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Juan Vicente Yago por Juan Vicente Yago
11 octubre, 2023
en Opinamos
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Home Punto de vista Opinamos
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¿Cómo van a escribir más y mejor los estudiantes; a descubrir el gusto y la emoción de leer; a conseguir el nivel de pausa, reposo y detenimiento, el tempo imprescindible para la lectura y la escritura si  la tendencia, el derrotero y la ruina de la sociedad  es ahora mismo sustituir el whatsapp escrito por el audio? En el tiempo de la inmediatez, la dispersión y la incultura se pide a los alumnos que busquen un lugar silencioso para que, silenciosos también ellos y quietos, recorran páginas atestadas de palabras y reproduzcan, con el solo esfuerzo de su mente, las imágenes y sonidos que las palabras evocan. Y para combatir la inteligencia electrónica se piden los trabajos escritos a mano y en el aula, lo que supone una tortura, un mal rato y una clase perdida porque requiere de los chavales una lentitud, una concentración, un trabajo mental que no conocen, que ya no se lleva y al que, desgraciadamente, no volverán. Esa sesión, ese tostón, esa tabarra es, desde su punto de vista, un engaño, algo así como enviar un fax en la era del e-mail. Considérese que la corriente de los videojuegos y las redes sociales ha llevado a los niños muy lejos de la sana curiosidad y el pulso espiritual adecuados para el aprendizaje, y que la pornografía —el engaño, la deformidad y la gangrena de la pornografía— les ha desactivado el asombro, la delicadeza y la empatía, con lo que han quedado viciosos precoces,  hombres y mujeres malogrados  de antemano, flores fallidas que no darán fruto.

El caso es que ya no enviamos mensajes; que  ya no nos paramos un instante a pensar qué diremos y cómo lo diremos;  que no tenemos tiempo de tricotar un texto más o menos largo que concrete un pensamiento y un propósito. Ahora enviamos un audio, improvisamos de viva voz y a lo que salga, nos cargamos el proceso especulativo y lingüístico de la escritura y damos a la irreflexión —por una prisa inexplicable, por un atolondramiento absurdo— el protagonismo en la manera de comunicarnos. Están las aceras llenas de locutores, de gentes que hablan al aparato en tono misterioso, muy bajo, de confidencia o benzodiacepina; que graban la esquelita mientras revuelven ropa en las tiendas, miran horarios de trenes o pizpiretean sin pausa y sin pararse a pensar y menos a escribir lo que garlan.

Con la premura del audio pasamos por alto la elaboración, se nos va parte de lo racional, parte de lo que de nosotros mismos podríamos poner en el mensaje, y dejamos campo libre al atavismo, a la inconsciencia o la subconsciencia. Al enviar un audio nos enviamos incompletos, mutilados por desindividualizados. El audio nos gregariza y nos masifica, nos despoja y nos aplebeya, porque la escritura —la buena escritura con tildes, haches y paréntesis— es quizá el último reducto gratuito de la razón, la sofisticación y la elegancia. El reino animal lleva milenios comunicándose con audios, con la inmediatez gutural del instinto, y sustituir los mensajes tecleados por mensajes hablados nos acerca peligrosamente a eso; nos va, si no animalizando, sí estupidizando, achabacanando, achabacanarrando.  La impaciencia del audio es un síntoma decadente y un obstáculo enorme para la enseñanza lingüística y literaria.  Las clases de lengua y literatura se van convirtiendo, a causa del audio —de la mentalidad del audio—, en clases indables, porque por mucha innovación e imaginación que ponga el profesorado es una realidad incontrovertible y una servidumbre inherente a la materia el hecho de que a leer y escribir sólo se aprende leyendo y escribiendo. Importa la superficie —la neurología demuestra que leer sobre papel y escribir a mano mejora el desarrollo cognitivo—, e importa la serenidad y el pensamiento que la lectura y la escritura exigen. Los adultos perderemos estas capacidades, y los jóvenes no las descubrirán si cambiamos la redacción por el audio, la pausa por la prisa. Tenemos tiempo de sobra para el tardeo y la cháchara, pero no —¡ay!— para escribir un mensaje, para ofrecer a nuestro interlocutor el obsequio gentil de la escritura.

Juan Vicente Yago

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Juan Vicente Yago

Juan Vicente Yago

Escritor. Licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad Cardenal Herrera-CEU. Ha recibido diversos premios nacionales por sus artículos y considera el artículo como el género literario del s.XXI

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