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The Miracle Woman (1931) de Frank Capra y la vigilancia de la bioética frente al fanatismo

La mujer milagro

Observatorio de Bioética por Observatorio de Bioética
13 febrero, 2026
en Cine y Series
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Home Arte y Cultura Cine y Series
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The Miracle Woman  presenta a la hija de un Pastor que experimenta la ingratitud de su congregación que lo despide y a consecuencia del disgusto muere. Ello le provoca una reacción airada que la aprovecha un hombre sin escrúpulos para montar con ella un negocio a propósito de la religión y el sufrimiento ajeno. El encuentro y el enamoramiento con un joven ciego que ha experimentado la esperanza al escuchar sus palabras, también la rescata y la libera del engaño del que estaba formando parte. La bioética encuentra en esta película un argumento fuerte para liberar a las personas de cualquier fanatismo que manipule sus deseos, incluido el que puede tentar a los científicos.

Una escena impactante: ¿Qué Dios? ¿El Dios de quién? ¿El vuestro?

A Frank Capra le gustaba comenzar muchas de sus películas con una escena fuerte, en la que la intensidad emocional del contenido expresado en la pantalla implicase al espectador rápidamente en la trama. Eso se da plenamente en The Miracle Woman (“La Mujer Milagro”, 1931)[1]. Cuando comenzamos a verla, creemos estar asistiendo a una representación apacible del oficio religioso propio de una iglesia reformada en una zona rural de Estados Unidos. Ese día el ministro va a pronunciar un discurso de despedida.

 

Sin embargo los acontecimientos se suceden creando una creciente inquietud. El Pastor tarda en presentarse ante la Congregación. Los asistentes comienzan a murmurar inquietos. Alguno señala que es lógico que el Pastor no tengas prisa en comparecer ya que ha sido despedido. Aparece por fin en su lugar la hija del clérigo protestante, Florence Fallon (Barbara Stanwyck) que explica que su padre está indispuesto y que ella va a pronunciar lo que él le ha dictado.  En lo que ella lee se recoge la pena que su progenitor siente al tener que abandonar una comunidad a la que quería haber servido hasta el final de sus días y que ha elegido un hombre más joven para reemplazarle. A las pocas frases, Florence se detiene y explica que su padre no pudo escribir más porque hace cinco minutos que murió en sus brazos, pero que ella va a seguir con la disertación en su nombre.

Aunque intentan impedírselo ella persevera en su propósito : “Marchaos si queréis: Mi padre predicó a corazones vacíos. A mí no me importa hablar bancos vacíos”. Acusa gravemente a la congregación: “¡Mi padre está muerto y vosotros lo matasteis! Lo crucificasteis como claramente él fue crucificado (Y señala una vidriera de Cristo en la Cruz). Él murió de decepción, desamor, ingratitud…”.

Capra sitúa Florence de frente, de tal manera que el espectador parece estar recibiendo esa reprimenda. Cuando os asistentes intentan hacerla callar porque está en la casa de Dios, el tono de su acusación se eleva: “¿Qué Dios? ¿El Dios de quién? ¿El vuestro? Esta no es la casa de Dios, es un lugar de encuentro para los hipócritas.”

Ante ello, los fieles van saliendo ofendidos, mientras ella insiste en aplicarles el capítulo 23 del evangelio de Mateo cuando Cristo acusa de hipocresía a los escribas y fariseos… Les espeta que se pasan seis días pecando gravemente y que el domingo juegan a aparentar bondad asistiendo al oficio religioso… El templo parece quedarse vacío.

El Dios cristiano había querido ya experimentar esa muerte para acabar con el pecado y anunciar la resurrección

¿Qué sentido tiene una escena así? ¿Una ataque de Capra la religión?  ¿O una búsqueda de una mayor autenticidad en su práctica? En su autobiografía[2] Capra cuenta cómo él se empeñó en que el dueño de la Columbia, Harry Cohn, comprase Bless You Sister una obra escrita por Rober Riskin —quien posteriormente colaboró como guionista con Capra en muchas de sus obras más emblemática) y John Meehan. Se basaba en la vida de una predicadora evangelista Aimee Semple McPherson (1890-1944), fundadora de la Iglesia del Evangelio Cuadrangular. Un personaje ambiguo, que por un lado ayudaba a la comunidad, y por otro fue acusada de falsedad en su modo de desarrollar su predicación. Recientemente su figura ha sido recuperada en clave feminista. Cohn no estaba muy convencido de que llevar a la pantalla un tema así fuese conveniente. Y Capra, al terminar el filme, acabó convencido de que el magnate tenía razón, por lo delicado que era llevar a la pantalla un asunto con tanta profundidad.

