Como nos recalca Mario Vargas Llosa en su “Elogio de la lectura y la ficción”, la actividad de creación literaria tiene un carácter tremendamente revolucionario. Nos permite soñar con otras realidades, recorrer el pasado, atisbar el porvenir… La ficción nos deja alcanzar lo que quizá en nuestra vida -aún- no es posible, desplegando nuestra visión hacia nuevos horizontes. A la vez, favorece conocer la propia intimidad, comprender con hondura las pasiones del corazón: los celos, la rabia, la ambición… Contribuyendo a la forja de la propia identidad y autonomía.
Si uno está involucrado en la tarea creadora, esta vivencia de libertad es aún más radical. De repente, es posible destilar belleza de las circunstancias más desfavorables. Todo, absolutamente, es aprovechable para la creación, embelleciendo y elevando hasta los eventos cotidianos, anodinos o trágicos. Permite así una visión positiva de todas las circunstancias vitales, y constituye un poderoso mecanismo para encontrar significado y encarar la existencia.
Además, la literatura es un arma poderosa para la libertad, pues se niega a aceptar que la condición habitada es lo único que existe. Es capaz de soñar con lo anterior, lo futuro, lo extraordinario… Y, al morar en estos escenarios de lo posible, cuestiona el “orden” dado, lo tomado por “normal”, o “esperado”… y se atreve a comprender y hasta realizar las propias querencias. La buena literatura alimenta lo que es contrario del conformismo, de la desesperanza, de la cerrazón. Así, muchas veces incluso trasciende la esfera artística y literaria, incidiendo activamente en la realidad.
Es por esto que todos los regímenes totalitarios han censurado la actividad creadora e intelectual, conociendo que es germen de inconformidad y revolución: el soñar con algo distinto del orden impuesto, aunque sea en pasajes inocentes, es tremendamente desestabilizador de un sistema controlador.
Contraria a esta misión revolucionaria y liberadora de la literatura es la presente sociedad del relato. En ella se define la identidad individual y colectiva a través de narrativas, y se presenta la “verdad” como relativa a la fuerza o impacto del discurso.
Este uso de la ficción es muy peligroso, y constituye una adulteración de su vocación primera, al reemplazar lo real por construcciones engañosas o parciales. Es la desnaturalización peor de la ficción: en lugar de ser creadora, es opresora; en lugar de arrojar luz sobre las cosas, pretende oscurecerlas con declaraciones veladas, que “suenan o quedan bien”.
El relativismo, tanto en la esfera pública como en la privada, y la edición meticulosa de los relatos «de puertas para afuera» –ya sea en perfiles reales o simbólicos–, terminan atentando contra el individuo al ignorar sus realidades interiores. Pues en este paradigma llega a parecer más importante el “aparentar” que el “ser”… Y el ser, con su dignidad y sus anhelos, queda anulado o dejado aparte.
En contraste con la ficción verdadera, que ensancha las puertas interiores y permite la transformación positiva de la realidad, su uso pervertido en “relatos sobre lo que se es” no hace sino sustentar desesperanzas y habitar órdenes vitales que no aspiran a nada superior. Pues el negar o falsear la realidad de las cosas hace imposible abordarlas. Y, al enfocar lo aparente, no permite conocer el fondo de las circunstancias y mociones internas, necesarias para actuar sobre ellas.
Cabe entonces dejar de alentar las nieblas de la sociedad del relato, y devolverle a la ficción el lugar luminoso que le corresponde: no como suplantación conformista y tramposa de la realidad, sino como aliciente para su transformación. Para la persecución de ideales y para la realización de las querencias internas, claves de la felicidad.




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