El hogar es un concepto querido de todas las especies. Los conejos habitan sus madrigueras, los osos las honduras de las cuevas, los pájaros sus nidos. Hasta las fieras moran los cubiles y los insectos sus colonias u hormigueros. Algunas especies de aves, más privilegiadas que el resto, incluso, tienen casa de invierno y de verano. Más llamativas aún son las orugas y gusanos, que habitan su estrechísimo capullo para luego romperlo con alas de mariposa. O los cucos, que habitan las casas de otros como usurpadores.
Pero hogar no es sólo el recinto que se habita. Se pueden habitar muchos ámbitos sin que estos representen un hogar. Actúan entonces más de refugio temporal, de mero «techo». Pero, como se diría en muchas películas americanas, El hogar es donde se tiene el corazón. El corazón no se puede tener -constantemente- de paso por las cosas, a riesgo de sentirse uno cada día más lejos de sı́ mismo.
Hay un anhelo ancestral de morar un lugar, de llenarlo de objetos inútiles y decorativos, como jarrones, abanicos y flores de tela… Hay un gusto interno por aquello que no es sólo útil, y que puede existir solo para ser contemplado y haciendo el alma de una habitación. En el estatismo de los objetos familiares es más fácil encontrar su centro que en el pasar ante los ojos de cientos de estancias. O, al menos, en el pensamiento de que existe este lugar al que se puede volver. Hasta los seres mas descastados e independientes, como las garzas y los halcones, tienen sus pequeñas esquinas a las que regresar, -y sin las cuales me pregunto si se atreverían a ser tan aventureras-.
Pero, en ausencia de este refugio estático y fijo, no es imposible tampoco el concepto de hogar. Los caracoles terrestres y marinos lo llevan a las espaldas, escondiéndose en su caparazón ante los peligros o para buscar descanso. Esto es, tener un lugar interno tan fiel y luminoso que pueda servir de hogar aún ante lo desconocido. O, como los canarios y algunas aves africanas, que encuentran por todo hogar la presencia constante del compañero.
Quizá, en todos los formatos de hogar vistos, lo común es la continuidad. Ya sea en los objetos, en la compañía, en los espacios… Y, quizá, sea por un amor inexplicable e innato que tienden a tener las personas y los animales por las cosas eternas, o que quieren ser eternas.





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