Sin embargo, el director de origen siciliano estaba planteando algo que a la filosofía actual, al menos a partir de Nietzsche, no le había dejado de importar.  A saber: si las deficiencias de los cristianos no habían acarreado la muerte de Dios. Ante ello Capra daba una respuesta radical: el Dios cristiano había querido ya experimentar esa muerte para acabar con el pecado y anunciar la resurrección. Un argumentario personalista desarrollado años después por el filósofo Jean Lacroix (1900-19869, discípulo de Emmanuel Mounier.

Nada es más común y más trivial que el tema nietzscheano de la muerte de Dios. A decir verdad, no es sólo nietzscheano y no debería sorprender tanto a los cristianos. La fe, la esperanza y la caridad se basan en un hecho que implica la muerte de Dios y su triunfo sobre la muerte: ¡Dios ha resucitado!… Sin duda, cuando se habla hoy de la muerte de Dios, se piensa en otra cosa: … en la desaparición de su idea entre los hombres, en su ausencia creciente en la humanidad. El tema de la muerte de Dios no es sino otro nombre, más moderno en apariencia, del problema del ateísmo… el verdadero ateo sería aquel para quien Dios ha muerto definitiva y totalmente. En Nietzsche… esto no significaba en modo alguno, según una falsa interpretación, que era preciso asesinar a Dios, sino que Dios había ya muerto aunque se aparentase ignorarlo; que la humanidad le había matado, por decirlo así, inconscientemente, y que aterrada tardíamente de su acto, intentaba olvidarlo con mala fe, se negaba a asumir su responsabilidad y seguían viviendo como si no lo hubiera realizado.[3] (Lacroix, 1964, págs. 9-10)

Hornsby supone un paso más dentro de este ateísmo contemporáneo: hacer de la muerte de Dios un negocio para que la única divinidad sea el dinero.

“La religión es como cualquier cosa. Es grande si tú la puedes vender y no es nada si tú la regalas. Déjame que te lo pruebe”

Para evitar malas interpretaciones Cohn buscó que la película fuese precedida por dos textos en los que se leyera una advertencia bíblica contra los falsos profetas y que se entendiera la película como una clara denuncia de cualquier intento de hacer de la fe un negocio. Porque es precisamente esto lo que representa el personaje de Bob Hornsby (Sam Hardy). Hemos señalado que el oratorio se quedaba casi vacío ante las invectivas de Florence porque el único que permanecía era precisamente este Hornsby aplaudiendo la intervención de Florence. Encantado por la personalidad de la joven,  aprovecha su delicada su situación emocional para hacer una propuesta verdaderamente demoniaca.

Se presenta a sí mismo ante la joven como alguien que no tiene planes, ni profesión, ni creencias, ni límites… pero sí posee un método para salir adelante. Hornsby busca persuadir a Florence de la mayor parte de los problemas del mundo proceden de las personas que tienen convicciones. Ante ello le expone que no hay que tener ninguna para seguir sólo aquellas por las que se paga. Ella ha recibido una formación por parte de su padre que le hace saber la Biblia de memoria. Ahora tiene que enfocar esta preparación como una oportunidad de negocio.  “La religión es como cualquier cosa. Es grande si tú la puedes vender y no es nada si tú la regalas. Déjame que te lo pruebe.”

Florence accede pero con una cierta ambivalencia. Cuando ella predica parece movida por un noble deseo de que el mensaje de amor que conlleva el Evangelio llegue a las personas por nuevos medios. Sin embargo, Hornsby no tiene el menor escrúpulo para favorecer el espectáculo por medio de falsificaciones. Contrata actores para que se finjan lisiados, paralíticos, viudas afligidas… de manera que la acción de la predicación de la hermana Fallon sea la respuesta a sus desgracias, obrando milagros… que enfervoricen a la clientela y promueva su generosidad a la hora de hacer donativos.

Uno de los primeros frentes de la bioética es defender frente a la superstición o el fanatismo la rectitud del ejercicio de la investigación y de la práctica médica.

Creemos que Capra, al presentar el negocio ideado por Hornsby, está realizando una interpelación a la bioética. Uno de sus primeros frentes en cuanto saber científicamente riguroso es defender frente a la superstición o el fanatismo la rectitud del ejercicio de la investigación y de la práctica médica. La sed de liberación de los males que amenazan la salud y la integridad física es uno de los móviles más fuertes del deseo de las personas. La tarea de vigilar para que no se manipule a los más vulnerables y se convierta en negocio desaprensivo resulta una labor intelectual y de acción social indispensable.

