Las humanidades agonizan frente a las tecnologías y la inteligencia artificial. Nunca ha habido menos saber ni menos interés por la espiritualidad y los valores humanos.
Somos barquitos de papel naufragando en medio de la vorágine de un tsunami virtual. Monstruos invisibles manejan los hilos, no solo de nuestros pensamientos, incluso de nuestras propias vidas.
El móvil es un amo tirano que nos esclaviza. El mejor medio de comunicación nos mantiene incomunicados de la vida real. Las redes sociales son una droga más fuerte que la cocaína. Nos engullen y nos roban el tiempo. Las consolas, otra adicción especialmente adictiva para el gremio masculino. Internet fue la semilla de todo este universo virtual que nos devora sin piedad, esa red de redes que atrapa al planeta tierra en una jaula, esa que nos mantiene informados sin tregua pero nos aísla de las personas.
Y para colmo, ahora llega empujando, sin ley ni justicia, una inteligencia artificial que amenaza con dejar sin trabajo a media humanidad. Aun está en pañales esa mente inhumana universal y ya hay investigadores e intelectuales que han puesto el grito en el aire. ¿Alguien les escucha? Quieren parar los experimentos temporalmente para evaluar los riesgos y crear leyes internacionales que la controlen.

Grandes voces del panorama tecnológico (Elon Musk, fundador de Tesla y SpaceX, Steve Wozniak, fundador de Apple, el historiador Noah Harari…) firman una carta abierta pidiendo frenar el uso de esas nuevas inteligencias artificiales durante solo seis meses. La carta dirigida a los laboratorios de IA avisa que estamos sumidos en una carrera descontrolada, sin frenos, que impide gestionar y controlar adecuadamente los profundos riesgos para la sociedad y la humanidad.
No sabemos si la carta será escuchada. Tampoco tantos otros temas sobre controladores (también inhumanos) que cada día más nos van controlando minuto a minuto lo que pensamos, decimos y hacemos. Los algoritmos de Google, por ejemplo.
Lo que si sabemos es que ya no habrá geniales obras maestras ni grandes escritores o pensadores. Habrá buenos autores y obras pero jamás regresaremos a aquella genialidad de tiempos pasados. No hay sociedad para engendrarla pues, por desgracia, estamos inmersos en otros asuntos. Solo nos queda tratar de dejarnos hipnotizar menos por las pantallas y mirarnos más a los ojos… u observar las nubes y las olas… o rezar a Dios en silencio para volver a ser más humanos y menos artificiales.




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