Noté que alguien me apretaba con fuerza, cortándome el aire, que apenas me llegaba a los pulmones; no podía respirar.
Abrí los ojos en busca de respuestas. Entonces lo vi: era un joven que me agarraba como si su vida dependiera de mí. Era tanta su fuerza que me debilité. Noté que iba a perder el conocimiento y, desesperado, activé mi único mecanismo de defensa. Esperé unos segundos y… Funcionó, pues el chico me soltó rápidamente, maldiciéndome mientras yo daba vueltas por el aire hasta que aterricé en el suelo.
Desde allí, sin la presión de sus dedos, pude observarle con detenimiento. Se llevó a la boca la mano donde unos segundos antes había estado yo, para restañar el pequeño corte. Después se agachó con determinación y, aunque parecía molesto, me recogió del suelo.
Aunque me aterrorizó volver con él, su mano era mejor que la plataforma fría e incómoda donde había caído. El muchacho se paró a observarme. La determinación que yo había distinguido un momento antes en su rostro, iba desapareciendo, sustituida por la duda y la tristeza. No supe qué le sucedía hasta que, de repente, me dejó caer de nuevo y volví al mismo sitio de antes. Desde el suelo le vi alejarse: un paso…dos pasos…diez pasos…. Me dejó solo.
Por un momento me alegré y respiré tranquilo, pensando que había pasado el peligro. Pero entonces caí en la cuenta del ruido ensordecedor que me rodeaba: el claqueteo de los zapatos, los pitidos de claxon, el motor de los coches… Supuse que mi final había llegado. Miré a lo alto de los edificios, que parecían tocar el cielo. Miré de reojo las pisadas que pasaban a mi lado y me esforcé por esquivarlas con ayuda del viento, con el que logré huir del centro de la calzada para agazaparme en una esquina donde los peligros no podrían alcanzarme.
Me pregunto por qué me abandonó aquel joven. ¿No sabía que bastaba un tiempo en aquel lugar desconocido y de gigantes para que yo muriese? Así, a merced del viento y sin que ningún humano se diera cuenta de mi presencia, deambulé por la ciudad durante semanas sin conocer la razón de mi existencia. Solo y desesperado, me convertí en uno de esos billetes sin destino, billetes a soledad, que era como nos llamaban. Encontré a otros como yo: billetes desechados que deambulaban por en busca alguien al que llevar a su destino.
Nunca sabré por qué aquel chico cambió de parecer. Quizás quería escaparse de casa y, en un último momento, cambió de opinión. Quizás tenía previsto acercarse al hospital o a un parque donde declarase a una muchacha y, de pronto, se acobardó. Quizás… Me quedaban los quizás y la esperanza de que no hubiera sido a causa del pequeño corte que le hice con mis afilados bordes por lo que me ha destinado a esta vida errante.
Autora: Iciar Gratacós Ganadora de la X Edición de los Premios "Excelencia literaria"





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