocas de cambios de temperatura. Duermen como lirones, comen sano como glotones, tienen un desarrollo de cara a los demás fuera de lo normal, y son niños fuertes y valientes como dice el mayor.
Muchos consideran este tipo de medicina de placebo, pero yo siempre hago la misma pregunta: ¿cómo un placebo puede causar mejoría sobre bebés, animales, incluso plantas?
No hay remedios perfectos, pero reivindico una forma informada, libre de dogmas, e inteligente de proceder respecto a la salud de los más pequeños y de manera general.

Algo que considero imprescindible en estos días alrededor de la libertad de elección que, bien informados, deben tener los padres sobre sus hijos, es que contamos con una amplia variedad de recursos y soluciones para según qué tipo de patologías o afecciones. Y dentro de esta amplia variedad, tanto de soluciones como de enfoques sobre la salud, deberíamos hacer un buen uso de nuestro raciocinio y capacidad para cuestionar cuando únicamente nos ofrecen una solución y un camino dado para algún problema de salud.
De hecho, si voy un poco más allá, considero que la salud es algo tan básico, tan imprescindible, en la vida de un ser humano, que cada uno de nosotros debería investigar y entender unos mínimos sobre la misma, y así ser capaz de cuestionar cuando algo de lo que le indican no le termina de cuadrar. Toda enfermedad tiene una base de desequilibrio interno, con lo que siempre, como pauta de actuación, deberíamos tratar de entender de dónde viene el síntoma que se ha hecho visible, de dónde puede venir la falta de apetito, la desgana, la rabieta, el insomnio, la ira. Antes de dar un Apiretal o Dalsy, deberíamos saber la fiebre o la inflamación a qué se debe.
Desgraciadamente vivimos una época de enfermedad generalizada. Nuestro organismo y sistema inmune están gravemente decaídos, y no podemos verlo como normal.
Estamos como sociedad expuestos a muchas vías de intoxicación, y vivimos con falta de fe, alejados de Dios, y esto no puede más que empobrecer el alma y generar mayor enfermedad.
Nuestro modo de vida, ritmo, forma de relacionarnos (o no), referentes negativos, emociones confusas, seres queridos alejados, miedo, mucho miedo.
El miedo es el mayor virus, la mayor pandemia existente en la humanidad. El mayor motor para hacer con nosotros, y conseguir que nosotros mismos hagamos lo que quieran.
Mediante el miedo nos intoxican, y de forma indetectable intoxican a nuestros hijos, consiguiendo que hagamos cosas pensando en su bienestar, en su seguridad, pero bajo un pleno desconocimiento real de consecuencias.
El niño, en situación de normalidad, necesita de una serie de factores para ayudarle a mantener ese equilibrio del que todos deben partir. Atención, amor, ejemplo, límites, comprensión, importancia, cariño, tiempo, naturaleza, alimentación. Con esto podríamos hacer el cóctel base adecuado para darle una buena armonía.
No demos por sentado. No depositemos nuestra confianza al completo en nadie. Necesitamos tener soberanía sobre nuestras decisiones y sobre nuestros hijos, para poder darles lo mejor que es lo que todo padre querría. Pero no lo estamos haciendo por no ser capaces de comprender los mínimos del mecanismo de la salud, y entonces, preguntarnos si en eso que nos han educado siempre como lo mejor para nosotros, realmente lo es. Lo que siempre funcionó y existió, aquello que defendía Santa Hildegarda, ¿por qué no nos interesa hoy?




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