Aprovechando que el otro día hacía una mañana lluviosa, de esas que tanto se agradecen en pleno periodo estival, me quedé en casa y aproveché para hojear el periódico. Al pasar sus páginas me percaté de que, bien escondido entre los escándalos políticos y las noticias del inicio de liga de fútbol, había un artículo sobre la progresiva desaparición de la monogamia. Al parecer, según un estudio llevado a cabo por una plataforma de citas para casados y una célebre firma de análisis de datos, la mitad de los españoles se declara monógamo. Y otro dato: un sesenta por ciento de nuestros vecinos italianos y alemanes se reconocen en la práctica del poliamor.

Al leerlo, la columna redundaba en que cada vez son más las parejas –jóvenes y no tan jóvenes– que apuestan por añadir de manera consentida terceras personas a sus relaciones, en busca de saciar de ese modo sus apetitos sexuales, afectivos o, sorprendentemente, intelectuales. Además, son muchos los psicólogos y terapeutas que apuntan que la monogamia no es el estado natural de nuestra especie, es decir, que la humanidad ha sufrido durante siglos las infidelidades a causa de una equivocada tradición.
Estas nuevas tendencias afectivas arrojan una serie de interrogantes acerca del futuro de Occidente. El primer de ellos consiste en decidir si estamos abocados al final de nuestra sociedad, tal y como la hemos conocido desde el siglo primero, y si lo lógico es abandonarse a una caprichosa variedad de relaciones que rompen los principios de la monogamia. La raíz de la duda es la manera actual de entender el amor, que alejado de la tradicional aspiración al bien del otro (en singular) y a la elevación espiritual, tal como propugnaba Platón, se ha convertido en una experiencia efímera de hedonismo, que no se busca más que placer individual.
Aunque queramos convencernos de que el estado natural del hombre es la poligamia, es decir, la vida guiada por los más caprichosos impulsos carnales, es necesario tener presente el uso de la razón. Aún recuerdo las sabias palabras de un profesor de mi colegio: «El amor es una decisión, no solo un sentimiento». Un hombre y una mujer en sus cabales, anhelan un único compañero de vida que se distinga por sus muchas virtudes, al que se pueda amar con totalidad a pesar de sus defectos, que la otra persona se esforzará por limar, aceptándolos siempre que no alteren la estabilidad familiar, pues no hay nada más perfecto que la imperfección, ni nada más humano.
Es evidente que Occidente está desnortado, enfermo a causa de un relativismo moral que solo busca la autocomplacencia. En la era de la tecnología, el sentido común del hombre parece, paradójicamente, haber perdido su sentido. Aunque nos estemos aproximando poco a poco a una distopía propia de Huxley, deberíamos guiarnos por la enseñanza de san Agustín de Hipona, sabio entre los sabios: «Lo correcto es correcto, aunque nadie lo haga; lo incorrecto es incorrecto, incluso si todos lo hacen».

Inés García Pescador
Ganadora de la XIX edición de Excelencia Literaria




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