Pero no sólo desde unas coordenadas religiosas se manipula ese deseo. Desde hace decenios tampoco falta un falso discurso sobre la ciencia que abre expectativas falsas sobre su sentido o su poder. Lo que gana con el tiempo es la espectacularidad de sus propuestas. Siva como ejemplo, que recientemente hemos asistido a un silencio extraño por parte de una especialista en obstetricia y farmacología a contestar a la pregunta de si los hombres pueden quedar embarazados.[4] Hace casi cinco años Justo Aznar y Julio Tudela habían contestado adecuadamente de manera negativa. No hay hombres embarazos sino mujeres que se someten a tratamientos de transición de género “para adoptar la apariencia de una varón transexual” que ha gestado un hijo.[5]

Pero estos excesos y defectos de la razón en el fondo mutuamente se reclaman. Con sabiduría advertía José Sanmartín… ha entrado en crisis la superideología moderna, proliferando cada vez más alternativas, en muchas de las cuales anida un furibundo tecnocatastrofismo y un retorno a fundamentalismos religiosos más propios de otras épocas. El tecnofanatismo ha acabado generando un tecno catastrofismo que está amenazándonos hoy con tirar el niño con el gua de la bañera.[6]

El mutuo enamoramiento propulsa a ella que quiera dejar de formar parte de una trama de engaño y a él que acepte su ceguera

Pero Capra nunca crea desesperanza. El negocio-espectáculo de Hornsby terminará fracasando. Un incendio devorará el templo al final de la película a modo de un episodio de muerte y resurrección, de purificación de la propia Florence Fallon. El agente de trasformación de ella ha sido el encuentro con el verdadero amor. Su predicación, emitida a través de las ondas, ha recatado a un joven ciego, John Carson (David Manners), de la desesperación por sentirse inútil que le estaba llevando a buscar el suicidio.

Agradecido Carson busca entrar en contacto con ella. Cuando la consigue la invita a su piso y allí comparten diversiones inocentes que le hacen recuperar a ella la inocencia y casi estrenar la alegría y el buen humor. El mutuo enamoramiento propulsa a ella que quiera dejar de formar parte de una trama de engaño y a él que acepte su ceguera.

En la última escena ella aparece formando parte del desfile de la Asociación Caritativa el Ejército de la Salvación, al que ha donado todas sus ganancias un millón de dólares. En ese momento recibe un telegrama de John en el que le cuenta que sale del hospital, que no es seguro que vuelva a ver, pero que eso no importa ya porque la ama y va a casarse con ella.

Conclusión: lo verdaderamente liberador es el amor que da sentido a la salud y la enfermedad

Con una frescura y una capacidad de anticipación verdaderamente ejemplares, The Miracle Woman plantea temas centrales para la bioética. La enfermedad y las dolencias humanas son un reto para la medicina y todas las ciencia de la salud, pero nunca deben de perder su orientación humana. Sólo se respeta verdaderamente la dignidad humana si se hace ver que más allá de cualquier contingencia las personas somo valiosas. Que lo verdaderamente liberador es el amor que da sentido a la salud y la enfermedad.

Ficha técnica:

Título original: «The Miracle Woman »  (“La mujer milagro”).

Año: 1931.

Duración:  1h. 30m.

País: Estados Unidos

Dirección: Frank Capra


Gracia Prats-Arolas

Profesora e investigadora en Filosofía y Cine. Universidad Católica de Valencia

Jose Alfredo Peris-Cancio

Profesor e investigador en Filosofía y Cine. Miembro del Observatorio de Bioética. Universidad Católica de Valencia

Observatorio de bioética

[1] Puede verse en https://m.ok.ru/video/7305000454824

[2] Capra, F. (1997). The Name Above the Title. Boston, MA: Da Capo Press, pp. 129-131.

[3] Lacroix, J. (1963). El sentido del ateísmo moderno. (J. Gómez de la Serna, Trad.) Barcelona: Herder, pp. 9-10

[4] Con muy buen juicio e ironía lo comenta en esta contribución Minguet Civera, C. (20 de 01 de 2026). ¿Los hombres pueden quedar embarazados? Religión Confidencial. Obtenido de https://www.elconfidencialdigital.com/religion/opinion/carola-minguet-civera/hombres-pueden-quedar-embarazados/20260120032759054974.html

[5] Aznar, J., & Tudela, J. (05 de 05 de 2021). ¿Puede un hombre gestar y dar a luz un hijo? ABC Comunidad Valenciana.

[6] Sanmartín Esplugues, J. (1990). Tecnología y futuro humano. Barcelona: Anthropos, p. 13

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