– ¿Hoy hay cole? – pregunto cada día. Y si la respuesta es sí, doy un salto de la cama. ¡Vivaaaaa!
Tengo tres años y ya estoy acabando mi primer año en el cole. ¡Qué rápido ha pasado todo! Recuerdo que los primeros días algunos niños lloraban mucho y que yo entraba en la clase mirando con sorpresa todo lo que había. Estaba un poco asustado, porque era un sitio nuevo para mí, pero después de un tiempo, ese miedo inicial iba desapareciendo porque empezaba a tener amigos, a descubrir un “nuevo mundo” y había a mi lado una persona que me hacía sentir tan seguro como en casa: mi maestra.
Ahora, meses después, he aprendido a llegar por las mañanas y colocar mi abrigo en la percha, dejar mi almuerzo en el casillero y sentarme en asamblea con mis amigos tras dar los buenos días a todos. ¡Qué alegría cuando llegamos y nos reencontramos!
Cada mañana cantamos canciones al entrar, escuchamos música clásica y nos convertimos en mini-teachers para ayudar a la profe en las rutinas. ¡Me encanta salir a la pizarra y que los demás hagan lo mismo que yo!
Después nos toca aprender inglés, francés o jugar con los ematis. Nuestras profes siempre nos sorprenden con nuevos materiales y nos dejan que los toquemos y que investiguemos con ellos. Me lo paso genial descubriendo palabras en otros idiomas, midiendo las cosas con regletas y buscando objetos que tengan forma de… ¡triángulo! Aprender es divertido porque observo y puedo experimentar cuando lo hago. ¿Sabéis que ya trabajo como un mayor cogiendo mis libros y guardándolos al terminar? En clase tenemos rotus, pinturas, punzones, tijeras, pinceles, pegamento y muchas más cosas que antes no conocía.
¡Hora del almuerzo! Claro, tanto pensar hace que tengamos que reponer energías. Os tengo que contar que ya nos lavamos las manos y vamos al baño solitos. Me encanta echarme el jabón y ayudar a mis compañeros (a veces se cae un poquito, pero lo limpiamos y listo, no pasa nada).
¡Vamos al circuito! La sala de psicomotricidad es fantástica. Allí hacemos equilibrio, saltos, balanceos, rodamos, subimos y bajamos rampas y escaleras, jugamos con pelotas y aros y nuestras piernas y brazos se coordinan para poco a poco ir consiguiendo controlar más el cuerpo. Ahora puedo hacer cosas que antes no me salían. ¡Qué bien! Próximo reto: la pata coja.
¡Hora del patio! Al principio solamente quería estar con mi profe, porque me parecía un lugar muy grande y me costaba jugar con los amigos, pero ahora me encanta correr, tirarme por el tobogán, subir a los columpios y convertirme en un personaje de cuento o incluso en un animal de la selva.
¡Cuántas cosas hemos hecho ya! Es momento de comer y de dormir la siesta. La comida del cole está muy rica. Es distinta a la que hacen en casa, no sabe igual, pero estoy aprendiendo a probar nuevos sabores; como sin apenas ayuda y luego duermo la siesta con mis compañeros en unas camitas en las que no hace falta que nos quitemos los zapatos. ¿Os lo podéis creer?
Al despertarme de la siesta, vuelvo a clase con mi profe. Ella siempre nos espera a todos con los brazos abiertos y corremos a abrazarla y a preguntarle qué haremos por la tarde: hora del cuento, historias de Jesús, un poquito de trazo, juego libre o por equipos… ¡Es una caja de sorpresas! Y si estamos muy nerviosos, ella siempre sabe tranquilizarnos con alguna actividad de relajación que nos gusta.
Mi primer año de cole se está terminando y siento que he crecido, me he hecho más grande y autónomo, pero, sobre todo, he aprendido a compartir, a descubrir nuevas cosas del mundo, a respetar a mis compañeros, controlar un poquito más mi cuerpo y expresar mis emociones. Estoy en un lugar en el que me siento feliz y seguro y donde sé que me quieren, cuidan y ayudan cuando lo necesito.
Papá, mamá, ¿mañana hay cole? Decidme que sí, por favor.





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