McDonald’s me vende un Big Mac de cinco palmos de altura, que Aitana y Sebastián Yatra engullen en todas sus comidas justo después del “I’m lovin’ it”, pero cuando voy al restaurante (si es que se puede llamar así a la fábrica de enfermedades cardiovasculares que lleva en pie desde hace, por lo menos, cuatro décadas), solo me encuentro con una triste hamburguesa entre dos trozos de un supuesto pan que tiene de harina lo mismo que yo de extraterrestre. Son dos filetillos de carne picada, que calificaría como amalgama química explosiva (una Hiroshima diminuta), disimulados entre una salsa que debe ser el detonante de la mencionada bomba atómica. Y todo, por el módico precio de siete euros (cuidado, no nos quejemos del coste, porque algunos escépticos nos recriminarían que «el menú incluye patatas y bebida»). Vaya, además de participar conscientemente en una estafa, invertimos en nuestro boleto en el camino hacia la enfermedad.
Será cierto aquello de que las apariencias engañan, que no es oro todo lo que reluce –podría seguir desglosando el refranero español–, pero lo cierto es que así funciona el mundo en esta época en la que nos creemos e interiorizamos todo lo que transmiten los medios de comunicación y las redes sociales. No necesitamos ascender el monte Sinaí para recibir los Doce Mandamientos: no hay más que encender el teléfono móvil.
Muchos de los problemas actuales radican en la ingenua credibilidad que le damos a la información procedente de cualquier pantalla luminosa. Aunque, más que de credibilidad se trata de una cierta sumisión fruto de una ignorancia. Vivimos cómodos en nuestra posición acrítica ante los escenarios que nos presenta en el día a día, al asumir un triste «¿qué puedo hacer yo, si solo soy un pez más en este inmenso océano». Es así como nos convertimos en espectadores de la barbarie.
Los jóvenes asumimos como dogmas de fe las palabras de influencers y youtubers; prestamos más atención al flirteo de cualquier aristócrata europeo, que a las dificultades a las que se enfrenta nuestro país. Hemos convertido en referentes a esos personajes que protagonizan sus propias películas entre reels, stories y likes, que parecen vivir en un mundo paralelo. ¿Quién conoce a las grandes personalidades de la ciencia? ¿Y a los escritores? ¿Y a los filósofos?… ¿Cuándo hemos decidido que el conocimiento ya no es para nosotros?
Me pregunto qué opinarían nuestros ancestros si pudieran observarnos. Lo único que aseguro con certeza es que ellos no se dejarían engañar por el “fantástico sándwich” del que todos sabemos sus nocivos efectos.

Julia Montoro
Ganadora de la XIX edición de Excelencia Literaria




¿Qué te pareció este artículo? Deja tu opinión: