Hay mujeres cuya vida parece trazada por los caprichos de la historia, y otras que, sin renunciar a su destino, deciden escribirlo con sus propias manos. Aida Schläpfer Al Hassani pertenece a esta segunda estirpe: directora, productora, guionista y mujer puente entre Oriente y Occidente. Su cine no se consume, se medita. No adorna, revela. Y, por encima de todo, no teme.

En esta entrevista exclusiva para Woman Essentia, descubrimos a una artista que se atreve a mirar de frente al dolor, la injusticia y la pérdida, y a transformarlos en un testimonio visual de profundo valor humano. A través de su película Souls in Transit (Almas en tránsito), Aida da voz al drama silenciado de los cristianos perseguidos en Irak, llevando al cine uno de los temas más sensibles y olvidados de nuestro tiempo.
Un hogar entre credos: el origen de una mirada amplia
Aida nació en Irak, en el seno de una familia que podría parecer, en nuestros días, un ideal inalcanzable de convivencia. Su padre, iraquí, era chiíta y comunista; su madre, libanesa, religiosa y musulmana sunita. Pero fue en un barrio cristiano de Beirut donde vivieron juntos con total naturalidad. “Mi padre llegó a Beirut con solo 14 años, huyendo de Irak. Una familia cristiana lo acogió como a un hijo y lo crió con libertad para vivir su fe musulmana. Lo llamaban Joseph, pero en casa era Yusuf.”
El padre de Aida llegó a tener una gran panadería en Beirut, y cada domingo elaboraba el pan para la misa en la iglesia del barrio. Un gesto que, lejos de cualquier cálculo político o ideológico, expresaba lo que Aida ha heredado en el fondo de su espíritu: el valor de la hospitalidad y el respeto mutuo.
Esa infancia, sin embargo, fue interrumpida brutalmente por la guerra civil libanesa. Una noche de 1976, con tan solo seis años, tuvo que huir con lo puesto junto a su familia. La iglesia que protegía a los Schläpfer los evacuó en un coche fúnebre para evitar ser detectados. “Recuerdo esa noche como si fuera ayer. Nos despertaron sin tiempo de vestirnos, sin llevar nada. Solo corríamos. Nuestra casa fue quemada. No quedó ni una foto de nuestra infancia.”
El éxodo permanente: la guerra como maestra
Entre 1976 y su salida definitiva del Líbano en los años 80, Aida fue testigo directo del colapso de su país: invasiones, enfrentamientos entre comunidades, traiciones. “Era como una ensalada griega —dice con ironía amarga—. Cristianos contra cristianos, musulmanes contra musulmanes… sin sentido.”
Durante la invasión israelí de 1982 perdió a un amigo cercano. Lo vio morir, literalmente, partido en dos ante sus ojos. Aquella imagen no la abandonaría jamás. En 1986 decide emigrar a Suiza, llevando consigo no solo el peso del exilio, sino una promesa: algún día, toda esa historia encontraría una forma de ser contada.
Su camino profesional, sin embargo, comenzó por el terreno práctico: administración de empresas en el Líbano, por insistencia de su madre. “Quería ser actriz, pero la guerra me lo impidió. Al final, esos estudios me sirvieron para producir mis propias películas. Todo tuvo un sentido.”
En Suiza encontró finalmente el espacio para formarse en lo que realmente amaba: el cine y el arte. Obtuvo un máster en dirección y fundó su propia productora, Da Production, desde donde ha impulsado proyectos comprometidos, arriesgados y profundamente humanos.
«Almas en tránsito»: una película, una responsabilidad
El punto de inflexión en su carrera llegó con Almas en tránsito, una película documental que muestra el desplazamiento forzoso de los cristianos en Irak tras la caída de Saddam Hussein. Aida no disimula el riesgo que supuso abordar un tema así: “Sabía que podía significar el fin de mi carrera. Es un tema que muchos prefieren evitar. Pero cuando vi el sufrimiento de estas personas, supe que debía hacerlo. Si no lo hacía, me traicionaba a mí misma.”
