El proceso creativo ha sido abordado por grandes autores en distintas disciplinas artísticas, cada cual con su visión única sobre la inspiración y la vocación. En un mundo cada vez más centrado en el éxito material, nos surge la pregunta: ¿qué queda de la verdadera vocación artística hoy? Esto nos invita a reconsiderar no solo el proceso creativo, sino también los ideales que lo impulsan.
Camilo José Cela, en su discurso de recepción del premio Príncipe de Asturias, decía que todo su mérito había estado en “la voluntad y paciencia, o si mejor lo quieren, la esperanza”. Combinando la escritura con el trabajo en una fábrica de automatismos, en largos años y a base de grandes esfuerzos, logró alcanzar las más altas cumbres literarias.
Julio Cortázar, muy al contrario, apenas trabajaba en el mundo secular, y concebía sus obras desde el fragor de una idea que desarrolla en días y noches incansables, sin apenas comer o dormir. Esto es lo que también sucede a Händel cuando, al borde del abismo personal y financiero, compone “El Mesías” en tan solo 3 semanas.
En otra nota, Miguel Delibes, en su “Mujer de rojo sobre fondo gris”, nos describe primero la inspiración como “la bajada de los ángeles”. Para luego darse cuenta que esto no era otra cosa que la presencia luminosa de su mujer en su vida, motor y aliciente de su creatividad.
Y yo diría que, quizá, la creación artística surge de una mezcla de todas: voluntad, paciencia, inspiración… Pero todas ellas no encuentran razón de ser, sin un ideal inspirador: el amor por la belleza en sí misma.
En su discurso “La civilización del espectáculo”, Vargas Llosa comenta con preocupación la falta de vocaciones intelectuales. No porque el mundo actual carezca de rigor, disciplina o capacidad de sacrificio, que por suerte vemos en tantos jóvenes esforzados y talentosos. Sino por la ausencia de ideales: hace referencia a sus comienzos allá por los años 50, donde muchos compañeros amaban la filosofía, la literatura.. y se entregaban a ello con la pasión de su juventud. Mientras que hoy, comparaba preocupado, parece que sólo se pretende alcanzar la comodidad material y el brillo personal.
Esta tendencia preocupante queda patentada en la fiebre por los títulos, las medallas e hitos con que uno se ve abocado a definirse en las fachadas de LinkedIn. – Esto suele por desgracia trascender el medio digital, haciendo muy difícil la persecución de ideales que no se traduzcan en éxitos más o menos inmediatos, o nuevos “pines” con los que adornar su perfil. El mero hecho de compararnos en lo medible en plataformas, inevitablemente tiende a nublar nuestra capacidad de ver más allá de las fachadas curriculares, y estrecha infinitamente nuestros horizontes vitales.
En contraposición, la vocación artística requiere de una enorme libertad interior y, según Vargas Llosa, nunca puede ser un camino por el brillo personal. Hay vías mucho mejores y ciertas para esto que el empeño durísimo y frecuentemente infructuoso que la literatura –o cualquier forma de arte– requieren. Sólo es posible crear algo que merezca la pena cuando uno mismo se deja a un lado, y persigue de forma apasionada y desprendida los caminos de la intuición.
Sólo es posible crear algo que merezca la pena cuando uno mismo se deja a un lado, y persigue de forma apasionada y desprendida los caminos de la intuición.
Sabemos que es válido buscar la comodidad material, pues es necesaria para la subsistencia, y la abundancia se ennoblece si además encuentra un fin fuera de sí misma. También es justo que el trabajo bien hecho sea reconocido, y sentir sus esfuerzos recompensados. Pero, puestas estas cosas en su lugar indicado, y con un correcto ordo amoris, quizá la intelectualidad y el arte, aún hoy encontrarían cabida en el corazón y aspiración personal de muchos más jóvenes. Y hoy, quizá también cabría sentirnos llamados a trascender por un rato la acumulación de hitos, y mirar más allá, donde otros horizontes existen, esperando a ser descubiertos -si tenemos el suficiente coraje para aventurarnos-, y donde cabe lugar para lo extraordinario.




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