Me irrita encender el ordenador y observar que el fondo de pantalla que tanto me gustaba, ha cambiado de un día para otro, sin previo aviso. Microsoft elige por mí, y no a la inversa: Dios nos libre de tomar nuestras propias decisiones…
El gigante informático me impone una imagen, y la descarto; luego otra, y la descarto también. La pantalla permanece durante unas horas con un fondo anodino, cuando, de repente, una nueva propuesta llama mi atención: se trata de un árbol inusual que ha crecido, retorcido, hacia el suelo. Es una sabina en El Hierro, la más pequeña de las islas del archipiélago de las Canarias.
Estamos de acuerdo en que lo esperable es que un árbol crezca en vertical, erguido y majestuoso, dirigiendo el cénit de su copa hacia el cielo. Pero no siempre es así: por lo visto, los vientos en la isla son fuertes y constantes, tanto que muchos árboles no sobreviven a condiciones tan adversas. Pero el que luce en mi pantalla encontró el modo de arraigar en esa tierra volcánica. La imagen es hermosa e inquietante al mismo tiempo, pues este ejemplar desafía las leyes de la naturaleza. A modo de parábola surrealista, ha doblado el tronco y extiende sus ramas en horizontal, para acariciar el suelo. Su copa alargada descansa en la arena, en una anatomía antinatural, desafiante ante los vientos alisios: «¡No me derribaréis!». Aunque deformado, ha hallado la forma de subsistir.
Lo que puede verse como una imagen grotesca, un error de la Naturaleza, lo interpreto como un ejemplo de resiliencia. Es una prueba material de que, a pesar de cómo sean las circunstancias, debemos luchar por sobrevivir.
La RAE define la resiliencia como la capacidad de adaptación de un ser vivo frente a un agente o circunstancia adversa. También como la capacidad de un material para recuperar su estado inicial cuando ha cesado dicha perturbación. A mi juicio, son dos definiciones un tanto contradictorias.
En todo caso, todos deberíamos seguir el ejemplo de ese árbol: las circunstancias de la vida nos empujan y presionan de mil maneras diferentes. Intentan derribarnos, vencernos y hundirnos. A veces con tanto ímpetu que no podemos volver a nuestro estado inicial. La vida, sí, nos impone la certeza de que no hay marcha atrás. Nunca volveremos a ser la misma persona que fuimos, ni regresaremos al punto de origen de nuestra existencia. Pero podemos tratar de enfrentarnos a la realidad, por dura que sea, para adaptarnos a las circunstancias, como hace esa sabina.
La Dehesa es una zona de la isla del Hierro en donde crece un sabinar, es decir, un bosque compuesto por esos árboles singulares. Me gustaría subirme a un avión y visitar ese paraje, escuchar los gritos del viento, el eco que produce en los árboles, el soplido rabioso del Atlántico, que me incitaría a observar el espectáculo de lucha silenciosa y original que tienen estas sabinas para resistir. Ellas son la viva imagen de la supervivencia.


Esther Castells
Ganadora de la III edición de Excelencia Literaria




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