Según sus investigaciones, antes de la caída del régimen había cerca de 2.400.000 cristianos en Irak. Hoy apenas quedan unos pocos miles. Expulsados de sus hogares, despojados de sus bienes, forzados a huir al norte del país, donde siguen siendo una minoría vulnerable. “Quieren eliminarlos. Están borrando su historia.”
El documental no sólo fue bien recibido, sino que calificó para la 95.ª edición de los Premios Oscar en 2023, y actualmente se proyecta en cines de Europa. Aida decidió subirlo también a YouTube, consciente de que este testimonio debía estar al alcance de todos. “No es una historia para 25 minutos. Por eso hicimos una versión larga. Y porque debía formar parte de las conferencias de derechos humanos en todo el mundo.”
Cine con propósito: ni ideología ni propaganda
Aida no es una activista. Es, ante todo, una narradora. Pero sus historias, precisamente por ser verdaderas, tienen una fuerza transformadora. “Prefiero los derechos humanos al mensaje político. No quiero hacer cine para polarizar, sino para recordar que somos humanos, que tenemos deberes con los demás.”
Cuando le preguntamos por el feminismo actual en Europa, responde con una claridad que desarma: “No soy feminista. No en el sentido ideológico. No necesito enfrentarme al hombre para saber quién soy. El hombre también es mi padre, mi hermano. Las mujeres y los niños son una línea roja para mí. Yo no tuve hijos, pero siento que cada niño en el mundo es mi hijo.”
Ese enfoque no la hace menos firme. Más bien al contrario. Aida representa un tipo de empoderamiento que no necesita ruido ni etiquetas. Su fortaleza nace del deber asumido, de la fidelidad a una vocación, incluso cuando esta exige renuncias dolorosas.
Vocación o muerte: el precio de contar la verdad
Su decisión de viajar a Irak para rodar el documental no fue fácil. Recibió presiones, advertencias, incluso amenazas. Algunos colegas del sector le pidieron que no se expusiera. “Me dijeron: ‘Haz algo, pero no pongas en riesgo tu vida’. Pero yo sabía que si no iba, dejaría de hacer cine. No puedo filmar sí sé que hay gente que necesita que cuente su historia y yo les doy la espalda.”
Antes de viajar, incluso se despidió de sus amigos. Estaba convencida de que no regresaría. “Podría morir en Suiza también —reflexiona—. Pero si muero en Irak haciendo lo que debo, habré cumplido con mi responsabilidad.”
Ese viaje a Irak no fue una simple filmación. Fue un acto de entrega. Una mujer, con su cámara, enfrentando al olvido y al miedo.
Lo que vendrá: nuevos proyectos, la misma misión
Aida no se detiene. Actualmente desarrolla nuevos proyectos, entre ellos una película de ficción que se rodará en España y Marruecos, con contenido histórico, aún en proceso de evolución. También colabora en una coproducción con Túnez, y sigue liderando iniciativas como el Festival Internacional de Cine Árabe en Zúrich, del cual es cofundadora y co-presidenta.
Su compromiso con las comunidades subrepresentadas y su búsqueda incansable de justicia siguen marcando cada paso de su carrera. Desde su productora en Suiza y su rol como jurado en festivales internacionales, Aida continúa haciendo del cine una herramienta para sanar memorias heridas.
La memoria que restaura
El testimonio de Aida Schläpfer Al Hassani es un llamado a la conciencia. En un mundo saturado de imágenes fugaces y mensajes vacíos y comerciales, su cine devuelve profundidad, contexto y verdad. Nos recuerda que hay historias que no deben ser olvidadas, aunque incomoden; que hay pueblos enteros que aún esperan ser escuchados.
Aida no busca premios, ni fama. Busca justicia. Y lo hace con la sensibilidad de quien ha perdido todo y, sin embargo, ha encontrado una forma de darlo todo a los demás. En tiempos donde la industria cultural muchas veces se pliega a lo fácil, lo ideológico o lo superficial, su ejemplo se alza como una lección de autenticidad, valentía y coherencia.
En sus películas, los cristianos perseguidos de Irak no son cifras, sino rostros. No son víctimas pasivas, sino testigos vivos de una fe que resiste. Y Aida, con su cámara, les devuelve lo que la historia quiso arrebatarles: su dignidad, su voz y su memoria.





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