Las instituciones no educan únicamente cuando aprueban planes de estudio o conceden becas. También educan (o maleducan) mediante las actuaciones de quienes las representan, o los mensajes que transmiten con sus decisiones. Y reconocer el mérito siempre que corresponde es uno de esos mensajes.
Quizás conozcas a un estudiante que terminó su carrera universitaria en 2020. Haz memoria. Quizás, incluso, a alguien que la acabó con un expediente extraordinario. Haz más memoria. Desde entonces han pasado seis años, seis. Quizá ese o esa estudiante después cursó un máster, y hasta encontró su primer empleo. No quiero hacer un ejercicio mayor de creatividad y pensar en que se trasladó de ciudad e incluso en que ya ha empezado a formar una familia. Tiempo, darle, le ha dado. Y ahora -ahora es seis años después- puede llegarle el máximo reconocimiento académico del Estado por lo que hizo entonces, hace seis años, cuando estudiaba.
No me estoy inventando nada. Pudo haber ocurrido. De hecho en 2020, como en los años sucesivos, estudiantes con expedientes extraordinarios, los ha habido. No muchísimos. Por eso les llamamos extraordinarios.
La cosa es que seis años después el Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades ha recuperado los Premios Nacionales de Fin de Carrera, unas distinciones de larga tradición destinadas a reconocer la excelencia de nuestros universitarios.
La decisión es buena. Lo llamativo -iba a escribir “lo extraordinario”- es que se hayan convocado de una vez los correspondientes a seis cursos académicos, desde 2019-2020 hasta 2024-2025.
Nunca es tarde si la dicha es buena. O más vale tarde que nunca, que decimos.
Pero en educación el tiempo importa.
Lo sabemos bien los padres y los maestros cuando hemos de corregir una conducta. Una regañina, o una llamada de atención semanas después de un incidente difícilmente tendrá el mismo efecto que una realizada en el momento oportuno. Con el reconocimiento sucede algo parecido. No porque el mérito desaparezca con los años, sino porque reconocerlo no es sólo premiar a quien lo merece. También es educar.
Cada vez que una universidad, una administración, una familia o un profesor felicita por algo (por ejemplo, por un trabajo bien hecho) está enviando un mensaje: esto merece la pena; esto es valioso. El esfuerzo, la constancia, el rigor, la capacidad de superación, el buen hacer dejan entonces de ser palabras bonitas y adquieren rostro propio.
Por eso conviene celebrar que estos reconocimientos académicos extraordinarios se recuperen. Yo lo celebro. En unos tiempos en los que hablamos tanto de referentes (pues no sobran), resulta extraño que a veces seamos tan remisos a reconocer a quienes hacen las cosas extraordinariamente bien. Ayudar a quien tiene dificultades y premiar la excelencia no son objetivos enfrentados. Una educación justa debe saber hacer ambas cosas. ¡Hay que favorecer la equidad y la inclusión (no child behind) sin dejar de fomentar y premiar la excelencia! ¿Se imaginan a los vencedores del campeonato mundial FIFA sin el trofeo y sus medallas?
Pero el reconocimiento tiene también su momento. ¿Se imaginan que la selección española recibe ese trofeo meses después? Un premio extraordinario recibido seis años después puede seguir produciendo orgullo y alegría, naturalmente. Lo que no conserva intacta es su capacidad para estimular en aquel instante al premiado y, sobre todo, para señalar ante sus compañeros qué comportamientos merecen ser imitados. Porque son ejemplares.
Las instituciones no educan únicamente cuando aprueban planes de estudio o conceden becas. También educan (o maleducan) mediante las actuaciones de quienes las representan, o los mensajes que transmiten con sus decisiones. Y reconocer el mérito siempre que corresponde es uno de esos mensajes.
Hay felicitaciones que llegan tarde. Y aun así se agradecen. Pero cuando una institución tarda años en reconocer un mérito, no sólo pierde fuerza el premio; también se debilita el mensaje que transmite a quienes hoy siguen esforzándose.
Porque reconocer a tiempo también es educar.
José Iribas S. Boado
Director de Relaciones Institucionales de CampusHome y exconsejero de Educación de Navarra




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