Todo comenzó por un diario, un humilde cuaderno de espiral con tapas azules, en el que dejé grabados los asombros ante el primer contacto con la fértil tierra anaranjada que, desde Nairobi, se desparrama por el declive del Rift Valley y sube, entre junglas, hacia los parajes desérticos de Samburu y la desolación del lago Turkana.
Soy un hombre afortunado, y me quedo corto, entre otras cosas porque parte de mi vida quedó prendida, desde los diecisiete años, a las tierras de África. Más en concreto a las de Kenia, país al que tengo la oportunidad de regresar con cierta frecuencia. Volver me confirma que, sin merecerlo, poseo una gran fortuna.
Algunos lectores que siguen mi carrera literaria recuerdan la huella que les dejó la primera de mis novelas, Desde un tren africano, que publiqué a los diecinueve años en un gesto de osadía. Todo comenzó por un diario, un humilde cuaderno de espiral con tapas azules, en el que dejé grabados los asombros ante el primer contacto con la fértil tierra anaranjada que, desde Nairobi, se desparrama por el declive del Rift Valley y sube, entre junglas, hacia los parajes desérticos de Samburu y la desolación del lago Turkana. Por entonces no podía sospechar que aquella mala caligrafía, golpeada por una amplia colección de faltas ortográficas, iba a determinar mi futuro; sin aquel testimonio que fui redactando noche tras noche, no hubiera podido hacerme escritor; tampoco entretejer la red que desde entonces me vincula con el África negra.
Si a los diecisiete caí embrujado por un mundo lejano y distinto, a los dieciocho y los diecinueve –mis viajes coincidían con las vacaciones estivales– profundicé en los estragos de una pobreza inimaginable, la miseria que se multiplica, hacinada, en la metrópolis y en las pequeñas ciudades –si es que merecen dicho título– que jalonan el mapa del país. Muy de mañana, en el vergel del barrio de las residencias diplomáticas, me subía a un autobús de línea que me conducía hasta Huruma, un monstruoso arrabal de chabolas. Allí las callejas no están asfaltadas, no hay alcantarillado, tampoco electricidad para la mayoría de las miles de habitaciones de chapa y madera, en las que viven y duermen familias llegadas desde los cuatro puntos cardinales, sin agua corriente ni recogida de basuras. Apenas bajaba del autobús, recibía el saludo amigable de un niño enfermo de elefantiasis, con los pies tan hinchados que no podía caminar. También el de los niños que jugaban en los estercoleros entre cuervos y marabúes, que corrían para acompañarme hasta la casa de las Misioneras de la Caridad.
Volví años después para documentar la escritura de un nuevo libro. Fue una experiencia de la que me sigo alimentando, ya que conviví durante unos días con una comunidad misionera allí donde la Iglesia es la única presencia estable entre clanes trashumantes abatidos por la sed. Comprendí que, a partir de entonces, regresar a Kenia me exigía aportar alguno de mis dones. Así inauguré una nueva etapa, que coincidió con el curso en el que mi hermano Javier, filósofo, impartió clases en una de las universidades más prestigiosas del continente. Sin pretenderlo, su vida había quedado ligada al rescate y recuperación de los niños de la calle: la chiquillería que vaga por Nairobi como fantasmas arrancados de una novela de Charles Dickens. Sin hogar, desligados de sus familias, atrapados por los efluvios del pegamento industrial y del queroseno con el que llenan botellas de plástico y empapan jirones de tela para respirarlo, como remedio al hambre, el frío y el miedo.

Fue una experiencia de la que me sigo alimentando, ya que conviví durante unos días con una comunidad misionera allí donde la Iglesia es la única presencia estable entre clanes trashumantes abatidos por la sed. Comprendí que, a partir de entonces, regresar a Kenia me exigía aportar alguno de mis dones.
Lo de mi hermano empezó con un encuentro casual con Víctor y un amigo, dos sombras diminutas que se refugiaban debajo de los puentes, en los parques, entre el tráfico, siempre lejos de la policía. Víctor, que parecía condenado a malvivir o quizás a morir de cualquier manera, en el anonimato de una urbe por la que se calcula vagabundean otros ochenta mil niños de parecida condición, ha finalizado sus estudios y disfruta de un empleo digno y estable. Y tras él –a través de Karibu Sana, la asociación que Javier puso en marcha– quinientos niños más.
Fue en el centro de rescate donde pinté los primeros murales, cuatro o cinco escenas con animales salvajes y una Sagrada Familia, que alegran la habitación que hace las veces de comedor, aula, sala de juegos y de estudio. Como aquellos pequeños nunca habían presenciado el proceso creativo de un artista, mis pinceles parecían hacer magia. Fue su primer encuentro con la belleza, una belleza inocente con trazo infantil, sin otra pretensión que dar color a su duro proceso de desintoxicación. Ese fue el detonante.
No tardé mucho en iniciar uno de los proyectos más bonitos de mi carrera: ofrecer este don –que reconozco limitado– allí donde pueda ser necesario. Por ejemplo, en las iglesias de las regiones rurales, donde la falta de presupuesto y la ausencia de artistas impiden que luzcan imágenes catequéticas en sus paredes. Así, de la mano de un obispo local he dejado hasta el momento un buen número de murales en los templos de distintas aldeas: Kabati y Mutune (diócesis de Kitui), Olereki, Oloolua y Matasia (diócesis de Ngong), y también en nuevos hogares para los niños de la calle, como Ruai Home of Peace, en Madaraka (diócesis de Nairobi), aunque, sin duda, el trabajo más relevante son mis dibujos para las vidrieras del santuario mariano de Nuestra Señora de la Protección, en Kitui.
Como aquellos pequeños nunca habían presenciado el proceso creativo de un artista, mis pinceles parecían hacer magia. Fue su primer encuentro con la belleza, una belleza inocente con trazo infantil, sin otra pretensión que dar color a su duro proceso de desintoxicación. Ese fue el detonante.
Hace unos días aterricé en España después de un último periplo artístico. Esta vez me acompañaron mis hijas, con quienes he podido culminar distintas escenas en las iglesias de Ngunyumu y de Micha (diócesis de Nyeri), así como unas escenas infantiles en Dorothea’s Rescue Center, un hogar para niñas sin hogar, en Tala (condado de Machakos). Por todo esto, iniciaba mi columna asegurando que soy un hombre afortunado, y me quedo corto en la afirmación.





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